Reflexiones sobre la voluntad

AL.·.G.·.D.·.G.·.A.·.D.·.U.·.
Libertad Igualdad Fraternidad

Logo M sin Fondo

Reflexiones sobre la voluntad

Jorge Milans

M.·.M.·. Log. Salvador Allende N° 187 – Montevideo

 

“La fuerza no viene de la capacidad corporal, sino de una

voluntad férrea.”

Mahatma Gandhi

 

        No estamos aquí porque seamos perfectos, sino perfectibles. No hemos sido invitados a ingresar a la Orden por nuestras eventuales virtudes visibles, sino porque algún Hermano ha visto en nosotros potencialidades, que quizás nosotros ni siquiera intuimos. Y ha entendido que quizás pueda ayudar a que las descubramos primero y las desarrollemos después.

 Parece ser una ruta invisible y ancestral para cuyo recorrido la inteligencia es su mejor medio. ¿Hasta dónde pues el instinto y desde dónde la voluntad?.

Parece ser una ruta invisible y ancestral para cuyo recorrido la inteligencia es su mejor medio. ¿Hasta dónde pues el instinto y desde dónde la voluntad?.

       La pregunta es: ¿estamos realmente dispuestos a cambiar? No formalmente, sino realmente. En eso consiste la iniciación. En un antes y un después. Iniciación a la que concurrimos, la mayoría de las veces, casi sin darnos cuenta, sin saber, hasta minimizando o sobredimensionando el hecho. Sea bajo un enorme manto de curiosidad, incredulidad y hasta con cierto temor; sea con una idealización que la realidad nunca tendrá la capacidad de satisfacer.

       Por eso hoy les propongo procesarla, observarla, desde otro punto de vista, desde otro ángulo. No desde la resistencia o la indiferencia al cambio, sino desde la intención, la predisposición al cambio; teniendo en cuenta, además, que el cambio en sí no implica beneficio alguno y en principio sólo pérdida de la situación actual. El objeto de modificar algo, de poner en movimiento algo, es alterar su status quo. Aspiramos a que sea para bien, pero nada indica en lo inmediato que así sea o pueda ser. Menos aún que si este cambio se insinúa, pueda permanecer o revertir.

        En todo caso, quizás esto dependa, entre otras consideraciones, de si las fuerzas que actúan en este proceso son externas o internas. Grosso modo podemos aventurar que si son externas, son ajenas a nosotros y por tanto es muy factible o probable que no tengamos incidencia sobre ellas. Son factores que no controlamos. Nos son ajenos, pese a nuestra interacción con el medio, a que somos parte del medio o la “circunstancia” que nos rodea y completa. Si son internas, todo parece indicar que dependen en su totalidad de nosotros. En todo caso quizás se trate de tomar conciencia de ello y ver luego qué curso se les quiere dar. Por ejemplo: si la vida fuera un sueño, se trataría de despertar. Habrá que ver si lo hacemos porque un factor externo así no los impone o porque nuestro “reloj” interno así lo resuelve. Si la vida fuera un sueño, quizás esta metáfora de la iniciación fuera bastante adecuada, por lo menos explícita. Pero la vida no es un sueño, aunque necesitemos dormir para vivir.

        Periódicamente nuestra vida se compone de tiempos de sueños para que se sucedan los de vigilia, esos en los que estamos conscientes de todo y nos damos cuenta de las cosas, es decir tiempos en los que “somos”. En todo caso, esto último también nos sirva para tejer otra metáfora y es la que refiere a nuestro método de morir para nacer. Morir a la vida profana para nacer a la vida iniciática, cosa que, como veremos, también se reitera y repite en esta otra vida, en búsqueda de la verdad. Entre estos dos umbrales discurre esta experiencia, que como una vacuna no nos inmuniza al instante; y quizás en algunos no pueda hacerlo jamás. Pero una vez inoculados, nuestro organismo tiene que hacer lo suyo, tiene que realizar su tarea biológica.

         El mazo representa la voluntad y el cincel la inteligencia. Estas son las dos primeras herramientas que se nos dan para comenzar nuestro trabajo una vez iniciados. Mejor dicho una vez realizada la ceremonia de iniciación, que como ya hemos tratado de señalar, es bastante distinto a la iniciación en sí misma. Mazo, herramienta pesada y grande, que requerirá y requiere mucho esfuerzo, un gran esfuerzo como es el de disponernos a labrar nuestra piedra bruta. Es decir: a tratar de entrever en realidad quienes somos; y disponernos, al amparo de la inteligencia, a tratar de mejorarnos. Eliminar todo aquello que nos hace mezquinos, seres menores, que de hecho ya lo sabemos, pero tratamos de obviar u ocultar mimetizándolo con el resto de nuestra materia. Forma bruta, amorfa, piedra bruta sin trabajar, sin la menor mella de un esfuerzo por superarnos.

