¿Qué está pasando en Brasil?

El Pais – Publicado 19/03/2015

Eso es lo que se pregunta cualquier observador desde este lado de la frontera. Hasta hace poco, a fin de cuentas, Brasil era el ejemplo regional, la potencia emergente, el reflejo de los buenos resultados que podía lograr una izquierda moderna, sofisticada, en comparación con casos bien distintos como los de Argentina o Venezuela.

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Y sin embargo nada parece marchar como debería. La economía está frenada, la discusión política se ha radicalizado, los medios globales han pasado de considerarla la gran promesa de estos tiempos, a un caso fallido y alarmante. Como si fuera poco, las protestas y denuncias de corrupción están haciendo que por estos días el gobierno de Dilma Rousseff se muestre tambaleante y peligrosamente frágil. ¿Qué es lo que está pasando en realidad?

La respuesta se puede enfocar por dos lados. Primero el económico. Brasil es uno de los países con la economía más cerrada del planeta, que se ha negado sistemáticamente a integrarse a las nuevas tendencias en materia de cadenas productivas internacionales, y que sigue “protegiendo” su mercado interno como un coto de caza cerrado para sus muchas veces ineficientes empresas nacionales. Para un uruguayo, que suele comparar con el desquicio delirante que es Argentina, Brasil parece un oasis de apertura, pero a nivel global sigue siendo un mal alumno en la materia.

Y eso termina golpeando. Porque por más grande que sea el mercado interno de un país, nunca es suficiente para aislarlo de las consecuencias del entorno. Y ese abroquelamiento tiende a generar ineficiencias y prebendas que se terminan volviendo en contra del crecimiento. Si China y Estados Unidos han tenido que abrirse al mundo, Brasil no va a ser la excepción. Durante estos últimos 10 años, gracias a los precios de las materias primas y a los planes sociales, la mejora económica de amplias capas postergadas de la sociedad sirvió para disimular los efectos negativos de este problema. Pero llegó un momento en que eso no fue suficiente para permitir un crecimiento económico del nivel que necesita un país de las proporciones y urgencias de nuestro vecino norteño.

Pero, aunque parezca extraño, no es la economía la razón de fondo de esta crisis que afecta a Brasil. Es claro que hay problemas, como un déficit fiscal importante, crecimiento anémico, y estancamiento productivo. Pero nada parecido a lo ocurrido en épocas de crisis como la del año 99. El gran problema de hoy es que estos tumbos económicos coinciden de manera muy inoportuna con una severa crisis política y social.

Los casos de corrupción que afectan al gobierno, primero el “Mensalao”, y ahora el “Lava Jato” en torno a Petrobras, no dejan de ser algo dolorosamente común en el mapa político brasileño. Casi todos los gobiernos de los últimos años han padecido algo similar, sobre todo por el complejo sistema parlamentario que tiene el país, que obliga a quien detenta la presidencia a negociar con un Congreso atomizado, dominado por decenas de partidos, muchos de carácter provincial, cuyas prioridades no son por lo general el bienestar de la nación, sino el de su estado, o el de sus dirigentes. La pregunta es ¿por qué ahora esto genera tanta indignación cuando Lula tuvo casos similares y no pasó nada?

El gran tema parece ser que el PT, como buena parte de sus colegas ideológicos regionales, ha cometido el pecado de soberbia. Llegó al poder a lomos de un discurso de pureza y honestidad a prueba de todo, casi repitiendo el conocido eslogan de que ellos podrían meter la pata, pero no la mano en la lata. Y la realidad es que la han metido generosamente, muchos de sus dirigentes más notorios. Y eso parece haber potenciado la molestia de la gente.

Con un agravante, para mantenerse en el poder, durante la última campaña apelaron a un discurso clasista, polarizante, que generó una brecha muy dura en la sociedad. La cual siempre existió en lo económico, para ser honestos. Pero esa división entre norte y sur, entre ricos y pobres, entre blancos y mestizos, que azuzó de forma irresponsable ese partido (como otros de la región que tenían todavía menos motivos) parece estar dándosele vuelta en la cara. Hoy, a medida que las urgencias económicas obligan al gobierno a aumentar impuestos y a recortar beneficios sociales, la respuesta de la gente es el enojo y la impaciencia. ¿Cómo explicar ahora a esa sociedad que hace falta paciencia y comprensión, cuando hasta hace solo unos meses se decía que todo iba bien, y que los alarmistas eran los ricos y los blancos que no querían ver afectadas sus comodidades? Imposible. Nunca mejor dicho que en este caso, el que siembra vientos…

 

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