Docencia masónica

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Docencia masónica

Libro de Alfredo Corvalán

(Continuación, Capítulo 2, segunda parte)

 

 

El Delta Luminoso

       Es el símbolo del Gran Arquitecto de Universo, el creador de todo lo existente, y luce en el Oriente del Templo Masónico, donde se trabaja a su Gloria.

      El triángulo en el cual está inscripto, en algunos casos, el símbolo del nombre inefable de Dios, el tetragrámaton, las cuatros letras del nombre sagrado de Dios (YHVH, Jehová), se lo designa con el nombre de Delta porque la letra griega así llamada tiene, efectivamente, forma triangular. Hay casos en que el tetragrámaton es sustituido por su abreviatura, la letra hebrea que se pronuncia yod y en otros ésta es sustituida por la figura del “ojo que todo lo ve”.

En el Delta Luminoso aparece el ojo abierto, el “ojo que todo lo ve”.

En el Delta Luminoso aparece el ojo abierto, el “ojo que todo lo ve”.

      En el Delta Luminoso aparece el ojo abierto, el “ojo que todo lo ve”. El ojo, órgano de la percepción, ofrece diversas interpretaciones como símbolo.
Así, el ojo único es considerado el símbolo de la esencia y del conocimiento. Es también un símbolo de la conciencia del Ser que es el primer atributo de la Realidad. Pero en el caso del Delta Luminoso el ojo abierto en su centro es el símbolo del ojo de Dios, a tal punto que algunas veces éste es sustituido por el símbolo del nombre de Dios. En este caso, el ojo de Dios está siempre abierto y contemplando su Creación, o si se quiere entender de otro modo: mirándonos y juzgando nuestras conductas. Por otra parte, desde los tres lados del Delta se irradian rayos de luz. Los rayos simbolizan la fuerza expansiva del Ser, de la Divinidad, que desde un punto central se extiende y llena el espacio infinito.

      Las nubes que rodean al Delta representan la fuerza centrípeta, es decir: que atrae, que dirige hacia el centro, que se produce como reflujo de la fuerza expansiva del ser. También se trata de rayos de luz, y la luz es un símbolo emblemático de la Orden, vinculado con el conocimiento, la razón y la Verdad. La luz ilumina el camino iniciático, el camino de búsqueda de la Verdad.

      El Delta Luminoso o Delta Radiante, llamado así por los rayos de luz que resaltan en su entorno, ocupa siempre una posición central en el Templo Masónico, entre las figuras del Sol y la Luna.

      El Gran Arquitecto del Universo, el Creador, nombre con que la Masonería designa a Dios, es la Causa Primera, ya que “sacó todas las cosas de la nada”. Pero hay otro aspecto muy importante. El Delta Masónico derivaría del pitagórico que representa, en definitiva, la Unidad.

     La letra Delta griega es de hecho la traducción de la Daleth hebrea , cuyo valor numérico y ordinal es 4 en el alfabeto hebreo, y hace referencia a las 4 letras del nombre de Dios (YHWH), por lo tanto a la Unidad. Incluso para los pitagóricos el número 10 estaba representado por la letra Delta. La relación entre el Nombre de Dios y el número 10 lo encontramos en la suma de 1+2+3+4=10 y también en las 10 sefirot. Si Dios es la Unidad, obviamente va más allá de su aspecto Creador y de cualquiera de sus atributos divinos.

La letra Delta griega es de hecho la traducción de la Daleth hebrea , cuyo valor numérico y ordinal es 4 en el alfabeto hebreo, y hace referencia a las 4 letras del nombre de Dios (YHWH), por lo tanto a la Unidad.

La letra Delta griega es de hecho la traducción de la Daleth hebrea, en el cual su valor numérico hace referencia a las 4 letras del nombre de Dios (YHWH).

     El hombre tiende a ver en Dios aquella parte o aspecto de su naturaleza que más se le asemeja. Pero la parte no es la totalidad. Cuando definimos la trascendencia, dijimos que ser el humano pose la facultad de raciocinio, pero, al mismo tiempo, la trasciende. Si para el hombre Dios es antropomórfico, por las cualidades humanas que le adjudicamos, en cierto sentido no lo es por cuanto trasciende todas las descripciones, incluso la antropomórfica.

