1 octubre, 2014

Docencia masónica (2013) – Cap. 1

1. Fundamentos de la educación masónica

La Masonería tiene un cuerpo y un alma, esto es un aspecto objetivo y otro subjetivo. El cuerpo de la Masonería son los hechos acaecidos en el curso de su historia, sus constituciones, sus reglamentos, su infraestructura edilicia y ceremonial. El alma de la Masonería es lo iniciático. Por eso decimos que la Masonería es una Orden iniciática.

Una Orden es iniciática cuando observa el modo iniciático como regla para hacer las cosas. El modo iniciático masónico consiste tanto en un método de transmisión del conocimiento como un conocimiento en sí mismo. Como método de trasmisión del conocimiento se basa en la enseñanza (docencia) a través de los símbolos, en particular el simbolismo constructivo, que busca la esencia de las cosas más allá de las apariencias. Para ello el simbolismo nos ayuda a actualizar lo que está en potencia en nuestro ser interior, nos ayuda a conocernos a nosotros mismos y por ende al Creador (GADU) y al Universo por él creado.

El verdadero fundamento del simbolismo constructivo es la correspondencia que existe entre todos los órdenes de la realidad que los liga uno al otro. En otras palabras, el simbolismo nos ayuda desde la inmanencia a la trascendencia. En este contexto, entendemos por inmanencia a lo que corresponde al orden natural, y por trascendencia, a lo que corresponde al orden sobrenatural.

Como método de conocimiento en sí mismo, el modo iniciático masónico implica también al “conocimiento inclusivo”, porque comprende desde el saber más elemental hasta los misterios más profundos, es decir, tanto lo visible y comprobable como lo profundo e invisible. El modo iniciático, como método de trasmisión del conocimiento y como conocimiento en sí, es lo que conforma el llamado camino iniciático; que es un camino de perfección espiritual, porque a medida que avanzamos nos proporciona una mayor comprensión de la realidad única.

¿Qué interpretamos como el camino iniciático que tiene una doble caracterización? Por un lado, una tarea individual e intransferible, trabajo interior que sólo lo podemos efectuar nosotros mismos, tarea que no se puede delegar en otro. La verdadera iniciación, la sagrada, se da en el campo de lo esotérico, es decir, de lo interno, lo subjetivo, lo secreto, lo reservado a los iniciados. Desde este punto de vista, somos arquitectos que trabajamos con una materia prima que somos nosotros mismos. Pero, por otra parte, no trabajamos en soledad, sino que interactuamos con nuestros hermanos masones, integrando así una Hermandad, y por ende conformamos una Fraternidad donde existe un vínculo que va más allá de la mera comunicación para hacerse una “comunidad en espíritu”. Nos llamamos hermanos porque somos hijos de un mismo Padre (Dios, el Gran Arquitecto del Universo), por eso participamos de su naturaleza divina a tal punto que podemos decir que somos Uno en espíritu.

El concepto de unidad es la piedra angular de la doctrina masónica. No en vano el método de la no-dualidad es el método masónico por excelencia. Precisamente, a través del camino iniciático vamos superando, de síntesis en síntesis, todas las dualidades que se nos presentan (empezando por materia y espíritu) para alcanzar a comprender la unidad absoluta.

Lo iniciático hace a la esencia de la Masonería, o sea, a su naturaleza, entendiéndose por naturaleza a aquello que hace que una cosa sea lo que es y no otra. Por la misma razón no podemos confundir la Orden masónica con un ateneo, aunque en ella se reflexione sobre filosofía; tampoco debe confundirse con una entidad de ayuda mutua, aunque en ella se practique la caridad; ni con un club de amigos, aunque ella se cultive la amistad.

Para filosofar, practicar la caridad o forjar amistades no se necesitan símbolos, ritual ni templos. El carácter iniciático de la Masonería se pone en evidencia en su objetivo primario: ayuda al iniciado a colaborar en la construcción del Templo de la Fraternidad Universal de todos los hombres; que tiene su fundamento en la comprensión y vivencia de que procedemos de un Padre común (el Gran Arquitecto del Universo) y que somos Uno en espíritu. Todo lo demás (la moral, la ética, la solidaridad, la tolerancia y otros valores) vendrá por añadidura.

Entonces, la docencia masónica es el pilar fundamental de la Orden, a tal punto que podemos decir que toda la Masonería es una escuela de perfeccionamiento espiritual.

1.1. Docencia profana versus docencia masónica

La educación masónica es un proceso específico y complejo porque su objeto es posibilitar la formación plena de los iniciados; es decir, se ocupa de formar un Hombre Nuevo en espíritu y conducta, donde el esfuerzo personal e intransferible es determinante para la conservación y el perfeccionamiento de la Orden y para la proyección de sus valores en la sociedad profana.

En la masonería no se trata sólo de mirar al exterior ni de buscar afuera, sino de descubrirse a sí mismo, desbastando y puliendo nuestra propia piedra bruta. La docencia masónica es parte de la enseñanza iniciática, y como tal es una herramienta fundamental de la educación masónica. Es además una docencia de y para adultos (andragogia), que tiene fines y contenidos distintos a la docencia del mundo profano.

La docencia profana, es decir, la enseñanza en todos sus niveles fuera del ámbito masónico, es un medio fundamental para la educación; entendida ésta, en su concepto más amplio, como el desenvolvimiento racional de las facultades y las aptitudes del ser humano para su mejor inserción en la sociedad a la que pertenece. Sin embargo, a diferencia de ésta, la docencia masónica tiene como contenido esencial los símbolos. Esto implica que el instructor masónico debe enseñarlos como objetos tangibles, con un contenido inteligible, llamados a producir en el educando un contenido subjetivo o vivencial. Ésta es una de las diferencias fundamentales entre la enseñanza iniciática y la profana.

Otra diferencia importante es que la docencia masónica trasmite conocimientos que escapan al razonamiento formal. Y, en particular, el simbolismo constructivo se basa en las herramientas del oficio de la construcción. Asimismo, el lenguaje simbólico, a diferencia del lenguaje ordinario, establece relaciones no convencionales entre el significado y el significante.

La lógica profana se basa en el principio de identidad, en cambio la esotérica se basa en los principios de analogía y correspondencia. Este contenido esencial caracteriza a la docencia masónica a tal punto que podemos decir con propiedad que el símbolo es el lenguaje masónico por excelencia, porque permite conceptuar aspectos de la Realidad que no podrían aprehenderse de otra manera. Dentro del concepto de símbolo incluimos el ritual, que es el símbolo en acción.

1.2. Enseñar, instruir, educar

Docencia significa enseñar, pero el acto de enseñar tiene distintos planos, distintos alcances. Enseñar, en primer término, significa mostrar, señalar, revelar algo, poner en descubierto lo que está oculto; es decir, una simple identificación de lo que se muestra. En un nivel más profundo, enseñar significa instruir. Esto se logra cuando al acto de mostrar se le agrega una serie de explicaciones que permiten formar una imagen total de todo aquello que se ha mostrado, además de analizar sus partes, cómo se articulan entre sí, tratando que sean un todo comprensible.

Es importante aclarar que el saber no está constituido por una suma de partes agregadas, sino que a ello se suman los aportes reflexivos del alumno, que dependerán de su personalidad y sus conocimientos. En un tercer nivel, incluso más complejo y profundo, el acto de enseñar implica educar.

La palabra educar proviene de exduccere, que significa extraer lo que está adentro, “duccere” es conducir y “ex” sacar, extraer, conducir hacia afuera, llevar a estado actual lo que está en estado potencial.

Mientras las acciones de enseñar e instruir se realizan desde afuera hacia adentro, porque es un docente el que está frente a un educando y le está comunicando algo, el acto de educar es un proceso inverso. En realidad, es algo que nosotros esperamos que nazca en el educando y que se manifieste en un proceso de crecimiento o desarrollo interior. Esto significa que no podemos educar de manera directa, aunque sepamos muy bien qué se quiere enseñar.

Educamos solamente cuando somos capaces de tocar este fondo muy personal y subjetivo de cada uno de los educandos. Es algo interior que se moviliza y hace que el aprendiz empiece a caminar por sus propios medios. Recién entonces podemos decir que hemos puesto a alguien en la senda de la educación. Por eso no es lo mismo una persona instruida que otra educada. Podemos encontrarnos con personas que tienen gran erudición, es decir, han asimilado una gran cantidad de conocimientos y los han estructurado muy bien, pero ocurre que estas personas no tienen una conducta consecuente.

Si se carece de una conducta que sea consecuente con aquello que se sabe, hay un divorcio o contradicción que frecuentemente podemos comprobar en la vida profana y en la vida masónica.

1.3. El aprendizaje

Todo proceso de enseñanza debe tener un propósito bien definido, del cual deben tener conciencia quien está instruyendo y quien aprende.

Como componente complementario de la educación masónica, se debe tener en cuenta el tema del aprendizaje. Es importante señalar que el proceso de aprendizaje del masón no es lineal ni una acumulación mecánica de datos e información; sino que, en determinado momento, hay un trabajo interior, inconsciente y muy personal, que no se manifiesta de ninguna manera y que podemos llamar simplemente maduración.

William Killpatrick (1951) dice que debemos distinguir por lo menos tres dimensiones en todo proceso de aprendizaje:

a) Aprendizaje intencional.
b) Aprendizaje asociado.
c) Aprendizaje incidental o subconsciente.

El aprendizaje intencional responde a un objetivo, a una meta que se propone el instructor, por ejemplo: enseñar a un aprendiz a desarrollar bien el ritual, a reconocer los símbolos en el Templo, los Principios Fundamentales de la Orden, etc. Es la parte más aparente del aprender.

El aprendizaje asociado juega un papel muy importante en la individualidad singular del aprendiz. Es decir, en el proceso mental de aprender, las asociaciones van enriqueciendo el proceso de aprendizaje en una determinada dirección personal. Esto le da al aprendizaje intencional mayor fuerza, más riqueza y variadas posibilidades de respuesta.

El aprendizaje subconsciente es la dimensión más desconocida del aprender. Es un aprendizaje por impregnación; no es de contenidos, sino de motivaciones que conducen a ciertos contenidos. En el proceso de aprender hay cosas que tocan profundamente aquello que nosotros somos, entonces vemos claramente perspectivas que no están dichas, que quedan tácitas, que quedan apenas sugeridas en el proceso del discurso que escuchamos, del diálogo que sostenemos, de la convivencia y del intercambio. Estas cosas apenas asoman, quedan guardadas y aparecen tiempo después. Esta dimensión está trabajando sin que nos demos cuenta.

El aspecto del aprendizaje es lo que tiene mayor valor, porque significa la impregnación de motivaciones que van quedando en nuestro espíritu y porque es claro que nadie aprende algo si no tiene interés en qué va a aprender. No se puede aprender sin motivaciones y quizás ésta pueda ser una causa de abandono del aprendizaje.

Todo aprendizaje compromete la personalidad íntegra de quien está aprendiendo. No aprendemos sólo con la inteligencia, aprendemos con el afecto, con los sentimientos, con la acción, con la relación humana… con todos los elementos que comprometen nuestra vida y que nos hacen crecer. Luego, cuanto más variados y ricos sean los estímulos, más valioso será el aprender.

El verdadero aprendizaje debe significar un enriquecimiento de las posibilidades de comunicación y de expresión de quien aprende. Todo aprendizaje debe ir configurando paulatinamente una unidad, un todo coherente y articulado. Toda instrucción debe concluir en un esfuerzo por sistematizar lo que se ha aprendido. Por eso es el valor que tiene una buena recapitulación de contenidos.

1.4. El magisterio masónico

La docencia masónica se caracteriza por ser un proceso continuo de enseñanza que exige de los Maestros Masones no sólo el dominio de las materias cuyos conocimientos quieren trasmitir y la metodología masónica, sino también que prediquen con su ejemplo, tanto en el ejercicio de los cargos de Oficiales y Dignatarios de Logia como en su conducta en Logia o fuera de ella.

Por magisterium se entiende la tarea propia del maestro o de cualquier persona que imparte enseñanza; tarea que en nuestra Orden es responsabilidad de todos y cada uno de los Hermanos Maestros, y en particular en los Hermanos 1er y 2do Vigilantes, que tienen a su cargo la docencia masónica de los Hermanos Aprendices y Compañeros; y del Hermano Venerable Maestro o del Hermano Orador, si así se le delegara, que se ocupa de la enseñanza en Tercer Grado.

Por otra parte, cuando hablamos de magisterio hacemos referencia a la maestría, y este vocablo junto a masónico adquiere especificidad y refiere en forma inequívoca al ejercicio de la maestría por parte del Hermano Masón de tercer grado, en cumplimiento de una de sus tareas primordiales: enseñar y trasmitir conocimientos.

La relación maestro-aprendiz hace a la esencia misma de una Orden de iniciación, en la medida que una Orden iniciática es básicamente una estructura pensada y diseñada para impartir un conocimiento determinado en esa arquitectura, y es sobre el maestro donde recae la responsabilidad magisterial.

Lamentablemente en nuestra Orden se ha venido provocando un deterioro muy profundo en su capacidad magisterial. Por eso siguen siendo necesarias las Escuelas de Cargos o de Masonería, que en definitiva son un intento por formar adecuadamente a los Maestros. No hay duda de que el deterioro en la capacidad y en nivel docente ha sido un factor determinante para el estado actual de la Masonería universal, que dista mucho de ser lo que debería.

Ahora bien, como creemos necesario revertir este proceso de deterioro, nuestra proposición se basa en realizar dos acciones específicas:

1) Educar efectivamente al Maestro Masón, para recuperar o desarrollar su competencia como docente.
2) Transformar la acción docente, para recuperar el modo iniciático y tradicional de la enseñanza.

Es necesario detenerse en esta segunda acción por un instante. El magisterio se ejerce a través de la transmisión del conocimiento que todo masón debe ir cultivando. Debemos tener conocimiento del simbolismo, de los ritos y los rituales, de los conocimientos masónicos en general. Pero también existe un ejercicio del magisterio menos visible y evidente, que no pasa sólo por la erudición ni por el mero conocimiento intelectual de los distintos aspectos que hacen al masón y a la Masonería.

En una Orden iniciática por definición, los Maestros Masones debe ser los docentes, pero hay una circunstancia que los distingue de los docentes profanos, y es que su función debe ir bastante más allá de ser el mero transmisor de conocimientos. El verdadero Maestro Masón, además de formar a Aprendices y a Compañeros mediante sus conocimientos y sus experiencias en la Orden, enseña con su palabra justa y adecuada, enseña con su silencio, enseña con su mirada, enseña con su ejemplo y enseña con sus acciones. Enseña en el Templo, enseña en Pasos Perdidos y enseña en el mundo profano. En definitiva, enseña con su modo de ser, de sentir y de vivir la vida.

El conocimiento simbólico ingresa al Maestro Masón racional e intelectualmente; así ejerce su influencia silenciosa e iniciadora, y vuelve a salir de él mejorado, pulido y pletórico en sabiduría para ofrecerla al Aprendiz y al Compañero. Ése debería ser el circuito de la perfección. El conocimiento acumulado sin esta toma de conciencia es, desde el punto de vista esotérico e iniciático, algo tan vacuo como profano.

Para recuperar o mejorar más el nivel docente y transformar el modo de transmisión, es necesario crear Escuelas de Cargos o de Masonería y Centros de Investigación y Estudios Masónicos, como el existente actualmente, con gran éxito, en la Gran Logia de la Masonería del Uruguay, denominado CIEM, que viene desarrollándose lenta pero consistentemente desde el 2006. No se trata de ir contra la opinión de algunas logias, en sobre quién recae la labor de enseñar; pero es claro que hay muchos temas que son transversales y que requieren otra escala para su enseñanza, por ejemplo: la recreación en logia, la historia de la filosofía masónica, la estandarización de los rituales, el uso de las joyas, la historia de su Gran Oriente, las relaciones interpotenciales, etc.

En resumen, el Maestro Masón primero debe estudiar lo que va a enseñar, entenderlo, aplicarlo en su formación y en su accionar, procesarlo interiormente y exhalarlo como un soplo de sabiduría.

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Información complementaria: Reseña, Prólogo.
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