Un gobierno sin derecho al error

La Nación – Publicado 13/12/2015

Se terminó la poesía de la campaña. El presidente Macri empezó a escribir los trazos duros de la prosa que gobierna. Lidera una administración que no tiene derecho al error, como etapa histórica. Un eventual fracaso significaría el regreso del populismo por un tiempo previsiblemente largo. Al revés, una gestión exitosa de Macri podría modificar sustancialmente la vetusta política argentina, sus viejos códigos y sus anquilosadas estructuras. Podría dejar atrás a la dirigencia política que debió irse con la gran crisis de 2001 y que, por el contrario, encontró un refugio oportuno en el kirchnerismo.

macri

Esbozos predecibles de un futuro todavía lejano. En el manejo de los próximos días o meses estará el desafío más grande: remontar con suerte el país que le tocó.

Macri construyó en pocas horas un país tranquilo, lo que, en verdad, no requería de mucho esfuerzo si se tiene en cuenta LA NACION herida que dejó su predecesora.

“País sereno”, suele corregir el jefe de Gabinete, Marcos Peña, para agregar: “Problemas habrá, pero se resolverán serenamente”. Esa conquista le permitió al Presidente, sin embargo, una amplia aceptación social (su imagen positiva supera los 60 puntos), sobre todo luego de las reuniones con quienes compitieron con él por la presidencia. Es raro que el partido político más moderno de la Argentina le haya devuelto a la política su mejor y más vieja costumbre, que es la de conversar con el otro, con el que se disiente. Hacía demasiado tiempo (20 años, por lo menos) que la política nacional se había encapsulado dentro de pobres fragmentos.

Fragmentos dentro de fragmentos. Hasta los gobernadores peronistas se sorprendieron ayer por la diferencia de trato. Ellos eran convocados por Cristina Kirchner como espectadores de sus actos, pero pocas veces los saludaba. Jamás hablaba con ellos; sólo les daba órdenes. Ni hablar de los gobernadores de la oposición. El santafecino Miguel Lifschitz, socialista, recordó el método absurdo de provincias que debían disputar el dinero con la Nación en la Corte Suprema. “No había diálogo ni solución política”, explicó. El salteño Juan Manuel Urtubey agregó que Macri necesita tiempo y que el problema con las provincias es de naturaleza federal, no de disputa por el poder.

Comienza ahora la parte más difícil del momento inaugural. Cristina Kirchner no le dejó nada a Macri; sólo deudas, escasez y conflictos. El Presidente quería levantar el cepo al dólar el día después de su asunción. No pudo. Ese levantamiento no sólo era una promesa electoral; es también, y fundamentalmente, un requisito para que los productores rurales comiencen a liquidar los dólares de las cosechas que almacenan. Los productores no liquidarán nada hasta no saber cuánto costará el dólar. Cancelar el cepo y fijar un tipo único de cambio requiere, a su vez, de un nivel de reservas de dólares que el Banco Central no tiene. Necesita también de mecanismos para moderar la inflación y de empresarios que dejen atrás viejas prácticas. El arribo de dólares nuevos construirá un puente entre la insolvencia de ahora y la economía normal que se pretende. Serán seguramente préstamos de bancos privados, pero esas negociaciones nunca son rápidas, mucho menos para un país que está en default parcial con su deuda pública.

Otro problema son los subsidios al consumo de servicios públicos, sobre todo de las tarifas de electricidad y gas. Esos subsidios espolean un consumo social irrestricto de energía que el país no tiene, no porque carezca de ella, sino por la falta de inversión en la última década. Significa el mayor gasto en dólares que tiene el país, que debe comprar la energía en el exterior. El absoluto colapso del sistema eléctrico obligaría a Macri a declarar la emergencia energética, que significaría cortes programados de electricidad. ¿Quién puede culpar de eso a un gobierno de dos días? De todos modos, Macri promueve un cambio cultural con respecto al consumo de energía. Suele decir, no sin razón, que los argentinos no deberían volver nunca a la costumbre de regular la calefacción abriendo la ventana.