        Pero no es que no hayamos usado la inteligencia para llegar hasta aquí. Todo lo contrario, la hemos utilizado justificándonos hasta aceptar las cosas tal cual están. Que no quiere decir que estén bien, ni que no sean mejorables, y mucho menos aún que estemos dispuestos a analizar, revisar, rever las cosas y a nosotros mismos. Es decir, darnos la oportunidad de conocer y conocernos en la simple aspiración a la verdad, quizás lo más próximo a la sabiduría. Todo lo cual de hecho implica cambio, dinámica, acción. Es decir hacer, desbastar o si lo prefieren construir.

       La voluntad y la inteligencia aspiran a la sabiduría. He ahí los misterios que nos convocan. Nada más oculto que nuestro propio ser, nuestros más recónditos sentimientos, miedos, anhelos y pasiones; a los cuales y por el hecho simple de vivir dejamos simplemente sin atender, los dejamos estar, negándonos el ser. Y así pasa la vida, la otra vida, la del tiempo real. Por eso hay que disponerse (y de una forma nada sencilla o simple) a intentar participar en el proceso para transfórmalo, profundizarlo, conocerlo o aproximarnos a su conocimiento.

       Sin esta disposición, que sólo se podrá llevar adelante con la voluntad, nada es posible. Más de una vez hemos escuchado la máxima de que masonería es cambio. Bien el principio del cambio es la disposición a que este exista y su objeto es la voluntad de que este se concrete. He aquí por qué la herramienta inicial es la voluntad; que debe estar al servicio de la inteligencia. Voluntad e inteligencia aplicadas a la búsqueda de la verdad, que en definitiva es lo que nos convoca.

No somos perfectos, sino perfectibles.

No somos perfectos, sino perfectibles.

       Pero volvamos al origen, a la voluntad, a ese deseo transformado en firme decisión en pro de hacer algo, alcanzar algo, intentar por todos los medios a mi alcance verificar la certeza o no de un presupuesto que me ha convocado. El relativismo absurdo e inconducente no radica en que me dé igual no hacer nada; sino en que el resultado de mi acción me sea absolutamente prescindente. No importando su resultado, me dé igual, me sea indiferente.

      Por otro lado, nada es indiferente a la voluntad humana, porque su simple proceso implica la posibilidad de la concreción o el fracaso, del éxito o el yerro. No aplicamos la voluntad prescindiendo de un motivo. El motivo nos convoca y la voluntad persigue el fin de alcanzarlo. Y este fin no nos es indiferente. Su obtención o no, marca la diferencia entre el cambio o la permanencia, entre la transformación o la continuidad sin alteraciones. Casi que me atrevo a aventurar la existencia de una “voluntad biológica”, basada en el hecho de preservar la vida y mejorar sus condiciones.

       Parece ser una ruta invisible y ancestral para cuyo recorrido la inteligencia es su mejor medio. ¿Hasta dónde pues el instinto y desde dónde la voluntad? Esto parece estar solo separado por las aspiraciones del hombre. En este sentido lo biológico parece estar unido a lo instintivo y a lo simbólico; al hecho humanizante, metafísico; a la voluntad. De alguna manera esto hace a la propia condición humana, quizás a veces partiendo de un análisis racional, quizás otras partiendo de una simple intuición que le anticipa cierta probabilidad.

       La voluntad entendida así es el elemento transformador, su propio combustible. Se consume en su propio fin, en su propio objeto. Visto así, es casi como la vida. O expresado de otra forma, la vida en sí misma, parece ser un acto de voluntad, un hecho volitivo; lo cual, por lo menos a priori, descalifica la opción de un hecho arbitrario, descartando la casualidad y reivindicando la causalidad.

       He querido reflexionar sobre la primera herramienta que se nos entrega, y ésta es mi aproximación al tema, que aún con sus limitaciones, espero pueda servir para estimular la reflexión de otros y ayudar a la búsqueda de todos; en particular de los mandiles blancos. Mi “voluntad” cierta en estos hechos es la de manejar honestamente el fruto de mis reflexiones, que no tienen nada de nuevas, pero en lo personal no dejan de sorprenderme.

      Una actitud tan indudablemente humana como la voluntad, parece sin embargo anticipar cierta duda sobre su propio origen. La vida parece ser obra de una voluntad que la desea y determina. Se entiende entonces nuestra invocación al GADU como forma de nominar esta “voluntad”, ratificando desde el inicio nuestro vínculo personal, directo e indivisible, con él. De ahí que el “que así sea” ya no nos pertenezca, sino que nos explique.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *