La religión de la Masonería (Joseph Fort Newton, 1927) – Cap. 4

Capítulo VI
El Templo de la Fraternidad

Un Dios y Padre de todos, sobre todo, a través de todo y en todo.
San Pablo

El universo rectamente considerado es una comunidad de hombres.
Cicerón

Todos los hombres son hermanos.
Confucio

Levántate y pulsa el arpa de la fraternidad.
Iphal

I

Si se nos invitara a que definiéramos la Masonería en una sola frase, podríamos decir que es el reconocimiento de Dios por la práctica de la fraternidad. O recordando una familiar, pero profunda frase de nuestro ritual, diríamos que es fraternalmente amor, beneficencia y verdad, pues por la práctica del amor fraternal y de la beneficencia aprendemos la verdad. De lo contrario, la suprema Verdad que no enseña el significado de la vida resulta una fe formalista, una filosofía discutida o una mera ficción (1).

Tal es el genio de la Masonería y su prudente arte de toda época. Sabe que no podemos conocer la verdad hasta que nos mostramos dignos de ella, la alcanzamos y la vivimos. Por esta razón, en tiempos antiguos no se les enseñaba todo a las gentes, como si la verdad fuese un tesoro a propósito para recibirlo más bien que un trofeo que se hubiese de conquistar. A nadie se le confiaba la verdad hasta que se le juzgaba digno de recibirla, porque el abuso de la verdad es terrible cosa de que resultan desastrosas tragedias como demuestra la historia. No todos son capaces de recibir las verdades superiores y mucho menos de usarlas debidamente. Por lo tanto, aun a riesgo de parecer como si negara su propia fe, a la verdad de la fraternidad humana, añade la Masonería esta otra verdad: la fraternidad humana depende de la valentía y fortaleza del hermano. A primera vista parece esto una contradicción, pero no lo es. Ambas verdades se equilibran, y cada una de por sí es imperfecta. La verdad de que todos los hombres son hermanos, aisladamente consideradas, suele caer en un vago y ensoñador sentimentalismo, tan abundante en nuestros días. De la propia suerte, la verdad de que el hombre ha de ser capaz de fraternidad puede conducir a un sentimiento de aristocrática vanidad. La Masonería armoniza sabiamente ambas verdades, considerando a cada masón como una piedra en bruto que se ha de labrar, escuadrar y pulir para convertirla en un sillar del Templo de la Fraternidad.

II

En nuestros nobles ensueños, confusa o claramente se nos aparece siempre la visión de un Templo en que juntos trabajamos como hermanos y obreros constructores. Es una necesidad, una inspiración y una profecía. Una de las supremas necesidades del hombre es el sentimiento del bien común, y que este bien colectivo ha de realizarse en comunidad de intereses y obligaciones.

Tan verdad es hoy como hace siglos la sentencia que dice: “Quien busca exclusivamente lo suyo, pierde las cosas comunes”, es decir, pierde lo suyo, porque nadie puede vivir por sí mismo. En una de sus poesías considera William Morris los problemas humanos como una enmarañada selva hasta que se los estudia a la luz del significado de la vida colectiva, cuando “al mirar al cielo vemos el resplandor de la clara luz que abrillanta los breñales”. Desde un principio, los videntes de la raza humana miraron al cielo en busca del significado y finalidad de la vida, de la meta de sus anhelos y aspiraciones, del propósito de la organización de la vida en el hogar, en la política, en la industria, en la moral convivencia y en la fe espiritual, tratando de señalar la salida de la “enmarañada selva” por donde vaga el hombre.

Platón soñó en una república ideal, pero su visión no nos satisface porque estratificaba la sociedad en castas. También tenemos la Ciudad de Dios, de San Agustín, escrita cuando Roma se tambaleaba próxima a su ruina, y otras Utopías como la de Thomas More, en las cuales vemos a la humanidad tratando de forjar un exacto concepto de la meta de sus esfuerzos y aspiraciones (2). Pero todos estos sueños palidecen ante la visión que resplandece en la mente del Instructor de Galilea, que nos dio un ideal adaptado a nuestra necesidad. En nada reveló el dulce Instructor más verdaderamente su grandeza que en su admirable fe en la común redención de la humanidad, al representársela viviendo bajo la ley de amor en dilecta comunidad aquí en la tierra. La llamó el reino de los cielos, para cuya descripción empleó todos los recursos de su incomparable lenguaje a fin que las gentes comprendieran real y vívidamente la verdad.

