La Masonería en el ejército realista

A L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·.

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La Masonería en el ejército realista

Antonio Calabrese

 

       Es muy conocida la influencia de la Masonería o más bien de los masones individualmente en la independencia de América.

       Nominarlos aquí es recordar a casi todos los libertadores, sus generales y a los patriotas más relevantes de todos y cada uno de los países iberoamericanos. Tampoco podemos dejar de lado a Brasil, cuya Corte Carlotista estuvo rodeada de masones ilustres, conociéndose su actividad desde fines del siglo XVIII y principios del XIX, en páginas como las de Hipólito José da Costa Pereira Furtado de Mendonça (Narrativa da perseguição). Asimismo, es pertinente mencionar al patriarca de la independencia, el masón José Bonifacio de Andrada e Silva, y al primer Emperador, Don Pedro, que era conocido masónicamente como “Guatimozín”.

José de la Serna (1821 - 1824)

José de la Serna (1821 – 1824)

        Se podría decir, haciendo una perspectiva contra fáctica, que las independencias americanas no se habrían logrado, o al menos se hubieran retrasado mucho años sin la intervención masónica en las mismas. Sin embargo, muchos historiadores españoles y americanos han pretendido disminuir esta trascendental participación e influencia. Los primeros, o sea, los españoles, llegan a rechazar esa relevante intervención de la masonería, negándoles dicha condición a muchos de sus miembros; de esa forma, por ejemplo, tratan de negar que la Masonería tuviera influencia en la independencia del Perú.  Los segundos, es decir, los historiadores americanos, señalan que las logias masónicas independentistas no eran tales, sino que solo utilizaban su metodología por razones de seguridad.

        Hoy es muy difícil negar que la masonería preparara la victoria de Sucre en Ayacucho. Descartando a Pezuela y Olañeta, tanto La Serna como Valdés fueron conocidos masones, al igual que muchos otros generales y oficiales del ejército realista, siendo objetiva la condición masónica de los patriotas.

       El célebre abrazo de Maquinguayo antes de la batalla de Ayacucho entre los Jefes y Oficiales de ambos ejércitos contendientes fue dado por los H.·.H.·. para reconocerse y evitar herirse en combate. Como prueba de ello, la batalla de Ayacucho, aunque fue la decisiva para la liberación de América del Sur, tuvo pocas  bajas.

[box class=”pull”] Las independencias americanas no se habrían logrado, o al menos se hubieran retrasado mucho años sin la intervención masónica.[/box]

       Se afirma que la capitulación de Ayacucho fue firmada con anterioridad a la batalla, a tal punto que al pie de la misma aparece la firma del General La Serna, que después del combate jamás hubiera podido hacerlo porque fue herido en su mano derecha durante la lucha. Esto, por otra parte, no es sorpresa para los historiadores estudiosos que seguramente recuerdan a la batalla de Pavón, en Argentina, el 17 de septiembre de 1861. Allí el General Urquiza se retira triunfante del campo de batalla y le deja la victoria a su adversario el General Mitre, según se habría convenido previamente al amparo de las logias porteñas.

       En cuanto a los historiadores nativos que bajo influencias confesionales o políticas circunstanciales han pretendido dejar sentado que las logias locales o las lautarianas no eran masónicas, hasta hoy, han sido totalmente desautorizados. Además de los enjundiosos trabajos de Fabián Onzari y Augusto Barcia Trelles,  también son fundamentales las memorias en diez extensos tomos del General Tomás de Iriarte, reconocido masón, contemporáneo de las luchas antinapoleónicas en España y de las campañas por la independencia de América.

       Enrique de Gandía, uno de los más importantes y prolíficos historiadores  argentinos, en una presentación dice de estas campañas y de Iriarte:

“Lo que él cuenta de las sociedades secretas en Andalucía y en América constituye la prueba terminante de que la masonería tuvo una influencia muy grande y en mucha parte desconocida en la Independencia de América Hispana y, lo que es incluso más valioso, la masonería era realmente masonería y no una sociedad que imitaba las ceremonias masónicas”.

