Sobre el libre albedrío y el saber de sí mismo

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Sobre el libre albedrío y el saber de sí mismo

H.·. Luis Rivas

Log.·. Razón No. 80

 

      Cuando Descartes afirmó “pienso, luego existo”, poniendo a la conciencia en el centro de la escena, seguro no imaginó que con ello inauguraba la filosofía occidental ni que contribuía (conjuntamente con Copérnico, Galileo, Newton y Bacon) al inicio de una nueva época en la historia intelectual de la humanidad: la Modernidad.

El hombre es un ser obligado a elegir y tomar decisiones a cada instante de su vida en su irrefrenable proyección al futuro.

El hombre es un ser obligado a elegir y tomar decisiones a cada instante de su vida en su irrefrenable proyección al futuro.

       En su búsqueda de una verdad que le resultara irrefutable, Descartes encontró así su primera certeza, de la que Sartre dice que no puede haber otra mayor, pues “es la verdad absoluta de la conciencia captándose a sí misma”. Durante el tiempo distante entre Descartes y Sartre la subjetividad reinaría y el sujeto pensante aparecería soberano, en tanto absolutamente libre de decidir por sí mismo y de proyectarse al futuro desde una conciencia diáfana. El libre albedrío podía llamarse realmente libre.

       Pero, transcurriendo la segunda mitad del siglo pasado, el relativismo y el nihilismo se abrieron paso y dieron lugar a un tiempo de depreciación del pensamiento racional y de las ideas de la Ilustración. Luego, a partir de la segunda parte del siglo XX, una nueva época (a la que Lyotard llamó Postmodernidad) llegó plena de ideas antimodernas. La subjetividad se tornó mala palabra para la academia y el estructuralismo y el multiculturalismo se impusieron sobre el hombre, el humanismo y el universalismo. Arreció el ataque contra el sujeto cartesiano y la conciencia perdió su crédito como libertad incontaminada. El libre albedrío estaba en apuros.

       Aunque se fortalecieron los determinismos y se entró en un tiempo de virulencia contra la razón y la conciencia, que ésta no fuera tan libre ni transparente ya lo habían indicado a su modo y en sus tiempos Montaigne, Hume, Spinoza, Schopenhauer, por mencionar algunos, y en época más cercana a la nuestra, lo afirmaron Marx, Nietzsche y Freud, a quienes Paul Ricoeur llamó “los maestros de la sospecha”.

       Descartes había establecido la duda en que las cosas del mundo fuesen tal como se nos presentan; pero, señala Ricoeur, nunca puso en duda que la conciencia fuese tal como se aparece a sí misma. En cambio, los tres últimos nombrados desconfiaron de ella y consideraron, desde sus distintos enfoques, que la conciencia se falsea por pulsiones más hondas; según Marx, por intereses económicos; según Nietzsche, por el deseo de poder y el resentimiento del débil que subvierte los valores; y según Freud, por la represión en el inconsciente (con Freud y su psicoanálisis, el inconsciente pasó a ser el centro, desplazando de protagonismo a la conciencia).

      Todas las anteriores son teorías que han sido aportes a la reflexión sobre el hombre, pero que también resultan discutibles. En su momento expresó Ricoeur en El conflicto de las interpretaciones: “El filósofo contemporáneo encuentra a Freud en los mismos parajes que a Nietzsche y a Marx; los tres se erigen delante de él como los protagonistas de la sospecha, los que arrancan las máscaras. Ha nacido un problema nuevo; el de la mentira de la conciencia, el de la conciencia como mentira; este problema no puede figurar como un problema particular en medio de otros, pues aquello que es puesto en cuestión de manera general y radical, es aquello que se nos aparece, a nosotros, buenos fenomenólogos, como el campo, el fundamento, como el origen mismo de toda significación; me refiero a la conciencia”.

       Pero lo que no parecería discutible son los descubrimientos de la neurociencia, disciplina que hoy nos advierte que mayormente nuestro cerebro reconoce y procesa sin que nosotros seamos conscientes; que algunos procesos cognitivos complejos se almacenan en el inconsciente sin que nos enteremos; y que, además, el inconsciente sería un ámbito más potente y espacialmente mayor que el que destina el cerebro al pensamiento consciente, pues éste ocuparía una pequeña parte de la estructura cerebral, mientras que el resto sería del inconsciente intuitivo y emocional.

      Una verdad elemental, de la cual la ciencia no nos permite dudar, es que nuestra primera y esencial misión como seres vivientes es la de luchar por sobrevivir, pues desde nuestra primera aspiración de oxígeno comenzamos a oxidarnos, es decir, a morir; además, desde ese primer instante, nuestro cerebro primitivo nos hace respirar inconscientemente y comienza a articular defensas para salvarnos de sucumbir.

      Los avances de la neurociencia han logrado penetrar en el cerebro y analizarlo al detalle y por secciones. Hoy, a la luz de esos avances, se entiende que en la neocorteza cerebral está el asiento de la conciencia y que es el espacio donde se realizan las elecciones racionales, y que el sistema límbico es el asiento de las emociones, que son las que pesan en nuestras decisiones. El sistema límbico al elegir sugiere las preferencias y el neocórtex busca los caminos para satisfacerlas. Es decir, en nuestras elecciones interactúan nuestros sentimientos y nuestra razón. Pero habría también infinidad de procesos decisorios inconscientes e intuitivos, que tienen lugar sin que, o antes de que, la conciencia tenga noticia de ellos. El libre albedrío no sería libre.

