Una prospectiva masónica de la filosofía, la ciencia y la religión

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Una prospectiva masónica de la filosofía, la ciencia y la religión

Jorge Milans

       

  Masonería, ciencia y religión

          La masonería se ocupa del hombre, atendiendo en función de éste todos los asuntos que lo involucren y requieran; incluidos –claro está– ciencia y religión. Podemos decir que persigue la iniciación de sus adeptos en los augustos misterios de la Orden, reconociendo en esta posibilidad el mejoramiento y superación de la condición humana y la construcción de un ser espiritual y trascendente. De hecho, conlleva la construcción de un ser moral y una sociedad ética.

El hombre como ser pensante.

        Sin lugar a duda, la masonería es pues un ideal, una utopía en permanente construcción, pero muy especialmente en permanente evolución. Es decir, requiere y debe propender a articular “las verdades” que le preceden con la evolución del entendimiento de éstas; no siendo menor la importancia de un orden en el desarrollo de los sucesos. Para esta intención, contamos con la fantástica capacidad de pensar, fruto de un proceso de miles de años de evolución y selección. Pero antes de entrar a la cuestión sobre la que he sido invitado a opinar, corresponde consignar que estas palabras no aspiran convencer a nadie, aunque sí pretenden tener la capacidad de persuadir, como lo hizo Platón en la Apología de Sócrates.

        Lejos están de poner en duda las certezas de cada uno, y en todo caso, sólo son explicables desde la condición de libre pensador, que reivindico no ya para mí, sino que considero columna vertebral y constitutiva de la masonería. Y muy preciadamente de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay, en cuyos templos y cámaras han tenido su génesis, para quedar hoy al amparo de la fraternidad de mis hermanos.

        Razón y fe, estos viejos asuntos

        Simplificando gruesamente, podemos definir la razón como la base del pensamiento científico; pero concebir esta función como su único fin es un error ya no admisible. La asociación mecánica de ciencia igual razón no explica la primera y restringe de forma absurda la segunda.

        Mientras que la razón, al servicio de la objetividad de la ciencia, exige y lleva la supresión de la persona –es decir, prácticamente prescinde del hombre–, sus restantes aplicaciones la hacen inevitablemente presencial. La razón está en el arte, y éste es subjetivo y personal, además de ser quizás la expresión superlativa de la condición humana. Hay pues un enorme campo de la razón que queda muy por fuera de la ciencia, salvo que ésta invada otros territorios, como inevitablemente lo hace con la filosofía. Y vaya si en esta última tiene participación la razón. No hay científico que llegando a grados de excelencia en su disciplina, no termine haciendo filosofía.

        Además, encontramos que entre estas mentes brillantes, exuberantes de inteligencia, muchas adhieren a una visión religiosa de la existencia. Quizás porque sus propias capacidades, exigidas a su mayor potencial, sólo les han brindado conciencia de lo restringido del conocimiento.

        Cuanto más saben o descubren de las leyes que rigen al universo, con mayor certeza perciben los amplios espacios aún desconocidos y apenas ayer vislumbrados. Y al ver la maravilla de la vida, la complejidad de las cosas, quizás piensen, intuyan e imaginen que sólo una inteligencia superior puede haberlas creado.

         El principio es la gran incógnita. Desde la antípoda del pensamiento mágico, Dios parece –cada vez más– tener cabida en la respuesta, a riesgo de ser él mismo la respuesta. Dios parece ser razón explicable en función de lo aún inexplicable.

        Puntos de vista: unicidad y diversidad

         A veces creo, siento, que damos vuelta sobre los mismos asuntos sin saber cuánto nos acercamos o alejamos de la verdad, la realidad o la solución de los problemas.

[box class=”pull”]Esotérica y exotéricamente, la masonería se nutre de los misterios, promueve el desarrollo de la ciencia y propende al conocimiento en toda la extensión de la palabra.[/box]

         Permítanme primero recordar la clásica división entre ciencias naturales y ciencias del espíritu. Buscando las primeras entender y explicar los fenómenos del universo y el propio universo, y las segundas (también llamadas “histórico-sociales”) estudiar o pretender estudiar el comportamiento humano y al hombre en sí. Digamos entonces, y visto la complejidad de los fenómenos que se pretende abarcar, que la ciencia sólo nos brinda un punto de vista particular de los hechos, correspondiente a cada una de las múltiples disciplinas que la componen y definen.