       Es decir, aquellos inseguros datos que el General Zapiola, anciano y senil, habría trasmitido al General Mitre como las especulaciones sobre las logias Mirandinas que habrían utilizados los polemistas detractores de la masonería son destruidos por los estudios más modernos, entre los que se encuentran los anteriormente mencionados.

El mismo Gandía dice con certeza y claridad más adelante:

“Esta teoría encandiló a historiadores poco especializados en estos estudios, pero de elevada autoridad literaria e intelectual. No recordamos sus nombres. Sus afirmaciones hoy son una muestra de cómo oscila la historia entre la verdad y el error por el apresuramiento con que se aceptan o rechazan determinadas teorías”.

        En Buenos Aires, difícilmente pueda negarse ya la existencia de logias masónicas desde la época de Sobremonte, que dominaban, por ejemplo, la Real Audiencia, desde los oidores hasta el último de sus dependientes. Ni se puede negar que casas como la famosa jabonería de Vieytes o la de Rodríguez Peña eran reductos donde las logias trabajaban activamente. Sabemos también con certeza, por ejemplo, que la casi totalidad de los miembros de la Primera Junta de Buenos Aires, en 1810, que en realidad era la Segunda, eran masones.

La iniciación de Tomás de Iriarte

Tomás de Iriarte (1794 – 1876).

Tomás de Iriarte (1794 – 1876).

        Para despejar dudas, Iriarte relata en sus memorias la ceremonia de su iniciación en el barco, durante la travesía de Europa hacia América.

         Recuerda, nada menos, que fue hecha el 24 de junio, o sea, el día de San Juan, a la medianoche en punto. Como todos sabemos, ésta no es cualquier fecha ni cualquier hora, se trata del solsticio de verano, en que se recuerda al Bautista; tiempo de profunda significación masónica.

        Por otra parte, relata pormenores del ritual de primer grado, que van desde el cuarto de reflexión hasta que recibe la luz, que obviamente no repetiré, pero que no deja dudas del carácter de la ceremonia que culmina con el ágape correspondiente, seguramente la cena ritual, y sostiene no “tardar mucho en imponerme de la liturgia, palabras, signos y símbolos”.

[box class=”pull”]Hoy es muy difícil negar que la masonería preparara la victoria de Sucre en Ayacucho. Tanto La Serna como Valdés fueron conocidos masones, al igual que muchos otros generales y oficiales del ejército realista.[/box]

        El taller se denominaba “Logia Central La Paz Americana del Sud”, siendo Venerable del mismo Jerónimo Valdés, quien después llegó a mariscal, siendo La Torre, Orador, y más tarde tomado prisionero en Maipú y confinado en San Juan; Seoane, Primer Vigilante; Ferraz, Segundo; Pardo, que era un antiguo marino, autoridad de a bordo, Maestro de Ceremonias; y Bocalan, Hermano Terrible.

Los antecedentes

        Iriarte, que era oficial de Artillería, llegaba junto a Valdés, La Serna, que finalmente fue el último Virrey del Perú, y otros altos jefes militares para incorporarse al ejército realista. Él afirmó que la Logia a la que acababa de incorporarse había sido instalada en Cádiz antes de partir. Lo cual es un dato muy importante, porque acredita que en Cádiz no sólo se iniciaban los militares o los patriotas que venían a luchar por la independencia, como vulgarmente se cree, sino también todos aquellos enrolados en las tendencias liberales españolas.

[box class=”pull”]La historia de América, en aquella época, no puede ser estudiada en forma independiente de la historia de España. Es parte de ella, por lo tanto se equivocan los historiadores que pretenden sesgos fundacionales en la Primeras Juntas americanas.[/box]

        Expresamente refiere este punto, que es de suma importancia cuando sostiene las características de aquellos que eran buscados e invitados a participar en la Orden que “recaían siempre en personas de capacidad e influjo por su posición social, y más particularmente por su rango en el ejército, y que perteneciesen al partido liberal”.

        La historia de América, en aquella época, no puede ser estudiada en forma independiente de la historia de España. Es parte de ella, por lo tanto se equivocan los historiadores que pretenden sesgos fundacionales en la Primeras Juntas americanas, que no eran sino copias de las juntas españolas que se instalaban en defensa de los invasores napoleónicos.

        En aquel momento el eje de la lucha trazaba dos etapas: primero entre los afrancesados de Godoy pro-napoleónicos contra los defensores de Carlos IV, su hijo Fernando VII y la independencia de España. Y en una segunda etapa, entre estos últimos, al regreso de Fernando, estaban los constitucionalistas, que pretendían una monarquía constitucional y liberal al estilo de Inglaterra. Lo que habían obtenido con la constitución de 1812, por una parte, y, por la otra los absolutistas, que sostenían el poder omnímodo del Rey Borbón.

       Es en esta lucha que las Logias de Cádiz incorporan militares con el sello ideológico que ellos denominan liberal, y cuya filosofía y modo de actuar eran aportados solamente entonces por la masonería.

Fijémonos en lo que dice Iriarte de la Logia de Cádiz:

“En Cádiz existía otra compuesta de personas notables que iniciaba a los oficiales destinados a ultramar que más sobresalían por sus principios liberales e ilustración. El partido liberal, perseguido entonces de muerte por Fernando, pretendía de ese modo formarse una nueva patria en América, si se veían obligados a abandonar la Península para evitar los furores de aquel déspota sanguinario. Pero la Sociedad en la que yo acababa de entrar era independiente de aquella, aunque relacionadas entre sí  y con miras idénticas”.

        Según otros historiadores, existía también la posibilidad de continuar la lucha desde América, en caso de que Francia ocupase la totalidad de España, pero se haría con el cariz liberal constitucionalista. Lo cierto es que las luchas de América se producen en aquel marco y por ende la oficialidad que combate en estas tierras en principio pertenece a uno o a otro bando de aquella guerra civil, hasta que las rebeliones iniciales dejan de hacerlo en nombre del rey de España o Fernando VII y comienzan a buscar la propia independencia, con motivo de la abrogación por éste de la Constitución de 1812 y la restauración del absolutismo,  momento en el cual desde el lado realista queda un sector adherido a esta corriente, como el que representan el virrey Joaquín de la Pezuela y el propio Pedro Antonio de Olañeta y otro liberal que integraban el General José de La Serna y Jerónimo Valdés entre otros.

       Es por esto que podemos afirmar que la masonería trabajaba activamente en el ejército español, representando al liberalismo que avanzaba imponiendo su ideología contra lo dominación del hombre por el hombre.

       De esta forma, vemos curiosos episodios que sólo son comprensibles  reconociendo la participación y la pertenencia masónica de sus actores, como el protagonizado por el propio Iriarte. Según él cuenta, cuando fue comisionado por el General La Serna para inspeccionar y activar la maestranza en Potosí, comisión que se detuvo en Tupiza para hacer fugar al famoso Marqués del Valle Tojo, el que no obstante, después es abandonado por sus propios indios y ante la imposibilidad de desplazarse libremente, pues era un hombre inmenso, con un peso totalmente excedido de lo normal, tanto que hasta se le hacía difícil montar las mulas, tuvo que volver a entregarse y murió en el traslado a España para ser juzgado por independentista.

La persecución

        Una anécdota detallada extensamente por Iriarte, que acabara con su participación en las filas realistas y su paso al ejército patriota, demuestra el grado de persecución que existía en las autoridades virreinales contra la masonería y en su caso contra los militares tildados como tales, aquellos considerados liberales.

[box class=”pull”]La masonería trabajaba activamente en el ejército español, representando al liberalismo que avanzaba imponiendo su ideología contra lo dominación del hombre por el hombre.[/box]

       Cuenta también que en un cambio de oficiales de la Logia, se lo elige a Carratalá como Venerable con la continuidad de La Torre como orador y de él como Secretario, pasando Valdés como Vice venerable, razón por la cual cuando escribe la lista de los integrantes o detalla el cuadro lógico, excluye a Valdés de la misma y se la entrega al orador para que la guardase, sin embargo éste la extravía.

       La lista fue hallada por Campo Blanco, Auditor General del Ejército, quien se la entregó al vicario Torres, que se propuso hacerla llegar al Tribunal del Santo Oficio, recordando que la inquisición funcionaba en Lima, lejos de donde se encontraba estacionada la tropa.

      El vicario se presenta en primer término a Valdés, cuya condición masónica ignoraba porque no había sido incluido en la lista, para denunciar la cuestión y solicitarle que le permitiera ir a Lima para proceder contra los jefes que se encontraban allí.

       Valdés, aliviado de no encontrarse en la lista, trata de disuadir al Vicario, sosteniendo que el papel sería solo una chanza de Iriarte, debido a su juventud o a su corta edad. Ante la insistencia del cura, Valdés lo envía a hablar primero con La Serna, a quien previamente advierte, y cuando lo recibe lo trata de la misma manera, descontando una broma de Iriarte, aunque ante la reiteración del Vicario de que se le otorgue pasaporte para ir a Lima, La Serna sólo se lo otorga previa destrucción de la lista.

       Iriarte sospecha de que Torres, que era su enemigo declarado, habría guardado una copia, y comienza a anunciar a sus hermanos y camaradas que se retiraría de la fuerza y pasaría al bando patriota como única salvación. No lo pueden disuadir ni siquiera cuando le llega de Lima y la comunican un ascenso al grado de Coronel de artillería, como así también el otorgamiento de medallas al mérito y heroísmo por su actuación en la guerra contra los franceses mientras estuvo en España. Él sostenía que ello era sólo un pretexto para que se alejara y fuera hasta Lima, donde sería detenido por la Inquisición y con su supuesta confesión la de todos los miembros de la Logia.

Gerónimo Valdés de Noriega(1784 - 1855)

Gerónimo Valdés de Noriega (1784 – 1855).

       Toma entonces la determinación de partir, lo que le anuncia a Valdés, quien lo invita a conferenciar con La Serna. Finalmente, éste último acepta la postura de Iriarte y autoriza que se vaya, para lo cual hace que Valdés lo designe en la vanguardia del ejército, a fin de facilitarle la fuga. No sin antes recomendarle que en caso de llegar hasta el Director Pueyrredón o al mismo Belgrano, haga lo posible por influir en ellos para que se prevea la regularización de la guerra, disminuyendo sus horrores, como así también un canje de prisioneros.

       Antes de partir junto al capitán Plasencia esconden, enterrados a la salida de Tupiza, los ornamentos de la logia y dejan señalizado el lugar para que sean recuperados en cuanto pase el peligro.

       Iriarte logra su cometido, llega hasta Belgrano y después en Buenos Aires hasta Pueyrredón, pero no consigue cumplir con la propuesta de humanizar la guerra o lograr un canje de prisioneros, hasta que se produce un hecho fortuito y providencial.

El expediente de la Inquisición

        Un día Iriarte  es convocado por Julián Álvarez, también masón igual que el Director Pueyrredón, por disposición de éste, porque un corsario argentino había capturado en el Caribe un buque español del que habían extraído un voluminoso expediente labrado por la inquisición de Lima, con motivo de las actividades de la Logia del Perú a la que él había pertenecido.

       El expediente fue puesto a su consideración para que Iriarte diera su opinión, la que fue ratificatoria y confirmó entonces, con su lectura, que el vicario Torres había guardado una copia de la lista que se había extraviado con el cuadro lógico, a la que se había agregado una esquela que oportunamente le había mandado a La Rosa cuando se hallaba en Jujuy.  Había sido obtenida de entre los papeles de éste después de su fallecimiento.

       La preocupación de Pueyrredón y de Álvarez era que él diera aviso a los restantes miembros que se encontraban en Perú a fin de prevenirlos, pues aparentemente el Virrey de la Pezuela, enemigo acérrimo ya del brigadier la Serna por la condición de liberal  de este, estaba dispuesto a llevar hasta sus últimas consecuencias el ataque dado el creciente prestigio y ascendencia que adquiría el Jefe del Ejército.

        La embarcación española capturada llevaba, además de dicho proceso impulsado por Pezuela y el Tribunal del Santo Oficio para su consideración en Madrid, a algunos prisioneros, entre los que se encontraba el fraile Polanco. Este religioso había organizado y conducido una partida de rebeldes independentistas en Perú de suma crueldad, pues asesinaron y sometieron a crueles tormentos a los prisioneros realistas, por lo que era considerado un adversario de suma peligrosidad por aquéllos.

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        En medio de la lucha naval con el corsario, Polanco y un hijo suyo prendieron fuego a la pólvora y causaron una destrucción en la embarcación española que hizo imposible su defensa. Aprovechándose de ello, el fraile  registró la correspondencia que llevaba el capitán para entregar en destino, entre la que encontró estas actuaciones que puso a disposición del corsario argentino cuando fue rescatado, quien inmediatamente las hizo llegar a Buenos Aires.

        Iriarte propuso que se convocara al Teniente Coronel La Torre, prisionero en San juan, y miembro de la Logia, como hemos dicho antes, para que fuese quien llevara a Lima estas novedades y el expediente. Con esto se produciría un gran problema en la plana mayor del ejército realista, en la cual no sólo La Serna era masón, sino también Jerónimo Valdés y otros jefes importantes, quienes sin duda todavía a esta altura ignoraban dicho proceso.

        El plan de Iriarte finalmente no pudo llevarse a cabo por las guerras civiles que estallaron en la Argentina, tras las montoneras sublevadas que dejaron la Guerra del Perú en segundo plano.

Conclusiones

        La actividad de la masonería se produjo también intensamente en las líneas realistas, aunque siempre motivando la difusión de ideas basadas en la libertad, la igualdad y la fraternidad.

         Sin embargo los negadores de ello, tanto americanos como españoles, emprendieron una gran campaña intelectual para desconocer no sólo la trascendental influencia masónica en las guerras libertadoras en el bando independentista, sino también en quienes permanecían sumisos a la Corona.

         Un historiador masón español, Modesto Lafuente (Historia de las sociedades secretas, Madrid, 1870) mencionó el tema de la importancia de la acción de los masones en el ejército español en América. Pero luego, desde 1984, intentaron desmentirlo otros autores que intentaban rechazar la cuestión, como por ejemplo el propio hijo del después Mariscal de Campo Jerónimo Valdés, el Conde de Torata, Coronel retirado de Artillería, quien en varias obras, como en Exposición que dirige al Rey Don Fernando VII el Mariscal de Campo don Jerónimo Valdés sobre las causas que motivaron la pérdida del Perú desde Vitoria a 12 de Julio de 1927, intento hacerlo.

         Desde entonces pareció quedar triunfante esta tesis en la península, sin embargo las memorias de Tomás de Iriarte, que aquí relatamos y que fueron escritas con mucha anterioridad al conde de Torata, demuestran no sólo la pertenencia de Valdés a la masonería, sino que además fue uno de los jefes de la logia más importante del Perú, dando en consecuencia la razón a Modesto Lafuente, pues después de su lectura no pueden quedar dudas acerca de la influencia de los masones liberales realistas que se enfrentaron con los absolutistas de Olañeta, quien dividió a las fuerzas españoles por esas razones y preparó el triunfo rebelde que tenía tropas inferiores en número.

 

Referencias:

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