      Dios excede infinitamente todo tipo de atributos, a excepción del infinito. Si trascendemos todos los atributos que pueden servir de límite o perímetro, obtenemos una imagen de la naturaleza última de Dios, el infinito.

      Si el Alma constituye el puente que se tiende entre el ser humano y Dios, el Espíritu es nuestra identidad última, que no es otra cosa sino Dios, aunque no en su modalidad personal, sino en su modalidad infinita. Aunque no debemos interpretar esa identidad de un modo simplista; porque, si bien el Espíritu es infinito (ya que sólo está hecho de Espíritu), el ser humano sigue siendo finito y sus envolturas más distintivamente humanas (el cuerpo y la mente) ocultan al espíritu que mora en su interior. Por más luminosa que sea una lámpara, su luz palidecerá si dejamos que se cubra de polvo y hollín, dicen los jainistas.

       Una metáfora frecuentemente utilizada para comunicar la idea del ocultamiento de la naturaleza última de Dios es la de los velos. El infinito no puede (a menos que se contradiga a sí mismo) renunciar a su infinitud. Sin embargo, al mismo tiempo, debido a su infinitud, no puede excluir nada, lo que significa que debe incluir lo finito y todas sus gradaciones.

       Sólo un único velo oculta la plenitud del infinito a aquello que más se le aproxima (el Dios personal), pero los velos se añaden progresivamente para producir todos los grados de lo finito hasta que finalmente llegamos a la más exigua forma de existencia (investigadas por la física cuántica), donde lo infinito está oculto casi totalmente. La fuerza de la metáfora de los velos (tan usada en el ritual masónico) radica en que reconocemos la ubicuidad de lo infinito mientras al mismo tiempo permite explicar sus grados discernibles.

        La clave de la cuestión está en la noción de que la jerarquía de la visión tradicional del mundo (que es la de la Masonería) giraba en torno a grados de realidad. Por eso decimos que el masón no trabaja en un mundo unidimensional (este mundo) donde no hay Trascendencia, sino en un mundo multidimensional (este mundo y el otro mundo), donde sí hay Trascendencia y donde la realidad última es la Realidad infinita de Dios. El Trono de la Gloria, el kiséakavód.

       Génesis del simbolismo constructivo masónico: el templo de Jerusalén o de Salomón

       Antes de abordar específicamente el simbolismo del templo de Salomón, creemos conveniente referirnos brevemente a la etimología de la palabra templo y a su núcleo de significación. La palabra latina templum, procede de la raíz griega “teu”, que significa “cortar”; de manera que templum no quiere decir otra cosa que lo cortado, lo demarcado.

       El esoterólogo Ramón Arola, en su obra El simbolismo del templo, señala que en la antigua Roma el sacerdote, el augur, delimitaba en el cielo un templum para conocer el presagio según el vuelo de las aves dentro del límite. Con la delimitación creaba una división básica que se reproducía en todos los niveles terrenales, en la ciudad, en los campamentos, en los rituales, etc. El primer templo, en el sentido etimológico, es, pues, una división en sectores: primero la línea este-oeste, trazada y fijada por el curso del sol, y que era cortada por otra línea perpendicular a ella que seguía la dirección norte-sur; estas líneas eran denominadas decamanus y cardo.

Templo de Jerusalem

Templo de Jerusalén.

      Arola formula una importante reflexión sobre la vía contemplativa, citando a L. Schaya, señala que “la palabra contemplatio se compone de cum y templum: este último término designa un lugar y en la antigüedad significaba, particularmente, el cuadro imaginariamente trazado en el cielo por el augur”. Ahora bien, dice el autor que la contemplación del cielo no se limitó a la de un augur que escrutaba en él un presagio: hombres de todos los pueblos y todos los tiempos han alzado los ojos a la cúpula celeste, y sus, miríadas, maravilladas, quedaban suspendidas de las miríadas que en ella se revelaban. Y en todas partes ha habido hombres que fueron transportados de esta contemplación natural del cielo a la contemplación espiritual del creador, lo que recuerda las palabras de Isaías: “alzad los ojos a lo alto y mirad quien ha creado eso” (XI, 26).