      La conciencia está siempre expuesta a la influencia cultural del medio en que el hombre nace, aprende su lenguaje, incorpora sus valores, se educa y desarrolla su existencia. Y si bien todo ser humano puede pensar, valorar y decidir a cada instante qué hacer produciendo consecuencias, sus elecciones suelen responder a las emociones y a los sentimientos que lo percibido de ese entorno le ha generado.

      La vida en sociedad es un combate por la conquista de conciencias. Por eso nosotros también combatimos, portando los principios y los valores masónicos para que allí impregnen y prevalezcan. Entre otros: la laicidad y la libertad de conciencia. No olvidemos la infinidad de mensajes proselitistas, directos o subliminales y de todo orden (políticos, religiosos, comerciales y otros)  que irresistiblemente llegan al hombre a diario desde el mundo exterior, buscando infiltrarse en su pensar, seducirlo y manipularlo.

      Hoy la Postmodernidad también habría transcurrido y, con ella, la preponderancia de muchas de las ideas que le caracterizaron. La subjetividad y el razonamiento crítico reaparecen en la reflexión intelectual, y algunos olvidados pensadores son objeto de nuevos estudios a la luz de los nuevos conocimientos. También el hombre, ya no como el sujeto transparente a sí mismo del cogito, pero sí como dignidad, como ser libre, responsable y racional, capaz de distinguir entre el bien y el mal y de juzgar sus propias conductas, se reubica en la consideración filosófica como fundamento de la moral y la ética, y del ideario democrático y universalista.

      Pese a sostener que los procesos biológicos están regidos por las leyes de la física y de la química, y por tanto determinados, Stephen Hawking se resigna a señalar en El gran diseño que “como no podemos resolver las ecuaciones que determinan nuestro comportamiento, podemos utilizar la teoría efectiva de que los individuos tienen libre albedrío.

Decisiones que no sólo recaen sobre él, sino que también afectan a los demás, y de las cuales es el responsable ante sí y ante el mundo.

Decisiones que no sólo recaen sobre él, sino que también afectan a los demás, y de las cuales es el responsable ante sí y ante el mundo.

       Con mi modesta opinión, concluyo: el hombre es un ser obligado a elegir y tomar decisiones a cada instante de su vida en su irrefrenable proyección al futuro; decisiones que no sólo recaen sobre él, sino que también afectan a los demás, y de las cuales es el responsable ante sí y ante el mundo. Si sus elecciones fueran absolutamente determinadas por causas ajenas, no tendrían sentido las culpas y los remordimientos, ni la satisfacción por lo realizado; tampoco el esfuerzo por redimirse y ser mejor. La ética se mide en función de la libertad y, más allá de los innegables determinismos que las leyes de la naturaleza nos imponen, el libre albedrío define al hombre como ser moral y lo hace artesano de su destino y del destino humano.

      Que el libre arbitrio fuere central en la concepción moral masónica no debe inhibirnos de estudiar e investigar sin límite el funcionamiento de la mente, a la luz de los conocimientos científicos y de las reflexiones que éstos generan. Pues, para mejorar nuestro aprendizaje en función del cuidado de nosotros mismos y de nuestro personal perfeccionamiento, es necesario avanzar en el conocimiento de uno mismo. Ello implica saber más sobre nuestros genes, nuestro cuerpo y nuestro cerebro; más sobre nuestra conciencia y nuestro inconsciente, sobre nuestra imaginación y nuestra intuición; en fin, sobre cómo procesamos nuestras decisiones.

      Debemos conocer más sobre nuestras emociones y sentimientos para que la razón pueda incidir mejor en nuestros comportamientos y para que las decisiones que tomemos sean más libres, estén bañadas por la prudencia y respondan a la sabiduría práctica de adoptar en cada situación la conducta más adecuada. Nacimos libres, por eso pudimos alienarnos. Y sólo sabiendo que hoy no lo somos podremos trabajar para des-alienarnos. Y con el uso de la razón, que es la que nos hace libres. Pues la razón es libre y, a su vez, liberadora.

      Entiendo que, pese a todas las circunstancias que condicionan nuestro existir, cada uno de nosotros es una libertad ontológica inevitablemente responsable de sus actos y de su vida. Y que de nada vale culpar de lo que somos a la genética, a nuestros padres o al entorno, ya que, parafraseando a Sartre, siempre podemos hacer algo con lo que han hecho de nosotros. Porque siempre tenemos la libertad de abandonar todo intento de superación o, en cambio, de trabajar para saber más de nosotros mismos y para ser mejores. Y esto último podemos lograrlo con nuestro insoslayable esfuerzo personal; o, si lo entendiéramos necesario, con la ayuda de terceros.

       Tratar de saber cada vez más de nosotros y perfeccionarnos es nuestra tarea y nuestro compromiso. Es la práctica del Arte Real.

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