        Ahora tomemos –por ejemplo– una de ellas, la física, y observemos que mientras ésta es enseñada y explicada en todos los idiomas con un único lenguaje, tenemos incontables versiones religiosas para definir y explicar el origen del universo o el universo mismo.

         Cierto es que la física ha variado sus teorías al respecto y hoy puede presentar más de uno, pero tiene un sólo método para ello e –insisto– un lenguaje propio. Sin embargo, estos puntos de vista que nos brindan la diversidad de disciplinas científicas no pueden hacernos concebir que la ciencia (concepto global) tenga explicación para todo. Ni en su especificidad y menos aún en la generalidad, la ciencia es totalizante. Verla y aceptarla así, es cientificismo; es decir, deja de ser objetiva para ser subjetiva al servicio de una visión personal.

[box class=”pull”]Somos, básicamente, una organización al servicio del hombre; y en particular de la sociedad, de cada una de las sociedades en que se desenvuelve, teniendo como meta la fraternidad universal.[/box]

         Restringir la vida y el hombre a la explicación científica es tan absurdo como tratar de hacerlo a través de la religión. “La incapacidad de los discursos filosóficos, teológicos o matemáticos para responder a estos grandes interrogantes revela que la condición última del hombre es trascendente, y por lo tanto, misteriosa, inasible”, como señala Ernesto Sábato en La Resistencia.

        Esotérica y exotéricamente, la masonería se nutre de los misterios, promueve el desarrollo de la ciencia y propende al conocimiento en toda la extensión de la palabra. Es decir, nos propone diversidad de puntos de vista, para que estudiemos el objeto central de la misma: el hombre; y aspiremos a su entendimiento, mejoramiento y superación. Somos, básicamente, una organización al servicio del hombre; y en particular de la sociedad, de cada una de las sociedades en que se desenvuelve, teniendo como meta la fraternidad universal.

         Entre inclusión y exclusión

          Pero la ciencia, particularmente la ciencia aplicada o tecnología, hace de su uso (salvo las limitantes económicas, y aun con éstas) quizás la mayor expresión integradora de la especie humana. Yo diría que es históricamente inclusiva.

          Valga sólo de ejemplo la imprenta primero o el fenómeno de internet después, cuya revolucionaria invención corta transversalmente la historia y modifica día a día el comportamiento y la conducta humana. Mientras que la enorme diversidad y multiplicidad de religiones existentes plantean una sola verdad o solución de vida en cada una de sus propuestas, doctrinas o evangelios. Con multiplicidad de relatos fundacionales, mitos, leyendas e increíbles conceptos imaginables y posibles, las unas son incompatibles con las otras y por tanto excluyentes.

[box class=”pull”]La masonería no excluye religión, credo, creencia, posición filosófica o política alguna, a condición de que no sea totalitaria. La posición inicial de Anderson respecto a los ateos, posteriormente modificada, bien puede hoy estar sujeta a revisión de igual forma que la cuestión de género.[/box]

          Hasta ahora, por lo menos hasta donde estoy informado, la aceptación de una excluye a la otra: o se adora a este Dios o a éste otro. No es admisible la falta de “lealtad religiosa”. Esto parece hacer a la identidad de la persona y a su propia existencia; y no se debe tener dos caras, tres o cuatro. Tampoco puedo tomar de cada religión lo que más me interese o me parezca acertado y conveniente. Quizás este sea el mayor anacronismo en un mundo cada vez más acostumbrado a elegir entre una cada vez mayor diversidad de opciones. Una cosa es invocar al G∴ A∴ D∴ U∴  y otra muy distinta, adorarlo.

          La masonería no excluye religión, credo, creencia, posición filosófica o política alguna, a condición de que no sea totalitaria. La posición inicial de Anderson respecto a los ateos, posteriormente modificada, bien puede hoy estar sujeta a revisión de igual forma que la cuestión de género.

          Algunos hermanos entienden que somos casi herederos naturales del neoplatonismo (en particular de Plotino); pero aunque opinable, filosóficamente el agnosticismo me parece presentar la mayor proximidad o identificación con la libertad de pensamiento que pretendemos practicar. Quizás se trate entonces de “aprender a pensar y discutir con el objeto de llegar a la verdad cuando sea posible, cuando no, al estado mental que corresponda”, como pretendió enseñar a enseñarnos Carlos Vaz Ferreira.