       Pero la Contemplatio Dei no nace sólo de la contemplación de los fenómenos celestes. Dado que toda la creación, todas las criaturas, constituyen el templo de Dios, el creyente termina por contemplar lo omnipresente en todas las cosas; y las escrituras sagradas le invitan a ello, como hace El Corán, que revela: “a cualquier lado que os volváis, allí estará la faz de Allâh” (H., 109).

       La palabra templum ha designado, finalmente el santuario, el edificio sagrado conocido bajo el nombre de templo, lugar de una presencia divina y de su contemplación. Todo ello connota la idea de una habitación divina, mientras que por etimología lejana la palabra también connota la idea de un lugar de visión. Dios, él mismo, es el templo de los creyentes y recíprocamente los creyentes son el templo de Dios.

El templo de Jerusalem

       El primer Templo, al que nos referimos como origen de la Orden, lo mandó construir el rey Salomón, de acuerdo a las enseñanzas que surgen de la Biblia, y es la génesis del simbolismo constructivo masónico.

      Es oportuno recordar que no fue el único templo y que existieron tres más relacionados con el monte Moriah, en la ciudad de Jerusalén. El segundo nunca existió en piedra; fue visto por el profeta Ezequiel en una visión durante el cautiverio de los judíos en Babilonia, en el 570 a. C. Aun imaginario, no podríamos ignorar este templo, ya que tuvo efectos significativos en las creencias y en los escritos posteriores de los judíos que después se transmitieron al cristianismo.

      El tercero fue construido por el rey Zorobabel, a inicios del siglo VI a. C., después que los judíos regresaron de su cautiverio babilónico. El cuarto y último fue erigido por Herodes en los tiempos de Jesucristo y destruido por los romanos en el año 70 d.C., justo cuatro años después de su terminación.

      Aunque la masonería actual procede de las diversas corrientes esotéricas de occidente y de las adaptaciones de los antiguos rituales operativos que tuvieron lugar durante el siglo XVIII, su origen real es mucho más antiguo que los gremios y corporaciones de constructores medievales.

El primer Templo del rey Salomón (Arriba). El tercero templo construido por el rey Zorobabel (Debajo).

El primer Templo del rey Salomón (Arriba).
El tercero templo construido por el rey Zorobabel (Debajo).

     Según consta en los propios documentos masónicos, hay que buscarlo en la construcción del templo de Jerusalén, también llamado de Salomón, pues fue este rey sabio, autor de los proverbios, la sabiduría y el Cantar de los cantares, también mandó edificarlo y probablemente fue quien diseñó los planos, cumpliendo así la voluntad de su padre, el rey David.

          Se dice que Salomón escribió el Cantar de los cantares al mismo tiempo que se edificaba el templo. Si en la poética simbólica del cantar Salomón habla en realidad de las nupcias entre el alma y el espíritu (entre el “yo” y el “sí mismo”), el templo de Jerusalén expresa arquitectónicamente esas mismas nupcias, esa hierogamia o matrimonio sagrado entre la tierra y el cielo, pues su construcción se realizó conforme al modelo cósmico; según el cual el mundo terrestre aparece como el reflejo del mundo celeste, y en íntima comunión con él. Geométricamente esa unión se expresa mediante dos triángulos entrelazados. Uno es reflejo del otro; figura que es conocida precisamente como “sello de Salomón” o “estrella de David”. El rey sabio no hablaba, sino de lo que acontece en el corazón del hombre (sede simbólica de su templo interior) cuando éste se reconoce a sí mismo en lo universal.

       Podríamos decir que el templo de Salomón está en la esencia misma de la masonería, que actualiza permanentemente su contenido espiritual a través de sus ritos y símbolos, empezando por la propia logia, que tiene en él su modelo o prototipo. Actualizando también en sus mitos y leyendas ejemplares, que recogen los episodios más significativos de su historia sagrada, como es el caso de aquélla que tiene como tema central al Maestro Hiram.

