Trascendencia de la religiosidad masónica

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Libertad Igualdad Fraternidad

Trascendencia de la religiosidad masónica

Alfredo Corvalán

Ante todo digamos para evitar confusiones y malos entendidos que la Masonería Regular no es una religión en el sentido de una religión positiva.

Al respecto existe un pronunciamiento categórico de la Gran Logia Unida de Inglaterra, considerada la Gran Logia Madre y rectora universal de la Regularidad Masónica, de fecha 21 de junio de 1985, que bajo el título de Enunciado Fundamental dice textualmente:

“La Masonería no es una religión, ni un sustituto de la religión. Requiere de sus adeptos la creencia en un Ser Supremo del cual, sin embargo, no ofrece una propia doctrina de fe. (…) La Masonería está abierta a los hombres de cualquiera fe religiosa. Durante los trabajos de la Logia está prohibido discutir de religión. (…) No existe un Dios masónico. El Dios del masón es el propio Dios de la religión por él mismo profesada.”

La Masonería, como Orden Iniciática posee una visión del mundo, es decir, lo que se llama una cosmovisión. Una cosmovisión es un modo de entender y de valorar la realidad, un modo de interpretar todo lo que existe. La noción filosófica de “mundo”, junto con la de “hombre”, es un objeto capital de reflexión masónica y entre ambos asuntos, la realidad y el hombre, surge una síntesis que es Dios, a quien la Masonería denomina ritualmente «Gran Arquitecto del Universo», en razón de la naturaleza de su simbolismo, derivado del arte de la construcción.

La noción de Dios en la Orden constituye un pensamiento medular y una vivencia espiritual que alberga todas las concepciones que puedan tenerse de Dios, indistintamente de la religión que se practique. La noción de Dios que un hombre en particular tenga depende también de sus niveles de conciencia o grados de comprensión de esa Realidad última. Por lo tanto, en este sentido, la Orden Masónica posee una actitud iniciática vital y posee también una actitud ética que gradualmente predisponen al masón, primero a reflexionar, luego a aceptar la existencia de Dios y finalmente a creer en Él como la Realidad última y eterna. La trascendencia ontológica lleva al masón, concretamente, a creer en la existencia de un Ser Superior y Absoluto.

En consecuencia, los miembros de la Orden no pueden ser ateos estúpidos ni libertinos irreligiosos, tal y como lo predisponen las Constituciones de Anderson de 1723, que son el fundamento de la Masonería moderna especulativa.

Estas Constituciones señalan que un masón puede pertenecer a cualquier confesión religiosa, puesto que la Masonería no afirma ni niega a ninguna de ellas, al contrario, las respeta en tanto que ellas representan una realización de las aspiraciones espirituales de las personas. Anderson y Desaguliers, que bien puede decirse son los autores intelectuales del reordenamiento masónico de 1723, estipularon que la Masonería debía ser «El Centro de la Unión», un verdadero espacio de convergencia donde tuvieran lugar todos los hombres, de todas las creencias confesionales, de todas las convicciones políticas y filosóficas, de todas las razas, clases sociales, etc.

La Masonería es, en términos andersonianos, “a-religiosa”, puesto que prescinde de una confesión específica, pero esto no implica que sea irreligiosa o que se declare en contra de alguna iglesia o institución en particular, a menos, por supuesto, que viole los derechos humanos fundamentales.

Ahora bien, respecto de la condición de ateo, que las Constituciones de 1723 rechazan, debemos aclarar lo siguiente. Dicha condición, la de ateo, es una condición de carácter teórico; en cambio, la de “libertino irreligioso” atañe a la práctica ética. Ambas condiciones están consignadas como dos límites al sentido de la tolerancia masónica. Es decir, el pathos de la Masonería no es, como he indicado, antirreligioso, sino por lo contrario, la actitud vital masónica es de respeto, comprensión y tolerancia hacia las diversas formas éticas, filosóficas y religiosas de enfocar el enigma de la existencia.