          Cultura, civilización y después

          En La decadencia de Occidente, Spengler establece un orden de prioridad que va de la cultura a la civilización. Dice: “La ‘civilización’ es el inevitable sino de toda ‘cultura’”. Tomando como ejemplo el período greco-romano, propone que mientras Atenas “construye” cultura, Roma “construye” civilización. Siendo que la primera trata de entender y desarrollar al hombre en un sentido trascendente y espiritual y la segunda en un sentido pragmático, incluidos sus aspectos y vínculos religiosos. Atenas tiene alma, Roma tiene intelecto. Tiempo después, y desde la óptica de un religioso, Merton nos recuerda que Occidente tenía un conocimiento carente de sabiduría y Oriente una sabiduría carente de civilización.

“La ‘civilización’ es el inevitable sino de toda ‘cultura’”.

          Ya sea desde el análisis del devenir histórico en un mismo territorio (el Mediterráneo) o desde la enorme distancia de éstos (Oriente-Occidente), cultura y civilización en este lento y dificultoso proceso nos convocan a encuentros y desencuentros de la familia humana. Lo cierto es que parece no haber civilización sin religión o religiones. En este contexto, bien podemos preguntarnos si la Orden construye o coadyuva a construir cultura o civilización. Todo parece indicar que la diversidad, el pluralismo, la laicidad y la búsqueda honesta e irrenunciable de la verdad hacen que debiéramos estar más cerca del hecho cultural que del proceso civilizatorio.

[box class=”pull”]Podemos preguntarnos si la Orden construye o coadyuva a construir cultura o civilización. Todo parece indicar que la diversidad, el pluralismo, la laicidad y la búsqueda honesta e irrenunciable de la verdad hacen que debiéramos estar más cerca del hecho cultural que del proceso civilizatorio.[/box]

         A estos últimos efectos, a los fines “civilizatorios”, siempre ha sido más funcional y eficaz la religión, o por lo menos sus estructuras. Es una concepción que tiene implícito el concepto de dominio, ya sea de lo infrahumano sobre lo humano, ya sea de los representantes de lo supra humano sobre lo humano. Aun la cultura, cuando se embarca en el aspecto religioso, inevitablemente lo hace desde la concepción del hombre como protagonista. Así, las mayores expresiones de arte sacro o sagrado sólo sirven para reivindicar la condición artística del hombre, dotando de un sentido superior a su obra. Inspirada en los dioses, está al servicio de los hombres, siempre.

          No hay hecho más humano que la cultura, aún la construida sobre las concepciones religiosas más duras y dogmáticas; porque no hay mayor expresión de lo humano que el hecho artístico. No es casualidad que nosotros practiquemos el Arte Real (o pretendamos hacerlo) y no la religión o ciencia de la masonería. No sólo no es casualidad, sino que hace a nuestra propia definición y opción.

          No aspiramos a la erudición sino a la sabiduría, la belleza y el bien. En todo caso, quizás seamos el hecho cultural permanente en el proceso de degradación civilizatorio; más aun en los albores de la primera universalidad real de la especie.

          Comunidad, monarquía y república

           El conocimiento es poder, y una de sus formas de expresión más visibles es la tecnología aplicada a la industria armamentista. Esto inevitablemente incide en la relación entre los hombres y en los modelos de convivencia que nos hemos dado. Desde la organización tribal al estado moderno, la humanidad ha pendulado para la administración de los intereses y bienes de una comunidad; desde el gobierno de unos pocos sobre todos, pasando por el de todos sobre todos, o el de ninguna de estas y otras formas. Podemos decir que monarquía y república pertenecen al primer grupo, más allá de la enorme variedad que han desarrollado.

[box class=”pull”]No es casualidad que nosotros practiquemos el Arte Real (o pretendamos hacerlo) y no la religión o ciencia de la masonería. No sólo no es casualidad, sino que hace a nuestra propia definición y opción. [/box]

          En gruesas pinceladas, señalemos que en la monarquía los pocos que componen la clase dirigente (nobleza) desarrollan esta actividad en forma hereditaria y por invocación divina. El rey, emperador, faraón, etc., es ungido por la iglesia correspondiente a la religión de ese país, reconociéndose en él un designio divino. Por tanto, este modelo implica un componente religioso; conceptual y funcionalmente religioso.

          En la república, el gobierno se da por representatividad otorgada por todos a unos pocos. Presidente, legisladores y demás autoridades de los tres poderes tradicionales de una democracia representativa y republicana son elegidos. Para estas decisiones sólo se invoca el cumplimiento de los requisitos ciudadanos habilitantes para participar, elegir o ser elegido, no existiendo implicación alguna que vincule o refiera a las autoridades religiosas del país; a excepción de los estados confesionales, democracias con religión oficial y otras particularidades.

[box class=”pull”]No hay hecho más humano que la cultura, aún la construida sobre las concepciones religiosas más duras y dogmáticas; porque no hay mayor expresión de lo humano que el hecho artístico. [/box]

          Pero mientras la monarquía implica prácticamente un acto religioso, la democracia es un acto absolutamente secular. Diría racional, más allá de la pasión que despierta la política y que el voto en sí mismo esté más teñido de subjetividad y emoción que del análisis de programas y candidatos.

          En nuestra Orden los dos cuerpos que la componen revisten características distintas, formas de organización distintas, estando vinculados por un pacto de amistad, en todo caso, siendo cada uno de ellos asimilable a los ejemplos citados, o por lo menos parcialmente.

          Cuestión de modelos-perspectiva y escala

          La ciencia no nos dice “por qué estamos vivos; no nos dice nada acerca del sentido de la existencia y si el universo tiene un propósito y un sentido”, como señala Alfredo Corvalán en Masonería, Ciencia y Religión. Sin considerar la posibilidad de existencia de otra u otras formas de vida en el universo (lo cual cambiaría por completo este análisis y seguro más de una religión), coincido con el planteo de Alfredo. De alguna manera, además, nos introduce en la cuestión de fondo: ¿El hombre es un hecho, una construcción a escala o en perspectiva? ¿Estamos sujetos a la existencia de un plan previo que nos explica y justifica o somos el producto del azar más absoluto y quizás irrepetible?

         Se me dirá que esto se lauda con nuestra aceptación del Gran Arquitecto del Universo, origen indubitativo de la especie. Una visión a escala se corresponde con el micro-macro cosmos, entendiendo que las leyes que rigen en uno lo hacen de igual manera en otro y viceversa, obedeciendo a un plan preconcebido, un proyecto que le antecede y explica su propia existencia. Un plan que nos “obliga” a llevarlo a cabo, concretarlo; brindando si se quiere una visión determinista del hombre; o en todo caso una concepción donde el libre albedrío está condicionado por límites propios y ajenos.

Entre las múltiples reflexiones que esto nos propone, surge la obvia de que el universo precede a la especie humana y seguramente cuando ésta desaparezca (como todo elemento vivo, deberá tener fin) seguirá existiendo.

         Entre las múltiples reflexiones que esto nos propone, surge la obvia de que el universo precede a la especie humana y seguramente cuando ésta desaparezca (como todo elemento vivo, deberá tener fin) seguirá existiendo. En cuyo caso, por lo menos, esta propuesta del micro y macro cosmos sólo tiene sentido en tanto y en cuanto exista el hombre. En idéntica línea de reflexión podemos preguntarnos a partir de qué parte del proceso de evolución podemos hacer valedero esta misma consideración: Neandertal, Cromañón, Homo sapiens, Sapiens- sapiens, etc.

         Quizás se pueda aceptar que el universo evoluciona en similar forma que lo hace la especie humana, pero seguirá existiendo un momento clave de transformación del hombre biológico en hombre simbólico a cuyo proceso pertenece en primer instancia el desarrollo del lenguaje, en segunda instancia la construcción de cultura y en última el hecho civilizatorio. El otro punto de vista antagónico es entender al hombre y el universo desde una visión en perspectiva.

         Al decir de un astrónomo británico Martin Rees en su libro Nuestra hora final: “No me impresionan las estrellas, masas gaseosas distantes en el infinito del universo, sino la capacidad de sentir, emocionarse y amar que tiene el hombre”. El hombre no obedece a plan previo alguno, sino que es un mero accidente en el universo al cual pertenece, tal cual lo es la propia vida. Es aquello de que la realidad no es ni fría ni caliente, ni tiene colores, ni gusto; es una masa indeterminada percibida así por los atributos del hombre. Estas son apreciaciones humanas.

[box class=”pull”]En todo caso, nuestra necesidad de trascendencia no tiene (o no sólo tiene) que estar dada por la potencialidad divina del hombre, sino por su propia condición. [/box]

         En todo caso, nuestra necesidad de trascendencia no tiene (o no sólo tiene) que estar dada por la potencialidad divina del hombre, sino por su propia condición. La humanización del hombre y no su divinización –de cuyos nefastos ejemplos la historia ha dado sobrada cuenta– hace a la construcción de las “ideas” –junto con el arte– la máxima expresión de la condición humana. A tal punto lo creo así, que la propia religión puede ser entendida como una idea de génesis multicausal y respuesta sistémica; mientras la ciencia –salvo en sus primitivos orígenes– sólo obedece a la necesidad de entendimiento, de encontrar explicación a las cosas.

         Sobre premios y castigos

         La masonería no tiene infierno, gueinom o jahannam. Nosotros no tratamos de proceder bien por temor a sanción punitiva alguna (o no sólo por temor a la sanción física o moral), ni al castigo parcial o eterno.

         Entendemos del buen proceder como condición natural y la relación deseable entre los hombres. No tememos a que nuestras almas ardan por toda la eternidad. No creo en la eternidad, sí en la atemporalidad de la existencia espiritual cuando se logra producir la iniciación. Una atemporalidad a partir del despertar de los estadios superiores de la conciencia en un proceso alquímico; para el cual es indispensable la guía de quien ya lo ha vivido: El Maestro.

          Entendiendo además la conciencia no como una porción altamente especializada de la materia, sino como el principal misterio del hombre. Su cuerpo material y su energía potencial o manifiesta están bajo la guía, tutela y condicionamiento de la virtud y hacen a la construcción de los valores; a la concepción de la vida. Más allá de su propia finitud. Claro que es una posición idealista, porque deviene de una idea que es nuestra propia doctrina y fundamento.

[box class=”pull”]Ontológicamente ciencia, religión y masonería son ideas.[/box]

          Ontológicamente ciencia, religión y masonería son ideas. Pero no tenemos recetas para estas aspiraciones. A lo sumo, si lo permiten los hechos, podremos ser acompañados en este camino y quizás, acompañar a otros. Tenemos sí la obligatoriedad de no evadir o saltear tramo alguno del camino, del proceso. La masonería no tiene atajos, no existen en ella quienes partan diez kilómetros más adelante o cien escalones más arriba, ya sea por capacidades “adicionales”, beneficios de herencia, lisonjas o riqueza alguna. Partimos todos de un mismo punto (o deberíamos hacerlo).

          Mientras que el conocimiento científico es acumulativo, generación tras generación de cierto saber que es refrendado y ampliado a la luz de los nuevos conocimientos o eventualmente sustituido por otro (permitiendo a quien se dedique a esa disciplina aprovechar el acumulado y partir en su propia investigación y no desde cero), la masonería hace del hecho vivencial elemento constitutivo e intransferible. Al igual que la filosofía, uno debe pensarse desde el inicio. En este caso pensarse, sentirse y tratar de trascenderse. Iniciarse.

          La importancia del lenguaje

          A medida que la ciencia profundiza en sus investigaciones, el lenguaje se hace cada vez más técnico y específico, y los conceptos cada vez más abstractos. No hablamos ya del espacio curvo, sino la tela del espacio que se curva con los diferentes cuerpos.

         No hablamos ya de los agujeros negros donde todo se reduce y compacta hasta desaparecer, sino que diferenciamos el interior de éstos (donde ahora podría reproducirse el mismo objeto desintegrado en otro igual) de su superficie, que en teoría reflejaría los objetos. Hablamos además del espacio, cuyo concepto parece cada vez más complejo e inasible, espacio que está en todo y todo lo comprende; todo está en el espacio, existe en el espacio y luego la energía oscura que aparece como la vedette incipiente y dominante de todo futuro entendimiento de la existencia.