        Estas leyendas fueron recogidas en diversos manuscritos masónicos, comprendidos dentro de los Old Charges o “Antiguos Deberes”, como es el caso del Manuscrito Dumfries. En estas leyendas se relata que todos los masones esparcidos por los cuatro puntos cardinales se congregaron en Jerusalén para llevar a cabo tan magna empresa. Y así debió ser, en efecto, a juzgar por la multitud de obreros y artesanos que participaron en su construcción. La Biblia (I Reyes, II crónicas y otros) menciona a cientos de miles, los cuales no debían proceder de un solo país, sino de varios, habida cuenta de que la influencia de los reinos de Judá y de Israel, gobernados por Salomón, se extendía por una zona muy amplia de Oriente Medio.

         La forma en que el rey Hiram de Tiro (ciudad fenicia ubicada en el actual Líbano) se dirige a Salomón cuando éste le solicita el material y los obreros para la construcción del templo, sugiere que entre sus reinos existía una estrecha alianza, fraguada en tiempos de David. Todos aquellos obreros, divididos según sus funciones y grados, estaban bajo la autoridad de Hiram Abi (o simplemente Hiram), experimentado maestro en el arte de trabajar metales, dato éste que lo vincula con su legendario ancestro Tubalcaín, quien aparece en el Génesis como el inventor de la metalurgia, y por tanto de las artes vinculadas con el fuego y su poder de transmutación, lo cual hay que entender tanto en su sentido físico como espiritual.

         Curiosamente, esto último lo convierte en un lejano antepasado de los alquimistas. En las crónicas más antiguas de la masonería, el herrero Tubalcaín consta como uno de sus fundadores míticos, junto a sus hermanos Jabel (inventor de la geometría), Jubal (inventor de la música) y Naamah (inventora del arte del tejido). Pero de todos ellos es Tubalcaín quien ha permanecido en los rituales masónicos, especialmente en el grado de Maestro, que gira enteramente alrededor de la figura de Hiram. El nombre de Tubalcaín se traduce normalmente como “posesión del mundo”, aunque también se le da el significado simbólico de “inocencia”.

Rey Hiram.

Rey Hiram.

        Dirigiéndose a Salomón, el rey tirio Hiram le dice: “Te envío, pues, ahora a Hiram Abi, hombre hábil dotado de inteligencia (…). Sabe trabajar el oro, la plata, el bronce, el hierro, la piedra y la madera, la púrpura [tinte preparado por los antiguos] escarlata, la púrpura violeta, el lino fino y el carmesí [rojo]. Sabe también hacer toda clase de grabados y ejecutar cualquier obra que le proponga” (Crónicas, 2,12-13).

        Igualmente en Reyes 7,13-14, leemos: “Trajo Salomón de Tiro a Hiram, hijo de una viuda de Neftalí y de padre natural de Tiro, que trabajaba el bronce. Estaba Hiram lleno de sabiduría, de entendimiento y de conocimiento para hacer toda clase de obras de bronce”.

         En Reyes 5, 14-28, también se menciona a un tal Adoniram, o Adonhiram, como el perfecto de todos los obreros. Sin embargo es muy probable que Adoniram e Hiram no sean sino el mismo personaje revestido de dos funciones distintas. Por otro lado, el nombre de Adoniram significa el “Señor (Adonai) Hiram”, que se completa perfectamente con Hiram Abi, o “padre Hiram”.

        Estas designaciones hacen de Hiram, en efecto, el jefe de un linaje espiritual (de ahí que sea llamado el “príncipe de los masones”), receptor de una herencia tradicional que él transmite al reflejarla en las diversas obras realizadas para el templo. No es entonces de extrañar que para la masonería Hiram aparezca con los rasgos de un héroe solar civilizador, que se sacrifica y renace permanentemente con el astro rey, tal como expresan los ritos masónicos en lo que él constituye el elemento principal.