La resolución del problema de las tarifas no tiene una receta unánime en el gabinete. Algunos ministros quieren tiempos inaugurales sólo marcados por las buenas noticias. Aspiran a estirar la luna de miel de su presidente con la sociedad. Otros ministros, miembros del equipo económico, miran con cierto recelo esa estrategia. “Queremos un aterrizaje suave, pero el avión del despilfarro tiene que aterrizar”, dijo uno de ellos. En su conversación con Macri, el rey emérito Juan Carlos le deslizó un consejo: “Haz en los primeros tiempos lo que tienes que hacer o no lo harás nunca”. La política de Macri no está en duda (terminar con los subsidios a las tarifas); lo que se discute son el ritmo, las etapas y el momento de largada de la actualización tarifaria.

Al mismo tiempo, Macri necesita darle un alivio a la clase media, el principal arquitecto de su triunfo electoral. Debería comenzar por firmar una decisión clara y definitiva sobre el mínimo no imponible, que se convirtió, para estupor de la ciencia política, en un impuesto al trabajo en los tiempos revolucionarios del cristinismo. Debería terminar, en fin, con el Estado administrando la economía de cada argentino, dando y sacando según el gusto del que manda. Dando energía barata y sacando una parte sustancial del salario. ¿Por qué no dejar que los argentinos cobren por el valor de su trabajo y administren su economía sin intermediarios? Eso ya sería una revolución en serio.

Otra deuda comenzó a ser saldada ayer, cuando Macri les anunció a los gobernadores una importante modificación en el sistema de retenciones a las exportaciones agropecuarias. Trigo y maíz no tendrán ese impuesto, y disminuirá el de la soja. Los productores rurales necesitan saber el precio del dólar tanto como el nivel definitivo de las retenciones para empezar a liquidar sus cosechas. Las retenciones, sobre todo las de la soja, fueron una larga venganza de Cristina Kirchner por la derrota política que sufrió en 2008 a manos del campo. Tampoco le importó al final de su gobierno que las economías regionales se destruyeran por la acción de un dólar oficial que sólo existía para agravar los problemas y para no resolver ninguno.

La epifanía inaugural tiene sus sombras. Una de ellas es la del control de la calle, es decir, la de cierto orden en el espacio público. La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, está especialmente precavida sobre ese potencial conflicto. Detestaría que las fiestas de fin de año fueran empañadas por un festival de protestas en la Capital y sus accesos más cercanos. La ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, es más optimista; no vio en sus diálogos con las organizaciones sociales un espíritu combativo contra Macri. Un informe parecido sobre los gremios pasó el ministro de Trabajo, Jorge Triaca.

Tal vez no están hablando de lo mismo. Hay organizaciones que se dicen sociales pero que son kirchneristas (Movimiento Evita, la agrupación de Luis D’Elía, el propio Quebracho, entre otras), que no están defendiendo necesidades sociales, sino un objetivo político. El objetivo que marcó Cristina antes de irse: “resistir” al gobierno de Macri, que no significa otra cosa que desestabilizarlo. Triaca hace mención a los dirigentes nacionales de los gremios. Otra cosa son las comisiones internas de los sindicatos, muchas de ellas adscriptas a una izquierda inmanejable que, por lo general, no controlan aquellos dirigentes. Todos descartan que en las próximas fiestas haya disturbios en los supermercados. Como dijo públicamente Hugo Moyano, esas cosas nunca suceden sin que alguien las instigue. Y todos quedaron notificados.

A Macri le queda una carta importante por jugar todavía: difundir el balance del país que recibió. Sólo podrá hacerlo cuando tenga una idea cabal del grado de destrucción, déficit y pobreza que existe en el Estado que heredó. Siempre será mucho peor que lo que pronosticaron los analistas más sombríos. Alfonsín no hizo ningún balance económico y social de la dictadura (formuló, sí, una dura denuncia política de sus aberraciones), y De la Rúa se negó al inventario del país menemista. Los dos recibieron un desastre y los dos terminaron mal. Macri no tiene derecho a terminar mal sin que el país corra el riesgo de volver a la receta autoritaria del populismo.

 

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