Si transferimos el ideal de Jesús al simbolismo masónico, tendremos la visión de un Templo viviente, noble, majestuoso, erigido lentamente en el transcurso de los siglos para albergar las sagradas posesiones del hombre, de modo que cada operario no sólo es un constructor, sino una piedra viva, cúbicamente encuadrada y finamente pulida para colocarla como sillar de la fábrica. Cada generación de constructores añadió una columna, un arco o una espira, así como el trabajo de muchas manos erigió las viejas catedrales cuya grandeza iguala a la arquitectura de las montañas. Cada generación de masones siguió edificando sobre lo que dejaron edificado sus predecesores. Por su amplitud, belleza y esplendor es la del templo viviente la más noble visión que ha tenido la tanteante mente humana, y suscita aún en la más roma inteligencia la idea de algo inmortal con la seguridad del profético significado de la vida. Tal es el bosquejo del Templo de Fraternidad trazado por la divina mano, y con relación a este Templo hemos de interpretar todas las instituciones y actividades humanas, pues en él tienen su sanción la Iglesia y el Estado, el arte, la industria, la ciencia y la vida moral. Allí cabe la esperanza de realizar el hermoso sueño de un mundo inconsútil, sin costura, en que el hombre uno esté unido con el Dios uno, en que todos los hombres se reconozcan hermanos como hijos de un mismo Padre en la tierra, en el cielo, sin solución de continuidad.

Además, cada masón halla en el Templo de Fraternidad el valor de su propia vida cuyo significado no podría conocer de otra manera más sencilla, clara y conmovedora, que relacionándola con el magno propósito del Maestro Constructor. El ideal del Templo nos emancipa de toda insignificancia y futilidad, y nuestros pasajeros días tienen divino significado y encierran consoladoras promesas, porque únicamente cuando nos alistamos en la falange de operarios del Eterno revela nuestra vida su eterna cualidad y su divina promesa.

III

Según hemos dicho, la base de nuestro Templo de Fraternidad es la realidad de la Paternidad divina, porque inevitablemente el concepto que tenemos de Dios determina el concepto que tenemos del prójimo. Si consideramos a Dios simplemente como una Potestad, no son hermanos los hombres. Si como un monarca, serán sus súbditos, pero no hermanos entre sí. Si Dios es nuestro Padre, como nos enseñó Cristo, entonces todos los hombres son hermanos. La realidad de una Filiación común nos liga en una común Fraternidad que no podemos eludir.

Las palabras de Jesús resumieron y glorificaron la sabiduría que le precedió; y sus enseñanzas pueden concretarse a su vez en sencillos términos: el amor fraternal del hombre y el reino de los cielos en la tierra (3). Dios, el Padre de todo, sobre todo y en todo y a través de todo, en cuya insondable Paternidad fueron amorosamente concebidos los hombres de todas las épocas y todas las razas con una sola naturaleza, unas mismas necesidades y un común destino. Sobre este inconmovible cimiento fundó Jesús toda su enseñanza. El espíritu de su religión fue que la idea de familia incluyese a toda la humanidad; su ley, el amor a Dios y al prójimo; su ideal, una Fraternidad en que realmente hallarán su fruición y complemento la vida individual y la vida colectiva. La Fraternidad no es un mero detalle de la religión, sino su esencia y gloria, y la Regla de Oro es el principio por el cual la podemos realizar.

En todas las enseñanzas de Jesús le oímos decir, que aunque tuviéramos la elocuencia de un ángel y entregásemos nuestro cuerpo a las llamas, nada seríamos si no tuviéramos caridad. En la parábola del hijo pródigo, aparece el hermano mayor con un carácter antipático porque se muestra enemigo de su arrepentido y andrajoso hermano. En la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, el rico levanta la vista desde el infierno en donde se halla, no por ser rico, sino porque no tuvo compasión del pobre Lázaro que mendigaba a sus puertas; y el recuerdo de la falta de caridad que había tenido con su prójimo le atormentaba más terriblemente que el fuego literal, porque el remordimiento le quemaba el alma.