        Así pues, el maestro Hiram aparece como el heredero de una antiquísima tradición de artesanos que abarca numerosos oficios o técnicas, todas las cuales fueron aplicadas en la edificación del templo. A este respecto habría que añadir que hasta producir esa construcción el pueblo hebreo había llevado una forma de vida enteramente nómada, y por consiguiente su concepción del mundo respondía a unos parámetros sensibles distintos a aquellos por los cuales se regían los pueblos sedentarios, que desarrollaron más particularmente las artes ligadas a la metalurgia y la construcción.

       En realidad, gracias a la construcción del templo se hizo posible la “conjunción” de estas dos formas de civilización, la nómade y la sedentaria (surgidas de la primera diferenciación de la humanidad primordial), conjunción en la que habría que ver, en efecto, el origen más antiguo, históricamente hablando, de la tradición masónica. En este sentido, señalaremos que en el contexto bíblico los nómadas eran descendientes del pastor Abel, y los sedentarios del agricultor Caín, quien también fue el primero en construir una ciudad (Génesis 4, 17). A la primera de estas civilizaciones pertenece la tradición representada por Hiram, por lo que la construcción del templo también contribuyó a la “reconciliación” de los herederos respectivos de Abel y de Caín. De esta manera, lo que en un principio se había separado por razones de orden cíclico, vuelve a unirse con el reinado de Salomón (cuyo nombre quiere decir “el pacífico”), abriéndose así una nueva página en la historia que repercutirá en el posterior desarrollo de la civilización occidental, especialmente durante la Edad Media, en la que el templo de Jerusalén fue considerado siempre como imagen misma del “centro espiritual” y prototipo de la arquitectura sagrada.

         Salomón tuvo necesariamente que recurrir a quienes conocían perfectamente las leyes en clave geométrica del alma del mundo (la cosmogonía), y eran poseedores, por tanto, de las técnicas constructivas necesarias para expresarlas lo más exactamente posible. La “idea” u origen que inspiró la construcción del templo se debe desde luego a Salomón (idea transmitida por David, quien a su vez la recibió del Gran Arquitecto del Universo: “tu hijo, el que pondré yo en tu lugar sobre tu trono, edificará la casa a mi nombre”. Pero éste nada podría haber hecho sin la ayuda brindada por el rey Hiram, que le aportó los materiales y los maestros artesanos como Hiram Abi.

      Por otro lado, es interesante advertir que Salomón, el rey Hiram e Hiram Abi constituyen los tres grandes maestros de la orden masónica, es decir, están en la cúspide de su jerarquía iniciática. Quienes los representan, encarnan, simbólicamente al menos, las funciones respectivas de cada uno de ellos. Salomón representa la función puramente sacerdotal (la autoridad espiritual), el Rey Hiram la función regia (el poder temporal), e Hiram Abi la función artesanal o propiamente cosmogónica.

      Decíamos que Salomón tuvo que recurrir a quienes conocían perfectamente la cosmogonía. Esos conocimientos se aplicaron en la construcción del templo, reproduciendo en sus estructuras simbólicas los diferentes planos o niveles del cosmos, incluido el mobiliario y la decoración, pues como decía el historiador Flavio Josefo en sus antigüedades judaicas: “La razón de ser de cada uno de los objetos del templo es recordar y representar al cosmos”.

        Si en todas las civilizaciones tradicionales sus templos y santuarios sagrados constituyen una imagen del cosmos (y de la realidad trascendente), la entrada al mismo, en el Templo de Jerusalén, se realiza por el ulam o pórtico, lugar de tránsito por donde se accedía al hekal o “santo”, cuya forma era enteramente rectangular, simbolizando el conjunto del mundo terrestre. En el centro del hekal se encontraba como elemento principal el altar de los perfumes, o del incienso, cuya oblación representa uno de los ritos más importantes de los realizados en el templo. Enfrente de dicho altar se halla el debiro “santo de los santos”, la cámara más interna y sagrada del tabernáculo, razón por la cual simboliza al mundo celeste.

       El debir tenía una forma cúbica perfecta, pues tanto su ancho, largo y alto medían exactamente veinte codos cada uno. Esa misma forma cúbica es la que San Juan en el Apocalipsis describe como la de la Jerusalén celeste, a la que el debir (y por extensión todo el templo de Jerusalén) ciertamente simboliza. Recordemos que el debir era el “lugar” (en hebreo mishkan) de manifestación de la skekinah, la “presencia real” de la divinidad: “yo elijo y santifico esta casa para que en ella sea invocado mi nombre, y la tendré siempre ante mis ojos y en mi corazón” (II crónicas, 7, 16).