[box class=”pull”]La masonería no tiene atajos, no existen en ella quienes partan diez kilómetros más adelante o cien escalones más arriba, ya sea por capacidades “adicionales”, beneficios de herencia, lisonjas o riqueza alguna.[/box]

          Varias dimensiones, mundos paralelos, etc. Un lenguaje cada vez más complejo, encriptado y si se me permite cada vez menos entendible, al punto que intentar comprenderlo significa un esfuerzo de imaginación casi tan fuerte como la concepción de la propia divinidad. Paradójicamente un requerimiento de fe, en particular en los aspectos teóricos avanzados y esbozados, tanto o más fuerte que el de la aceptación de un ser superior origen de todo y de todos.

          Por otra parte, esta información (quizás no el acceso a ella sino el entendimiento, aunque sea en términos simples o primarios) está cada vez más reservada para los grupos selectos casi al igual que en los aspectos de fe para los “iluminados”. Y en el medio de estas paralelas que cada vez se extienden más lejos (quizás a velocidades diferentes) a riesgo de que curvándose en el espacio, en el divino o sacro espacio, en algún punto se encuentren; quizás para compartir el camino (como lo propone la vieja horqueta Pitagórica), quizás simplemente interceptándose, está el hombre: esta extraña, casi increíble especie provista de una pequeña masa de materia, energía y un indomable espíritu, que busca quimérica y quijotescamente entender, conocer, comunicar y dominar.

         Masonería, permanencia y cambio

           Si tuviera que aventurar un proceso a futuro, por ejemplo para los próximos 300 años, arriesgaría a la permanencia de la ciencia y su expresión tecnológica aplicada; ya no a mejorar las condiciones de vida, sino, en primera instancia, a preservarla. No tengo respuesta clara para la vigencia de la religión; y si esto ocurriera, por cierto que –por lo menos– su forma sería completamente distinta y su contenido tendría que sufrir un proceso de adaptación con las consabidas pérdidas y ganancias de dichos cambios.

[box class=”pull”]El “mundo” nunca más será sólo occidente, y quizás también sea hora de concebir “nuevos límites”. Nuestros “antiguos límites” son la permanencia; tenemos que ver qué hacemos con el cambio.[/box]

           Mientras que en la ciencia el cambio –y en particular de los paradigmas– hace a su propia definición, la religión parece discurrir por un camino “inmutabile”. Lo que no tiene que cambiar es la necesidad del hombre de la búsqueda de la verdad y un sentido para su vida; inclusive aquel que va más allá de su límite biológico: la muerte. Campo en donde se construyen sino todas, por lo menos la mayoría de la religiones. Es una simplificación monstruosa, pero bien podríamos decir que la ciencia se ocupa de la vida (aún sin definirla) y trata de extenderla tanto como le sea posible (con la capacidad también de destruirla). Y la religión, definiendo la muerte como el cese de la vida, trata de observar la vida como un preámbulo de la existencia eterna, una forma de “vida” diferente.

           Ahora y por un momento, si consideramos a la Masonería como un organismo vivo, es inevitable que esté sujeta a dos factores claves: metabolismo y reproducción. Lo primero la obliga a “hacer” algo y lo segundo a replicarse. Pero en este proceso de replicarse, y para poder seguir viva, tendrá que adaptarse a las nuevas circunstancias y realidades: “Sin variación, la adaptación es imposible” (Paul Davies,  El quinto milagro). Paradójicamente, nuestra permanencia dependerá de nuestra capacidad de cambio. Y para ello, una vez más, nuestra herramienta principal es la libertad de pensamiento. Los Hermanos del siglo XXI quizás deban y puedan, imaginar y articular nuevas formas de convivencia, que contemplen los valores esenciales e incorporen aquellos que las nuevas circunstancias obliguen a su construcción; en todo caso, que recreen una espiritualidad más simple, profunda y universal.

           El “mundo” nunca más será sólo occidente, y quizás también sea hora de concebir “nuevos límites”. Nuestros “antiguos límites” son la permanencia; tenemos que ver qué hacemos con el cambio.

 

Referencias

  • Sábato, Ernesto (2000). La resistencia.
  • Platón (1871). Apología de Socrates.
  • Splenger, Oswald (1918). La decadencia de occidente.
  • Rees, Martin (2004). Nuestra hora final.
  • Corvalan, Alfredo. Masonería, ciencia y religión.
  • Entrevista Paul Davies (2004).

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