Reivindicación del silencio

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Reivindicación del silencio

Eliseo Bayo

 

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Escritor, periodista y masón español de extensa y notable trayectoria. Director Campus América del Norte, del Instituto Masónico de España (IME).


 

 

Fuente: Revista Masónica La Acacia, No. 6 http://perso.wanadoo.es

 

      Hay un silencio activo y un silencio pasivo. Un silencio por imposición y un silencio voluntario. Un silencio sabio y un silencio ignorante. Un silencio sublime y un silencio miserable. Un silencio vacío y un silencio lleno. Un silencio de esperanza y un silencio de desesperación. Un silencio de amistad y un silencio de rencor. Un silencio de llegada y un silencio de despedida. En pocas situaciones se refleja tan completamente la dualidad humana, la dualidad de la existencia, como en las situaciones de silencio.

 En pocas situaciones se refleja tan completamente la dualidad humana, la dualidad de la existencia, como en las situaciones de silencio.

En pocas situaciones se refleja tan completamente la dualidad humana, la dualidad de la existencia, como en las situaciones de silencio.

       Nada hay que atemorice más al timorato, al débil de carácter, al ignorante que el silencio, y nada hay que aprecie más el sabio, el discreto y el prudente que el silencio. El silencio activo es la más madura de las decisiones, mientras que el silencio pasivo refleja el abandono, la pusilanimidad y la inercia.

      De todas las situaciones de silencio, he elegido cinco para formar la mano derecha de la conciencia:

  1. El silencio como puerta de entrada al conocimiento.
  2.  El silencio de los discretos para la convivencia.
  3. El silencio pasivo no es silencio. «Si yo callara hasta las piedras hablarían»
  4. El silencio en el ritual.
  5. El silencio como estado natural de la paz.

El silencio como puerta de entrada al conocimiento

        El silencio es una prueba y también un término. El silencio es algo duradero, no una simple interrupción de la algarabía. Hubo alguien, un personaje de ficción, que cosechaba silencios y los encontraba, materialmente, en los breves fragmentos mudos entre las palabras. Cortaba trocitos de cinta magnetofónica que ya no era virgen, sino marcada por el silencio, por la materia oscura de la pausa. Luego los unía y aquella cinta formada de intervalos afásicos era de una densidad absoluta. Algo así como el silencio activo y primigenio de la Naturaleza, la materia de la que salió la decisión de enumerar las cosas por su contrario.
El hombre sabio, antes de llegar a serio, empieza su camino entregándose voluntariamente al silencio, porque sabe que las verdades que busca sólo se revelan al oído sutil. La máxima percepción se logra con el sueño y el sueño anida en el útero de la noche, en el lado contrario del ruido.
El ruido perturba y engaña no sólo cuando es interrupción violenta del silencio, sino también cuando es incitación al debate precipitado. El hombre que empieza el camino de la sabiduría se somete gozoso al silencio como una prueba de la que sólo obtendrá beneficios. El camino del conocimiento está construido en el territorio de la soledad y de la comprobación. La soledad no quiere decir aislamiento ni actitudes autistas, sino oportunidad de recontar y digerir lo aportado desde el exterior. Ya se sabe que no se puede realizar la operación de contar, ni mucho menos la de recontar, si no va acompañada del silencio.

        Debe subrayarse el carácter de prueba como connotación principal del silencio. Vemos que el sabio elige el silencio, pero también comprobamos que una de las primeras cosas que aprendemos de niños y una de las primeras amonestaciones que recibimos es la incitación forzosa al silencio. El hecho de que el autoritarismo y las dictaduras se erijan sobre la imposición del silencio, no invalida aquel principio, sino que tan sólo lo pervierte. El padre nos ordena que callemos, el maestro nos lo impone y nos lo aconseja, ambos interpretan el sentido profundo del silencio. La dictadura es ciertamente una perversión, pero aún así debemos observar cómo el espíritu fuerte y el carácter valeroso del sabio sobreviven a aquélla, y en el silencio impuesto encuentran el camino más fecundo de la creación.

El silencio de los discretos para la convivencia

Silencio creador.

Silencio creador.

        El hombre discreto que entra por primera vez en una comunidad debe acompañarse del silencio para mejor observar el mundo al que acaba de incorporarse. El indiscreto suele pedir la palabra antes que nadie, está ansioso por dar a conocer su opinión y pugna por imponerla; como no suele ser fácil que le reconozcan sus supuestos méritos con la rapidez que él demanda, se siente defraudado y generalmente se marcha dando un portazo. Forma parte de este tipo de personas que se quejan de ser incomprendidos, sin pararse a pensar si no son ellos los que no comprenden a los demás.
Si esta actitud es mala en las relaciones personales y privadas, trasladada al terreno de lo científico degenera en dogmatismo. Llevada al terreno de lo público lleva literalmente al exterminio, al genocidio.

