Resignificando al Estado laico en tiempo de crisis de valores

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Resignificando al Estado laico en tiempo de crisis de valores

Oscar Figueredo

11 al 14 de agosto, agosto de 2011 E.·. V.·.

Gran Logia de la Masonería del Uruguay

  • Introducción.

          En su Tratado sobre la tolerancia, Voltaire afirmaba:

“Es tal la debilidad del género humano, tal su perversidad, que es mejor para él, sin duda, ser presa de todas las supersticiones posibles (…) que vivir sin Religión. El hombre tiene siempre necesidad de un freno; y por muy ridículo que fuese ofrecer sacrificios a los faunos, a los silvanos, a las náyades, era mucho más útil adorar estas imágenes fantásticas de la Divinidad, que abandonarse al ateísmo. (…) En todas partes donde exista una sociedad establecida, es necesaria una Religión”.

          Voltaire no era, precisamente, un hombre religioso. Y no parecía, tampoco, referirse a la religión en tanto eficaz instrumento de dominación política, a la cínica manera de diversas corrientes ideológicas. Aquello que Voltaire sabía, en realidad, era que no puede haber una sociedad verdaderamente libre si ésta no se asienta sobre un sólido cuerpo de valores. Y en tal sentido, entendía que la religión podía aportar ese marco fundamental para el desarrollo de una sociedad. Era, sin duda alguna, una concepción instrumental del papel de la religión, pero pensada como vacuna contra la anomia (degradación de las normas sociales), que constituye una sociopatía esencialmente liberticida.

[box class=”pull”]En su Tratado sobre la tolerancia, Voltaire afirmaba: “En todas partes donde exista una sociedad establecida, es necesaria una Religión”.[/box]

  • El fin de las Utopías y de los Paradigmas.

         El derrumbe del Muro de Berlín (noviembre de 1989) simbolizó el colapso de los grandes relatos de la Modernidad, basados en la Razón. No sólo el del marxismo, sino también del liberalismo en tanto epopeya axiológica y política, porque la democracia liberal en el marco de una economía de mercado dejó de enfrentar un desafío filosófico-político existencial real, para pasar a desempeñar su rol natural de espacio institucional de administración de las diferencias inherentes a la vida en común.

El derrumbe del Muro de Berlín (noviembre de 1989) simbolizó el colapso de los grandes relatos de la Modernidad, basados en la Razón.

          Ciertamente, ello no significa que la praxis democrático-liberal no enfrente riesgos, pero éstos no constituyen alternativas filosóficas reales, salvo —tal vez— las expresiones teocráticas y fundamentalistas que aspiran a invertir el giro de la rueda de la historia. Allí, en la caída de aquel controvertido muro, emerge simbólicamente el nuevo paradigma, o sea, el conjunto de creencias y valores que condicionan nuestra percepción de la realidad: el paradigma de la posmodernidad. ¿Y qué nos dice la posmodernidad? Nos lo explican varios filósofos, pero la vida cotidiana también: el nuevo paradigma es que ya no hay paradigmas. La realidad humana ahora es tan compleja y fragmentada —nos señalan—, que sólo podemos aspirar a reunir algunos fragmentos de ésta, tan sólo algunos. Consecuentemente, la aspiración de conocimiento de la realidad y, por tanto, llegar a la verdad, constituye un ejercicio estéril, sin destino.

         El correlato social del nuevo paradigma “no paradigma”, pues, es la prevalencia del subjetivismo y del relativismo. Y ello en medio de la Babel informativa que nos ha traído el progreso de las tecnologías de la información y la comunicación, así como la democratización del acceso a las mismas. Esto dificulta aún más —cruel paradoja— el discernimiento de la realidad y, por tanto, profundiza el subjetivismo.

[box class=”pull”]El derrumbe del Muro de Berlín (noviembre de 1989) simbolizó el colapso de los grandes relatos de la Modernidad, basados en la Razón.[/box]

  • La Postmodernidad.

          La posmodernidad (caracterizada por ese relativismo en todos los órdenes, desde lo estético hasta lo moral, pasando por lo lingüístico) ha conducido a una trivialización creciente de toda conducta humana y de las consecuencias de toda conducta humana. Porque en la medida que las verdades humanas son inexistentes o, cuando mucho, transitorias puesto que la fragmentación de la realidad es de tal magnitud que nadie cuenta con los suficientes elementos de juicio que permitan establecer qué es verdadero y qué no lo es, entonces tampoco será posible discernir qué es bueno y qué es malo, qué es correcto y qué es incorrecto.