No obstante, estos “límites” a la tolerancia han ocasionado comentarios agudos, algunos incluso irreverentes contra la Orden. Sin embargo, al establecerse como condición para el ingreso en la misma creer en la existencia de Dios como Gran Arquitecto del Universo no constituye un dogma ni una imposición espiritual, y de ninguna manera puede decirse que atenta contra la libertad de conciencia.

La realidad es que cuando un candidato se confiesa irreligioso o ateo, el hecho es que nada tiene que hacer en la Orden, pues está estructurada de tal forma que su simbolismo, su filosofía, su ética, su alter ego, su leitmotiv y su naturaleza iniciática están fundamentadas en un cimiento inamovible, que es la existencia de Dios; no tanto la mera “creencia” en Él, sino la convicción absoluta de su existencia. Es decir, el asunto es ontológico y no gnoseológico. Se trata de reconocer su existencia, ya que es una premisa indispensable en el argumento masónico. Tan indispensable es que, de hecho, se trata de un auténtico Landmark de la Orden, del cual se derivan incluso otros dos: la inmortalidad del alma y la presencia en las Tenidas, o sea, en los trabajos masónicos en el Templo, de un ejemplar abierto del Libro de la Ley Sagrada.

En efecto, la filosofía masónica está basada en la existencia de un Ser Supremo, pero carece de una doctrina vinculante con la Divinidad, debido a que deja que cada uno de sus miembros asuma compromisos de esta índole de una manera libre pero consciente y responsable.

Por otra parte, es cierto que sus estudios esotéricos conducen al masón a reflexionar sobre la idea de Dios y, como consecuencia de ello, a desarrollar un sentimiento vinculatorio en ese sentido; por lo tanto, la Masonería acepta y promueve un tipo de relación con la Divinidad. Existe, por lo tanto una relación espiritual y, al mismo tiempo, una vocación religiosa, las cuales son producto de la convicción existencial, primero de Dios, y luego de la relación del hombre con Él. Una consecuencia de esta relación es el compromiso iniciático y ético que el hombre contrae consigo mismo, con los demás y con el Ser Supremo.

La relación entre el hombre y la Realidad Divina no puede intelectualizarse, porque debido a su naturaleza exige una vivencia obligadamente espiritual, que puede devenir profundamente religiosa, y en al algunos casos, mística.

Debemos destacar que el objetivo último y profundo de toda iniciación real y verdadera, y por supuesto la masónica, es la revelación de los misterios; e históricamente los misterios, en todo el mundo, han estado asociados con la experiencia espiritual del hombre. Lo anterior significa que la experiencia masónica es una experiencia espiritual y religiosa. La Masonería entiende estos conceptos bajo el imperio de argumentos derivados de su naturaleza iniciática. En efecto, la Masonería no es una Orden cuyos fines podamos ubicar en el contexto material y profano. El mundo que construye la Masonería es un mundo sacramental, un mundo que se caracteriza por la actitud espiritual de los hermanos una vez abiertos los Trabajos de la Logia.

La delicada línea que separa al mundo profano del mundo masónico está definida por la disposición de los hermanos; que, reunidos en Logia, parecen coincidir en sus propósitos de religamiento con el Ser Supremo. Esta disposición está marcada por la invocación de Apertura de los Trabajos, invocación que está muy lejos de ser un mero protocolo asambleísta, porque de serlo convertiría a la reunión masónica en una asamblea profana.

Lo que hace que esta asamblea se convierta en Tenida es, precisamente, el carácter invocatorio con que el Maestro de la Logia celebra la Tenida. Y este carácter, para que sea efectivo, debe estar provisto de una sentida vocación espiritual. De esta manera, los términos «espiritualidad» y «religiosidad» tendrán que entenderse bajo la perspectiva iniciática.

La Masonería es espiritual porque sostiene que toda forma externa no es sino la manifestación o expresión de una realidad interna y espiritual. De este modo, nuestro cuerpo físico, por ejemplo, encierra la sustancia de nuestro Ser, y es con este Ser Interior con el que tiene que ver la Masonería, y es también de ese Ser Interior de donde debe surgir la esencia de nuestra personalidad.