 La palabra justa es la forma sublime del silencio.

        Generalmente, estas situaciones negativas suelen darse abundantemente entre los antropólogos. Imbuidos de sus esquemas eurocéntricos, invaden las llamadas comunidades primitivas y tienden a interpretarlas precipitadamente. En lugar de aprender pacientemente la lengua del pueblo, eligen precipitadamente a sus intérpretes y les incitan a que rompan «el silencio de la tradición». El silencio les obligaría a ser respetuosos con los otros y a tomarse el tiempo necesario para empezar a comprender lo que forzosamente se les escapa. La falta de silencio engendra el dogmatismo de los esquemas. De manera mucho más grave, no respetar el silencio para comprender a los otros lleva a destruir la cultura y a romper la cadena de transmisión de los conocimientos. No hicieron otra cosa en la América recién conquistada los representantes del emperador y de la Iglesia. Curiosamente, sólo las víctimas dieron la sublime lección del silencio. Un silencio in aeternum clamoroso contra los invasores.

El silencio pasivo no es silencio. “Si yo callara hasta las piedras hablarían”

        Callarse ante las injusticias, aceptar mudo la indignidad, no levantar la voz para proteger al desvalido, no es silencio sino clamorosa vileza. “Si yo callara, hasta las piedras hablarían” es la magistral incitación a hacer uso de la palabra, tras la comprobación del estado flagrante de injusticia. Pero hace falta mucho silencio previo para percibir los estados de injusticia. Las piedras, es decir lo inerte, significan el fin del camino recorrido en el silencio, ponderando las circunstancias. Si el sabio es enmudecido, hasta las piedras hablarán en su lugar, Si el discreto es aherrojado, hasta las piedras se alzarán por él. El maestro nunca calle ante las injusticias, su respuesta no es destemplada, no es un hablar por hablar, se carga de razones antes de romper el silencio. No lo rasga con el grito, sino con la palabra justa. La palabra justa es la forma sublime del silencio.

El silencio en el ritual

       El silencio forma parte sustancial de algunas órdenes religiosas y del ritual masónico. Los monjes del silencio huyen del mundo sin pretender transformarlo más que con la fuerza de la oración. Los masones quieren transformarlo tras haber aceptado la disciplina del silencio. En ambos casos sólo el silencio los hace sinceros.

        El templo es antes que nada una estructura física que recoge y aísla del ruido y de las perturbaciones del exterior. Lo primero que llama la atención del Templo, de todos los templos, es el silencio, y el silencio es la medida de todo lo que ocurre allí dentro. Los adeptos se hermanan por el silencio. Hay una densa percepción de la hermandad, de la cercanía del otro, de la coincidencia en la prueba. Es la raíz del respeto.

        En la Logia los pasos deben ser acompasados, reposados en su orientación geométrica, porque sólo así no se hiere el silencio, no se destempla el ambiente. La lira es la línea recta, el surco perfecto de la fundación y el que lo transgrede, “delira”. Las intervenciones deben ser pausadas, en un tono de voz congruente con el servicio que presta, y respetuosas con los turnos que impone el silencio. Los aprendices deben recorrer el camino del silencio activo y voluntario.

        Algunos profanos indiscretos censurarían el ritual que impone el silencio a los Aprendices, quienes no pueden hacer uso de la palabra. Pero los Aprendices tienen la ocasión de recorrer el camino de las enseñanzas precisamente porque se adiestran en el ejercicio del silencio. La manera más rápida de aprender es observando en silencio al Maestro. Quien interrumpe al maestro pierde la oportunidad de escuchar la exposición completa y detallada, por el placer de saborear el propio orgullo.

        De igual manera, el Maestro fraudulento e impostor no es descubierto por la impaciencia del Aprendiz, sino porque no ha sabido hacer uso del silencio que corresponde al grado de Maestro, pues él silencio no es bueno solamente para los que empiezan; sino, muy especialmente, para los que terminan, pues si la vida del neófito se inicia con un grito, la del sabio se termina por el silencio con que se entrega a la muerte.

El silencio como estado natural de la paz

        Que callen las armas es la metáfora popular más extendida para expresar el deseo de la paz. Y en efecto, la guerra es el grito, el estallido, la máxima negación del silencio. Las armas hablan en lugar de la razón. También la razón se acompaña de las armas. Si la razón fracasa no habrá paz. La paz justa no es la paz de los cementerios. En los cementerios no hay silencio, sino alarido inaudible, el último grito de las víctimas. Dijo el indio hermano que “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

       El sabio, el prudente y el maestro elaboran el respeto propio con materiales honestos, no robados, no sacados a hurtadillas de la casa de los otros; en consecuencia, nadie puede reclamarles, no son objeto de litigio, saben discernir cuáles son los derechos legítimos de los otros.

      Así se construye la paz, en el ejercicio diario de la auscultación libre de interferencias, en el camino sostenido del silencio creador.

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