          Es un corolario moral inevitable: la imposibilidad de establecer verdad alguna, impide también establecer criterios morales objetivos. Y siendo ello así, tampoco puede existir un sentido del deber de carácter universal. El único deber válido es aquel que yo establezca para mí mismo, por mí mismo, con prescindencia de los demás.

[box class=”pull”]La posmodernidad (caracterizada por ese relativismo en todos los órdenes, desde lo estético hasta lo moral, pasando por lo lingüístico) ha conducido a una trivialización creciente de toda conducta humana y de las consecuencias de toda conducta humana[/box]

          Ese subjetivismo —consecuencia o manifestación del relativismo axiológico— conduce, la mayoría de las veces, a la extinción práctica del sentido del deber y su reemplazo por la ley del deseo. Caduca esa capacidad de optar, en cada circunstancia, por aquello que nuestra conciencia nos señala como “el deber mayor”, diría José Martí. El placer personal, inmediato, se constituye casi en el único criterio de determinación de la propia conducta.

           Ese debilitamiento de las convenciones axiológicas de la comunidad al que estamos asistiendo redunda en serios problemas. Por un lado, se desmorona el concepto de libertad. No hay libertad sin responsabilidad; esto es, sin capacidad para responder por las consecuencias de los actos que llevamos a cabo en el marco de nuestra libertad de elección. Cuando se exonera a alguien de hacerse cargo de las consecuencias de sus actos, se castra su libertad.

[box class=”pull”]No hay libertad sin responsabilidad; esto es, sin capacidad para responder por las consecuencias de los actos que llevamos a cabo en el marco de nuestra libertad de elección.[/box]

          Por otro lado, se debilita el sentido de comunidad. Porque si no hay deberes hacia el prójimo, no hay empatía, o sea, la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Sin empatía, no puede haber sentido de pertenencia a una comunidad, no hay voluntad de comprometerse con otros en la búsqueda del bien común.

  • La Recomposición de la Urdimbre Social.

          ¿Cómo recomponer, entonces, la urdimbre social? ¿Cómo reconstruir la convención axiológica, esto es, el conjunto de valores sobre los que la comunidad ha convenido implícitamente desarrollar la convivencia social? La construcción de ciudadanía no puede pasar exclusivamente por la sumatoria creciente de derechos, sino por la recomposición de la matriz de valores de la sociedad. Y éste es uno de los principales desafíos que enfrenta la Masonería en esta época.

          Dar respuesta a esas interrogaciones y a esos desafíos no es tarea sencilla. Pero el primer paso para abordar esa búsqueda debe pasar por liberarnos de las inercias del pensamiento que, por tales, devienen dogmas de hecho. Siempre es más fácil repetir acríticamente aquello que nos viene de atrás que repensar su validez en el contexto del presente. Pero revisitar las viejas concepciones y analizarlas bajo luz crítica con entera libertad —como se espera de un verdadero masón— es un ejercicio imprescindible para intentar pensar —imaginar al menos— cómo conjugar la afirmación de valores con el respeto a la libertad de conciencia.

           En el siglo XIX y por lo menos la primera mitad del siglo XX, la laicidad supuso la neutralidad del Estado en materia filosófica, ideológica, religiosa y política. Ciertamente había valores implícitos, pero, salvo en épocas de autoritarismo como las que nuestros países debieron soportar, la acción del Estado siempre fue débil, porque se partía de la correcta base de que ello era competencia exclusiva de las personas, las familias y la sociedad civil.

          Las corrientes de pensamiento que configuran en el siglo XIX el concepto de laicidad están fuertemente influenciadas por el positivismo promovido por Herbert Spencer. Esta corriente filosófica planteaba básicamente el criterio de verdad objetiva y neutral. Todo debía comprobarse por medio de la observación y la experimentación, de lo contrario no podía ser enseñado como un conocimiento válido. Esta concepción de cómo debía ser entendida la laicidad fue transmitida de generación en generación sin atenderse su evolución, al punto tal, que aun hoy (ya entrado el Siglo XXI) en las conciencias de muchos todavía predomina la idea de la laicidad como principio de neutralidad ante las ideologías políticas, filosóficas y religiosas.

           Pero hoy debemos preguntarnos si aquella respuesta, que respondía a otras realidades, ahora es la adecuada. Al principio de esta ponencia señalé el rol normatizador de la religión que Voltaire se preocupaba en señalar positivamente. Pero lo señalé no porque esté postulando desandar de algún modo la secularización del Estado. El Estado laico constituye un activo social que, incluso, terminó incorporado a la identidad como nación de países como Uruguay. El Estado laico debe seguir constituyendo la garantía de las libertades de todos.

[box class=”pull”]El Estado laico constituye un activo social que, incluso, terminó incorporado a la identidad como nación de países como Uruguay. El Estado laico debe seguir constituyendo la garantía de las libertades de todos.[/box]

          Sin embargo, la secularidad del Estado no puede significar el vaciamiento axiológico de la sociedad y de sus instituciones. Tampoco que el Estado aparezca adscripto a determinados sistemas de valores que puedan suponer la imposición de dogmatismos por vías más o menos sutiles, más o menos consensuadas, so pretexto de inyectar valores explícitamente en la sociedad.

  • Laicidad: su concepción para este tiempo.

          Hace ya más de 30 años que en Uruguay la maestra Reina Reyes (entre otros), establecía con claridad una concepción diferente sobre la laicidad. Ella decía en su obra El derecho a educar y el derecho a la educación que:

“La laicidad responde al espíritu del humanismo que proclama la dignidad de la persona humana, respeta la individualidad de cada hombre concreto y, por lo mismo, deja los valores, en los dominios de la filosofía, de la religión, de la política y del arte, a la libre elección personal. La laicidad así entendida no queda restringida a lo que dice la religión.

          Desde esta perspectiva la noción de laicidad evoluciona, pasando de la neutralidad y la abstinencia, a la manifestación del respeto de las diferentes concepciones políticas, filosóficas y religiosas, porque respetar las ideas ajenas es una conquista que reafirma los valores democráticos más valiosos, como por ejemplo la creación de un pensamiento autónomo. Esto contribuye a la reflexión, al análisis y a la construcción de pensamientos críticos de la realidad.

[box class=”pull”]La laicidad como tal configura en sí un valor. Por lo tanto, si actuamos y enseñamos laicamente, esto es, respetando todas las opiniones, ejerciendo la tolerancia, la igualdad y la libertad integral, estaremos pues, enseñando algunos valores de alto contenido social.[/box]

           Es ajustada a esta noción de laicidad no adoctrinar con dogmas de ningún tipo, pero porque ello no dejaría espacio a la diversidad. Y es esa diversidad la que hay que respetar. Por esto es que desde esta perspectiva, la concepción de la laicidad no supone anular o neutralizar ideas, sino incluirlas a todas en base a un análisis crítico de sus contenidos. De tal manera la laicidad es resaltada como un valor que intenta formar en el respeto, la pluralidad, la diversidad y la objetividad.

  • Laicidad, valores y ciudadanía.

          ¿Qué relación hay entre laicidad y valores? ¿La laicidad es transmisora de valores? Pero además: ¿Cuáles valores se deben transmitir en el siglo XXI?

Ningún ser humano es idéntico a otro, en sus concepciones y formas de pensar, de donde intentar educar en la diversidad y la tolerancia,  implica precisamente conocer al ser humano en general.

           La laicidad como tal configura en sí un valor. Por lo tanto, si actuamos y enseñamos laicamente, esto es, respetando todas las opiniones, ejerciendo la tolerancia, la igualdad y la libertad integral, estaremos pues, enseñando algunos valores de alto contenido social.

          La cuestión hoy, comenzando la segunda década del siglo XXI, es qué tipo de ciudadanía es la que debemos promover construir. En este tiempo postmoderno y globalizado, donde precisamente la diversidad y pluralidad de ideas y las opciones de vida y religiones son tan marcadas y pronunciadas, lo deseable parecería ser apostar a la educación para una “ciudadanía cosmopolita”. La idea de “ciudadanía cosmopolita” tiene como principal objetivo desentrañar el verdadero sentido del ser humano. Educar en esta idea implica intentar conocer al hombre como género, porque ningún ser humano es idéntico a otro, en sus concepciones y formas de pensar, de donde intentar educar en la diversidad y la tolerancia,  implica precisamente conocer al ser humano en general.

          Sin embargo, ello no debe alejarnos de la realidad. Todos los seres humanos somos miembros de un Estado con su propia identidad cultural, historia y conjunto legal que rigen su accionar y a sus integrantes; pero como decía Kant, todos somos miembros de una misma comunidad moral. Por lo tanto, ante la diversidad hay que educar en la tolerancia y respeto de esa diversidad de personalidades.

          Además, como decía la educadora Reina Reyes:  “El régimen democrático exige una gran dosis de responsabilidad e independencia, y, por lo mismo su problema capital es la educación. La democracia exige un pueblo liberado económicamente y maduro intelectualmente, un pueblo educado en la laicidad”.

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