¿Por qué el Opus Dei?

A L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·.
Libertad Igualdad Fraternidad

¿Por qué el Opus Dei?

Alfredo Corvalán

La pregunta concreta es la siguiente. ¿Por qué como masón me interesa investigar sobre el Opus Dei (“Obra de Dios”, en latín)? La respuesta es sencilla y contundente: porque todos y cada uno de nosotros debemos ser portadores, dentro y fuera del templo, de los principios de nuestra Orden sintetizados en nuestro lema: libertad, igualdad y fraternidad. Por lo tanto, no podemos permanecer indiferentes ante las organizaciones fundamentalistas (sea cual fuere su origen y su apariencias) que en su accionar concreto atenten contra tales principios, en perjuicio de la sociedad toda. Más aun cuando todavía están frescas en nuestra memoria las consecuencias de la alianza entre el trono y el altar para hacer de la libertad la opresión, de la igualdad el privilegio y de la fraternidad la intolerancia.

Y si todavía fuera poco, debemos agregar que el fundador del Opus Dei, el sacerdote católico Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), cuando era guía espiritual del dictador español Francisco Franco, indujo a la creación del delito llamado “masonería” en el derecho positivo de la tiranía franquista. Además, Balaguer consideraba al comunismo y a la masonería como la “encarnación del demonio en la tierra”. Eso costó muchas vidas a masones y profanos que fueron asesinados por eso en aquella España.

Creo que con los fundamentos dados está suficientemente contestada la pregunta. Sin embargo, también es importante declarar que los detractores del Opus (dentro de la misma Iglesia Católica Romana, sobre todo aquellos sectores que militan en la llamada “teología de la liberación”) lo califican como “la Masonería Blanca” de la iglesia, haciendo gala de evidente mala fe, o quizás, en el mejor de los casos, de una supina ignorancia sobre los principios que sustentan nuestra Orden, y que son diametralmente opuestos a las conductas y los propósitos del Opus Dei.

El accionar de las sectas fundamentalistas dentro de la Iglesia de Roma, bajo el paragua protector del Vaticano, no es sólo parte de la historia antigua o del Medioevo, no tiene la lejanía de las hogueras de la inquisición, de las cacerías de brujas o de la oposición a los procesos libertarios en nuestras patrias americanas, sino que además se proyecta en los siglos XX y XXI. Es decir, hoy mismo. Abordemos este tema con mayores detalles.

Expansión del Opus Dei 1928-2009 - Wikimedia Commons

Expansión del Opus Dei 1928-2009 – Wikimedia Commons

Desde que Karol Wojtya asumió el papado con el nombre de Juan Pablo II, en octubre de 1978, inició la restauración de las tradiciones más conservadoras de la Iglesia de Roma, que se hicieron sentir con particular fuerza en América Latina. La tradicional influencia de la Compañía de Jesús sobre el papado fue sustituida por el Opus Dei, punta de lanza para combatir a las corrientes modernizadoras de la Iglesia Católica.

Por medio de una política de designaciones episcopales que casi no tiene en cuenta los deseos de las iglesias locales, Juan Pablo II llevó adelante su empresa de restauración, utilizando todos los medios a su disposición: doctrinales, disciplinarios y –sobre todo– autoritarios, con la ayuda de una cantidad de movimientos tradicionalistas “duros”, en general sectarios y políticamente de derecha. Estos movimientos forman parte de la llamada “renovación carismática”, y tienen por nombre: “Comunione e Liberazione”, organización italiana creada en la década del 70; “Focolari”, movimiento fundado en 1943 en Trento; “Neocatechumenat”, creado en Madrid en 1964; “Legionarios de Cristo”, grupo ultra secreto, formado en México en la década del 40, y, principalmente, el Opus Dei, organización que fue creada en España, en 1928, por el sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer, con el nombre original de Instituto Secular de la Santa Cruz y del Opus Dei.

El Opus Dei tiene tres grados o categorías de integrantes: 1- “cooperadores” seglares (es decir, no sacerdotes) y sin necesidad de profesar la religión católica, cotizantes (que pagan una cuota o donan bienes), sin votos privados ni públicos; 2- “numerarios” seglares con votos de obediencia y castidad que viven en comunidad y 3- “supernumerarios” (sacerdotes católicos con todos los votos).

El Opus cultiva el secreto desde sus orígenes. En su constitución (secreta) redactada en 1950, el artículo 191 precisa que “los miembros numerarios y supernumerarios sepan bien que deberán observar siempre un prudente silencio sobre los nombres de los otros asociados y que no deberán revelar nunca a nadie que ellos mismos pertenecen al opus”. Una vez que se filtró la información sobre el contenido de esta constitución, se desataron tantas críticas que en 1982 se redactaron nuevos estatutos (para la exportación), donde puede leerse (artículo 89): “los fieles de la prelatura no participarán de manera colectiva en las manifestaciones públicas de culto, como las procesiones, sin por ello ocultar que pertenecen a la prelatura”. La prelatura es la figura del derecho canónico que encuadra jurídicamente al Opus.

A pesar de esta aparente concesión a la transparencia, el Opus continúa practicando el secreto y utilizando testaferros y sociedad de pantallas, bajo el pretexto de “humildad colectiva” y de la “eficacia apostólica”. Este secretismo no evitó que muchos de sus miembros se vieran involucrados en escándalos mayúsculos. Por ejemplo: el 10 de mayo de 2002, una corte judicial de los Estados Unidos de América condenó a cadena perpetua a un devoto católico y miembros activos de Opus Die: Robert Hanssen, ex agente del FBI.

Hanssen espió por dos décadas. Empezó a operar en 1979, para Moscú, cobrando por su tarea más de 600 mil dólares, diamantes y otras joyas. El juez lo condenó a cadena perpetua sin posibilidad de excarcelación, y no fue condenado con la pena capital porque se declaró culpable, se arrepintió y colaboró ampliamente con el fiscal de la causa. Es obvio que las líneas de investigación del FBI saben ahora el grado de vinculación de Hanssen con las jerarquías locales e internacionales del Opus Dei.

Esta “Obra de Dios” se parece en algunos de sus objetivos –por ejemplo, “santificar el trabajo”– a los movimientos de la Acción Católica nacidos en Francia y en Bélgica en la misma época. Surgido en los años previos a la Guerra Civil Española, el “Opus” quedó muy marcado por esa coyuntura, lo que explica su incondicional apego al aparato eclesiástico preconciliar, su odio obsesivo a la Masonería y al comunismo, y su gusto desmedido por la clandestinidad.

A pesar de que Escrivá de Balaguer pretendía haber “descubierto” el principio de la santificación del trabajo y de la vida cotidiana, esa idea es tan vieja como el evangelio. Recordemos también que el trabajo, simbolizado en nuestra Orden por el mandil, es la calidad distintiva del masón en su eterna tarea de constructor del templo A L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·..

De todos modos, la inspiración inicial del Opus fue rápidamente pervertida por la personalidad de su fundador: un pequeño burgués ambicioso, colérico y vanidoso. El secreto de su éxito fueron su fogosidad y su carisma personal, que subyugaban a quienes lo rodeaban.

San Josemaría Escrivá de Balaguer. 25 de noviembre de 1972 - Flickr

San Josemaría Escrivá de Balaguer. 25 de noviembre de 1972 – Flickr

La primera perversión fue la “clericarización” de la obra, que cuenta hoy en todo el mundo con 83.000 miembros laicos y 1.500 sacerdotes. Se presenta como organización laica, aunque son los sacerdotes católicos quienes tienen el verdadero poder y ocupan todos los puestos de mando. Los no religiosos, que representan el 98% de los miembros, son presentados como personas corrientes que viven en el mundo, pero por sus “votos” de pobreza, castidad y obediencia, parecen más a religiosos que laicos.

Mucho más preocupados por el derecho canónico que por la teología, Escrivá de Balaguer y sus discípulos maniobraron permanentemente para lograr que al “Opus” se le reconociese la condición jurídica que más le convenía. Definida en un principio como “unión piadosa” de laicos, la organización se transformó en 1947 en el primer “instituto secular” (es decir, laico) de la Iglesia Católica; eso fue antes de arrancarle a Juan Pablo II (quien era sospechoso de haber integrado los cuadros secretos del “Opus”) el codiciado título de “prelatura personal”. Po eso su nombre oficial es “Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei”. Calidad jurídica que no habían podido obtener de sus antecesores: Juan XXII y Pablo VI. Esta envidiable categoría, creada a medida para el Opus, le concede los atributos de una verdadera diócesis sin limitación territorial. El prelado del Opus depende directamente del Papa, escapando así a la autoridad de los obispos diocesanos, a pesar de la ficción que pretende que los miembros laicos de la organización siguen dependiendo jurídicamente de su obispo.

La segunda perversión fue política. El joven Escrivá de Balaguer vivió la Guerra Civil Española (1936-1939) como un combate entre católicos y comunistas; encuadrando a todos los masones como “ateos comunistas”, y en quienes veía la encarnación del mal. Su visión del mundo se vio así deformada, del mismo modo que Pio XII minimizó el horror del nazismo, tomándolo como un muro de contención “providencial” contra el comunismo. Vladimir Felzman, ex miembro del Opus, puso en boca de Escrivá de Balaguer la siguiente reflexión: “el general Franco salvó al mundo del comunismo con el apoyo de Adolf Hitler” y agregó “Hitler contra los judíos, Hitler contra los eslavos, significa Hitler contra el comunismo”.

Esta indulgencia para con el nazismo llevó al alineamiento del Opus con el franquismo. A tal punto que durante más de diez años Escrivá de Balaguer fue guía espiritual del tirano Franco, quien se rodeó progresivamente de ministros pertenecientes al “Opus”.

La tercera perversión fue teológica. El teólogo Urs Von Baltasar (uno de los pensadores favoritos de Juan Pablo II, que no pudo ser sospechoso de progresista) describió al Opus como “la más fuerte concentración integrista de la iglesia. El integrismo se esfuerza en comenzar a asegurar el poder político y social de la iglesia por todos los medios, visibles y ocultos, públicos y secretos”.

Además de su falta de transparencia, otro rasgo distintivo del fundamentalismo, sea cual fuere, es su pretensión de poseer la verdad absoluta. El Opus es descrito por Crónica, la revista interna del movimiento, como “el resto santo, inmaculado, de la verdadera iglesia”, fundada para “salvar a la iglesia y al papado”. Cuatro años después del concilio Vaticano II, que culminó en 1965, Escrivá de Balaguer deploraba una época de errores en la iglesia, en estos términos: “el mal viene de dentro y de lo alto. Hay una real pudrición, y actualmente parece que el cuerpo místico de Cristo fuera un cadáver en descomposición, que apesta”.

Para exponer los negociados financieros, empresarios, editoriales, bancarios y comerciales del Opus, necesitaríamos un extensísimo trazado y otros tantos para explicar sus planes, en plena ejecución, de infiltración en los principales organismo internacionales, en el gobierno de los Estados Unidos de América, en la Comunidad Económica Europea, en los centros de poder de América Latina. Además, todos nosotros conocemos en Uruguay las instituciones financieras, universitarias y medios de comunicación social que están en poder de miembros del “Opus” o mayoritariamente influenciados por ellos. Todo esto está fríamente calculado en su constitución secreta de 1950, antes referida, cuando en el artículo 7 se establece que, a pesar de que el Opus no tenga una específica forma de acción colectiva, actúa con los socios “mediante el ejercicio de funciones o cargos públicos, o a través de asociaciones legítimamente constituidas”. Dichas asociaciones –precisa el artículo 9– pueden ser culturales, artísticas o pecuniarias”, y se llaman “sociedades auxiliares”, las cuales están sujetas “a las autoridades de la jerarquía del instituto”.

El Opus Dei ha tenido un enorme poder en Roma. Su ascensión se vio coronada en 1992, por la beatificación de Escrivá de Balaguer, por parte de Juan Pablo II, apenas diecisiete años después de su muerte y luego de un proceso expeditivo, donde sólo se tuvieron en cuenta los testimonios positivos.

Su culto era hasta ahora restringido, como ocurre con todos los beatos, pero la condición de santo extiende la devoción obligatoriamente a toda la Iglesia Católica Apostólica Romana, con sus más de mil millones de fieles. ¿Qué dirían de esto las víctimas del nazismo y del franquismo en el mundo?

Los miembros del “Opus” se creen poseedores de la verdad absoluta. Así crean un Dios al que consideran idéntico al Dios en sí mismo y en el que proyectan sus prejuicios, egoísmos y dogmas. Así se discrimina, se tortura, se asesina y se violan los derechos sagrados del hombre en nombre del mismo Dios. Como masones no podemos ni debemos consentir estas conductas, ni por acción ni por omisión. La respuesta es simple: es el trabajo diario para hacer realidad los principios emblemáticos de nuestra orden: libertad, igual y fraternidad.

Referencias:

[box type=”shadow”]Por textos masónicos adicionales puedes consultar nuestra lista completa de trazados o granarquitectodeluniverso.com.[/box]

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