Por supuesto, la verdadera importancia del hombre no es física, pues ésta es una insignificancia temporal y pasajera. Su importancia estriba, en todo caso, en su Dimensión Espiritual. Empero, la Masonería no le concede importancia únicamente a lo espiritual, sino que entiende que también lo material es vital, pues es en lo físico donde lo finito y lo infinito se encuentran, por ello la filosofía masónica pone énfasis no en lo material o en lo espiritual, sino en la relación entre ambos aspectos.

Hay que entenderlo bien: los principios de libertad, igualdad y fraternidad que sustenta la Orden no pueden ser entendidos sino espiritualmente. La libertad, por ejemplo, en su forma absoluta no existe en el ámbito material, ya que sólo es posible a través de esa liberación que se logra espiritualmente, por medio de la Iniciación Real. El mundo espiritual es ilimitado. De forma similar, la igualdad es imposible en el mundo material, pues no hay en él dos seres iguales en todo sentido. Aún en el campo de la igualdad de derechos, que es un concepto jurídico y social, las cosas son de tal forma que la igualdad sólo es posible en el campo espiritual.

La Masonería se basa en leyes espirituales y naturales, y sólo en este orden de cosas existe la absoluta igualdad bajo la ley. Respecto de la fraternidad, ocurre lo mismo. La fraternidad es algo que compartimos con todos los seres humanos por la simple razón de que somos manifestaciones de la misma Causa, de la misma Vida Universal, y provenimos de la misma Fuente, Dios, el Padre común.
Y ¿qué es la vida? ¿Es acaso algo material y visible? ¿Realmente vemos la vida o sólo nos percatamos de sus manifestaciones? A la vida nadie la ha medido ni la ha visto jamás, pese a que vemos vida en toda la naturaleza. ¿No es así que vemos al Gran Arquitecto del Universo?

La fraternidad no es un ideal basado en un concepto material de la existencia, sino una realidad espiritual existente, de lo cual los masones estamos plenamente conscientes. Lo anterior nos predispone a buscar en la Masonería un sentido más profundo y un propósito más lógico de las cosas.

Aceptemos que la inmensa grandeza y fuerza de la Masonería no está en su tamaño, en el número de sus miembros ni en su peso o supuesta presencia política, como piensan algunos hermanos extraviados. No, la Masonería no puede ser evaluada ni juzgada así, porque su verdadera grandeza radica en su concepto del Ser; y su fuerza, en su sentido de unidad subjetiva; y esto es algo netamente espiritual.

Como consecuencia natural de la espiritualidad, existe en la Masonería una clara disposición a la religiosidad, entendida como un sentimiento que dispone al individuo a una vinculación con el Ser Supremo; se trata de una experiencia religiosa que no es otra que la misma experiencia que resulta de la percepción de una Realidad Superior; una experiencia vivencial que no descansa en creencias o en credos formalmente estructurados ni en dogmas confesionales.

En las escuelas iniciáticas, la religión sugiere un concepto de unidad; unidad que es producto de los sagrados misterios de la iniciación verdadera, los que una vez comprendidos conducen al acuerdo general de que todas las religiones, en su aspecto esotérico, tienen la misma raíz, la misma fuente, el mismo origen; y que sólo cuando se les concibe exotéricamente, es cuando aparecen las diferencias, que casi siempre son de forma.

Justamente, la raíz etimológica de la palabra religión es «re» y «ligare», en donde “re” significa «volver a» y “ligare” «unir». Entonces, religión significa volver a unir. ¿Qué es lo que se vuelve a unir? Se vuelve a unir el Hombre con su Creador, porque tenemos la convicción espiritual de que en el principio el Todo Universal era una Unidad, y que del Todo se desprendió la Creación; y el hombre, como parte de la Creación, pero dotado de inteligencia, de pensamiento y de consciencia, se vio de pronto desligado de su Creador.

En consecuencia, su intuición espiritual, le predispone, le impulsa, le impele a buscar el acercamiento con su Creador. Por ello, el proceso de «re-ligare» es un proceso de reunir en lazos de espiritualidad al hombre con su Creador. Más aun, el objetivo final del camino iniciático no es otro que la Identidad Suprema donde el Hombre se hace Uno con el Creador, Dios.

La Masonería entiende por religiosidad a esa voluntad de la parte de identificarse con el Todo y, a su vez, la esperanza y la fe de recibir del Todo una respuesta a esa voluntad. Este es el sentido de la religiosidad que se observa en sus rituales, en sus ceremonias, en sus juramentos, en sus invocaciones y, en particular, en esa sublime invocación de Apertura de los Trabajos de Construcción en cada Tenida, cuando el Maestro de la Logia dice: “A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo”.

Hay, en esta invocación, una profunda espiritualidad que los asistentes a la Tenida deben saber vivir internamente, puesto que no se trata de una simple fórmula asambleísta, tampoco de un mecánico protocolo ritual. Se trata de una dedicación, de una genuina aspiración de «re-ligamiento», de un acto de profunda vocación, de una vocación tal que si los asistentes no la percibieran conscientemente, parecería que asisten como robots a la Tenida. De esta manera, para la Masonería, la religión no es una creencia, sino una auténtica experiencia.

Esta es la religión (aquélla en la que todos los hombres están de acuerdo) a la que se refirió James Anderson en sus célebres Constituciones de 1723, que dan origen a la Masonería Moderna, especulativa y filosófica. James Anderson estableció en esos documentos que a los masones debe exigírseles “solamente aquellos principios generales de religión en que concuerdan todos los hombres, tolerándoles sus opiniones privadas y permitiéndoles la más completa libertad de acción sobre sus creencias particulares”.

En efecto, los fundadores de la Gran Logia de Inglaterra, sucesora histórica de la primitiva Gran Logia de Londres, afirman que fue ley fundamental de la Orden su espíritu religioso, pero que éste debía adaptarse, con las Constituciones de 1723, a los tiempos y a las costumbres del nuevo rumbo universalista que se quería dar por entonces a la Hermandad, a partir de su reordenamiento de 1717.

La tolerancia en materia religiosa era ahora el fundamento de la nueva y trascendental situación, pero manteniendo inalterable e irrevocable el principio de espiritualidad religiosa en el francmasón, representada por la creencia en un Ser Supremo, Gran Arquitecto del Universo. Mientras el trabajo de los masones operativos consistió en construir templos y edificios materiales, los masones especulativos o filosóficos construyen ahora templos espirituales, templos que se construyen “sin manos y sin ruido de herramientas”, y en esos templos operan los Trazados del Gran Arquitecto del Universo.

Puesto que la Obra masónica es parte de un diseño universal y divino, resulta claro que la filosofía masónica declare, como proposición básica la existencia de Dios, más aun que la mera creencia en Él. Los Trabajos de la Logia son el escenario de la tarea iniciática y constructiva de la Orden, y al mismo tiempo, es la Logia el espacio sacramental dentro del cual los operarios dedican sus esfuerzos a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo. Tales esfuerzos tienen, como contenido básico, la firme convicción de religamiento, y este religamiento crea el sentimiento de espiritualidad en los operarios del Arte Real.

Es por ello que el masón auténticamente iniciado en los sublimes misterios de la Orden, al escuchar la Invocación de Apertura de su Logia en voz de su Maestro, imaginará en lo profundo de su ser el golpeteo de los martillos y de los cinceles, cerrará sus ojos y elevará su alma y su pensamiento, su corazón y su fe, a lo Alto, al Ser Supremo, al Gran Arquitecto del Universo, y entonces empezará para él la verdadera revelación de lo que es la Masonería como Orden Iniciática.

Referencia bibliográfica:

  • Corvalán, Alfredo (2008). Masonería y Trascendencia. Montevideo: Ediciones de la Fe.

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