  En el centro del debir era depositada el “arca de la alianza”, custodiada por las estatuas de los querubines alados, y en cuyo interior eran guardadas las tablas de la Torah.

En el centro del debir era depositada el “arca de la alianza”, custodiada por las estatuas de los querubines alados, y en cuyo interior eran guardadas las tablas de la Torah.

        En el centro del debir era depositada el “arca de la alianza”, custodiada por las estatuas de los querubines alados, y en cuyo interior eran guardadas las tablas de la Torah (Ley Oral de la sabiduría), testimonio vivo y permanente de la “alianza” entre Dios y el pueblo de Israel. Hay quienes sostienen que el arca de la alianza contiene las tablas de la (mandamientos), el vaso de maná y la vara de Aaron.

        En su peregrinaje nómade el pueblo hebreo llevaba siempre consigo el arca de la alianza como su más preciado tesoro, aquello que lo justificaba como tal pueblo, cohesionado y dando sentido por su condición de centro sagrado a todos los aspectos de su tradición y su cultura.

       En realidad, esa alianza, como la que establece cualquier civilización tradicional, es con el Dios inefable y misterioso, que se revela mediante su nombre, que es su ser, verbo o logo creador, es decir: el Gran Arquitecto del Universo. De ahí que la construcción del templo ejemplifique también la creación del mundo o del cosmos (concebido como una arquitectura), surgido del caos primario a partir de la manifestación del logo que profiere el fiat lux ordenador.

       Recordemos que el templo de Jerusalem tardó exactamente siete años en edificarse, guardando ello correspondencia con los siete días o ciclos temporales, en los que según el génesis fue hecho el mundo. En la simbología masónica este mismo número siete tiene una importancia fundamental, y particularmente en el grado de Maestro. Añadiremos que la denominación de Gran Arquitecto del Universo no es sólo masónica, sino que era una expresión bastante común entre los antiguos cabalistas. Equivale, asimismo, al “Gran Obrero” mencionado en el Corpus hermeticum, y del que se dice que “ha hecho al mundo, no con sus manos, sino con su palabra”.

        A uno y otro lado del pórtico de entrada, en el exterior del templo de Salomón se alzaban las columnas llamadas jakin y bohaz, las cuales seguramente evocaban a aquellas otras que, según las leyendas masónicas, sobrevivieron al diluvio, y en las que fueron grabadas todas las ciencias referidas al conocimiento y al saber tradicional heredado de la humanidad primigenia.

       Cuentan dichas leyendas que tras el diluvio (cataclismo geológico que en realidad separa dos períodos cíclicos de la presente humanidad) esas columnas fueron halladas por Hermes y Pitágoras, lo cual, lógicamente, no hay que entender de manera literal, sino que a través de ese aparente anacronismo se esconde una verdad de orden más profundo, relacionada con las herencias tradicionales que la masonería ha recibido tanto de la tradición hermética como del pitagorismo.

       Como la logia masónica (cuya estructura reproduce la del templo de Jerusalén), las columnas jakin y bohaz aluden a un simbolismo cósmico relacionado con los dos solsticios, y están estrechamente vinculadas con la doble corriente de la energía cósmica a la que se encuentra sujeto todo lo manifestado. Por ello, el sentido simbólico de las dos columnas hay que buscarlo en el orden de las referencias cósmicas, en correspondencia con la antiquísima observación ritual del sol a lo largo del año. El observador se situaba en el centro del lugar sagrado, de cara al este, es decir, de cara al sol naciente. Seguía los desplazamientos progresivos de las salidas del sol en el horizonte, entre los dos límites extremos alcanzados por los solsticios de verano e invierno. Se señalaba eso dos puntos esenciales con dos postes, dos menhires en algunas alineaciones prehistóricas de Bretaña o Inglaterra, o con dos columnas si se trataba de templos más elaborados.

        El nombre de estas columnas deriva de dos personajes bíblicos. El primero, Jakin, desciende por línea directa del patriarca Jacob (Génesis 46, 10), mientras que Bohaz (o Booz) aparece como unos de los ancestros del rey David (Rut, 4, 21). Las columnas jakin y bohaz no eran entonces simples elementos decorativos, sino que con ellas se establecía una marca espacio-temporal, indicado por las distintas posiciones del astro solar, posiciones que determinan el esquema simbólico universal de la cruz cuaternaria, pues al señalar los solsticios de invierno y de verano (correspondiente al eje norte-sur) se obtenía también la situación de los equinoccios de primavera y otoño (correspondientes a su vez al eje este-oeste).

        El templo de Jerusalem estaba orientado y mirando al este desde el debir, que se hallaba situado, por tanto, en el oeste, de tal manera que el norte quedaba a la izquierda del observador y el sur a su derecha. En la masonería operativa el “trono de Salomón” estaba situado al oeste, a fin de permitir a su ocupante contemplar la salida y la elevación del sol elevarse del sol.

       A este mismo orden de ideas pertenecía otra obra realizada por el maestro Hiram. Nos referimos al “mar de bronce”, que estaba situado en la esquina sudeste del atrio, cerca de la entrada del templo. En efecto, al igual que las dos columnas el mar de bronce se encuadra dentro del simbolismo cósmico, pues esa determinación le venía seguramente porque con él se quería representar el “océano celeste” (las “aguas superiores”), ya que estaba repleto de agua hasta sus bordes, y su forma era enteramente redonda, como el cielo. Si bien es vedad que como relata II crónicas, 4, 6, el mar de bronce se usaba para las abluciones de los sacerdotes. Esto debió ocurrir en una época en que se habría olvidado su primitivo significado, que era (según las investigaciones que al respecto se han realizado) servir como observatorio astronómico, puesto que la superficie plana del agua hacía de espejo translucido en donde era posible contemplar el mapa celeste, y por tanto la rotación regular de los astros, planetas y constelaciones, permitiendo establecer medidas y cálculos, y así llevar un seguimiento de los ciclos, los que se ponían en relación con el calendario litúrgico y ritual.

        Este sistema de observación astronómica era común en otras culturas tradicionales, como la egipcia y la caldea, todavía vivas en el periodo en que se construyó el templo, y que con toda seguridad ejercieron su influencia en los constructores que trabajaban en él.

        Aquella interpretación sobre el mar de bronce se refuerza por el hecho de que éste estaba soportado por cuatro grupos de tres toros, cada uno también de bronce, que en total suman doce, número de las constelaciones y signos zodiacales. Esos doces toros simbolizaban ante todo las doce posiciones del sol en torno a los signos zodiacales, pues en las antiguas civilizaciones de la cuenca mediterránea y oriente medio el toro era un animal eminentemente solar. Su significación lunar surgió posteriormente, cuando se perdió el sentido superior junto con las civilizaciones que lo poseyeron.

Croquis simbólico del Templo de Salomón.

Croquis simbólico del Templo de Salomón.

        Cada uno de aquellos grupos de toros estaba orientado según los cuatros puntos cardinales: tres a oriente, tres a occidente, tres a mediodía y tres a septentrión, disposición que recuerda la situación que ocupaban las doce tribus de Israel en el campamento hebreo. En la logia masónica la presencia de este símbolo zodiacal y celeste está representada por los doce nudos de la cadena de unión que rodea todo el recinto.

         La explanada en la que se levantaba el templo no era otra que la cima del monte Moriah, el cual ocupaba una posición central con respecto a las colinas que le circundan (monte de los Olivos, Bezetha, Gareb y Sión). Esta posición “central” del Moriah se corresponde perfectamente con el simbolismo del templo, que como “centro sagrado” para una determinada tradición, aparecía como reflejo del “centro supremo” (o de la Jerusalén celeste), que en un determinado período tuvo el nombre de Salem (que significa “paz), de donde deriva precisamente la palabra Jerusalén, la “ciudad de la paz”, y también el de Salomón, que como antes hemos dicho quiere decir “el pacífico”.

           La tradición señala que fue sobre el monte Moriah donde tuvo lugar el sacrificio no consumado de Isaac por Abraham. Es muy probable que dicho sacrificio tuviera lugar en donde siglos más tarde pasó a llamarse “la roca”, en torno a la cual se levantó la octogonal cúpula de la roca, considerada en la Edad Media como la casa madre de los templarios (también llamada capilla de San Juan), y que posteriormente, durante el dominio musulmán, se convirtió en la mezquita de “El Aksa” (para el Islam es sobre esta roca desde donde Mahoma subió a los cielos). En ella también fue levantado el altar de los holocaustos del templo de Jerusalén, a la misma altura que el mar de bronce, pero en la esquina nordeste. Se trata, por tanto, de un lugar impregnado de sacralidad, de igual importancia para las tres tradiciones monoteístas.

            El carácter sagrado atribuido desde siempre al monte Moriah indica que éste representa un verdadero símbolo del eje del mundo que comunica la tierra y el cielo, la realidad sensible a la suprasensible. En la masonería operativa esta montaña tiene un significado especial, porque en ella moran simbólicamente los tres grandes maestros.

       Algunos masones del siglo XVII identificaban el monte Moriah como la montaña primordial, en cuya cima se encontraba el paraíso terrestre, con el que era identificado el propio templo de Jerusalén, lo que confirma, por otro lado, que éste fue construido, en efecto, como un sustituto del centro supremo. Esto último nos recuerda una hermosa leyenda masónica, plena de significado simbólico, en la que se dice que debajo mismo del templo de Jerusalén (esto es, en el interior del monte Moriah) se
encontraba una serie de estancias o islas superpuestas que aparecían unas tras otras conforme se iba descendiendo, hasta que finalmente se llegaba a una inmensa bóveda hipogenea, es decir, excavada directamente en la roca viva. En dicha bóveda, en realidad un templo, se encontraban los principales útiles y símbolos masónicos, como la escuadra y el compás, el nivel y la plomada, la regla, la paleta, el mazo y el cincel, el delta con el nombre del Gran Arquitecto grabado en una de sus caras, etc. Según la leyenda, la bóveda fue construida nada menos que por Henoch en la época anterior al diluvio, por tanto muy cercana aún a los primeros tiempos. En efecto, con esta referencia a Henoch la masonería pretende remontar su origen mítico a las tradiciones antediluvianas. Lo mismo podemos decir de Noé, pues se identifican a sus seguidores como noaquitas.

          Lo que se desprende de todo esto es bastante claro, puesto que, por un lado, nos habla de la primordialidad del simbolismo masónico (esto es, de su origen revelado, como el de cualquier tradición), y por otro del aspecto oculto y subterráneo que en su momento dado tuvo que adoptar ese mismo simbolismo, y por extensión el mensaje de la filosofía perenne (del que bebe la propia Orden masónica), ocultamiento que, según René Guénon; “coincide con los comienzos mismos de la iniciación”.

         Precisamente en dicho relato simbólico, Henoch aparece como “el primero de todos los iniciados, el iniciado iniciante, que no murió, y que sobrevive en todos sus hijos espirituales”, atributos que se encuentran también en Hiram, quien, en efecto, renace simbólicamente en cada nuevo maestro masón, perpetuándose así la cadena de la tradición masónica, y con ella el espíritu que la sustenta.

           Lo poco que ha llegado hasta nosotros de los antiguos rituales de la masonería operativa, nos indica que su simbolismo está directamente relacionado con el templo de Jerusalén.

       Encontramos también en la Logia el Delta Luminoso. Este delta es un triángulo con el vértice hacia arriba, figura que expresa la realidad de los principios universales, a la vez que es la primera estructura arquetípica que se expresa en todos los planos de la manifestación como una fuerza que crea, otra que conserva y una tercera que destruye, o mejor, transforma. Estas tres ideas-fuerza surgen de la unidad primordial que queda simbolizada en el delta por un ojo que viene a referirse a la presencia inmutable de la deidad en el seno mismo de la manifestación.

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