Análogamente, en la parábola del buen samaritano rechaza Jesús a los sacerdotes, no porque lo fueran, sino porque se figuraban que Dios estaba en el templo para escuchar los cantos y las oraciones, sin ocuparse en las desgracias y penas de las gentes, cuando en realidad está por doquiera como invisible compañero del que tropieza y cae por el camino de la vida, y su verdadero sacerdote es el despreciado samaritano que socorrió a un menesteroso sin discutir de raza ni de religión. También domina el mismo espíritu en la parábola del Juicio Final en la que se concentran en espíritu y verdad las enseñanzas de Cristo. No se condenan los hombres por la heterodoxia de sus creencias dogmáticas ni por no creer en dogmas teológicos, sino porque no dieron de comer al hambriento ni vistieron al desnudo ni visitaron al enfermo y al preso; en una palabra, por su falta de fraternidad, para quien como para el exquisito poeta de nuestra Orden “el coronamiento de todo bien y la estrella de la vida es la Fraternidad”.

Tal debe ser nuestra intuitiva comprensión y más todavía nuestra práctica, si nuestro fraternal sentimiento no ha de disiparse como agua en cesto. Ha de arraigar en la profunda verdad en que todos los hombres son hijos de Dios; y por consiguiente, hermanos que han de compartir los bienes de la naturaleza y el indefectible amor de Dios, reflejado en el amor al prójimo, que tiene mayor interés por un semejante que por todas las riquezas materiales del mundo.

De la propia suerte, si no vivimos según las leyes de nuestra naturaleza superior, se nubla la belleza del mundo y o hemos de marchar cada cual por su lado o luchar unos contra otros en espantosa confusión. Para practicar la filosofía de la fraternidad hemos de saber que no se contrae a las sencillas relaciones de parentesco y amistad, sino que es el lazo que une a todos los hombres en espiritual parentesco y unidad; que la vida es compañerismo, mutualidad y servicio; en una palabra que hermana a los hombres en la paternidad de Dios (4).

IV

Seguramente preguntarán algunos: Si la fraternidad es la manifiesta voluntad de Dios respecto de los hombres, ¿qué fundamentos ha de tener en la naturaleza humana y en la vida práctica? Ante todo, la fraternidad es un hecho físico. La humanidad es esencialmente la misma en su estructura física; están forjados los cuerpos humanos en la misma fragua o vaciados en el mismo molde y tienen la misma configuración. San Pablo, en el discurso ante el Areópago ateniense, pronunció aquellas memorables palabras: “De una sangre hizo Dios todo el linaje de los hombres”, y esto es literalmente verdad por mucho que hiera nuestro orgullo. Si nos remontáramos a veinte generaciones atrás, encontraríamos para cada uno de nosotros más de cien mil ascendientes y el número llegaría a cinco millones si nos remontáramos a cincuenta generaciones.

En la Europa occidental no hay ni una reliquia neolítica que no sea familiar para cada uno de nosotros, manejada por sangre de nuestras venas. En verdad, todos somos parientes y nuestra sangre está mezclada sin distinción de raza, aunque los lazos de la carne no sostengan engarzado al mundo en el hilo de la vida.

También la fraternidad es un hecho intelectual. Sócrates descubrió que la naturaleza humana es universal. Mediante sus indagadoras preguntas observó que cuando los hombres piensan profundamente sobre un problema, denotan una mente común y un común sistema de verdad. Así se dio cuenta del parentesco y unidad mental del linaje humano, y que las ultérrimas conclusiones de las más esclarecidas mentes son armónicas, cuando no idénticas. De aquí se infiere que pueblos muy distanciados necesitaran valerse de los mismos símbolos representativos de conceptos filosóficos. La verdad referente a las primitivas manifestaciones del pensamiento es igualmente verdad en las ciencias y letras. Es universal. Un hecho observado en Egipto es comprobable en Inglaterra. No hay química alemana ni astronomía inglesa ni matemáticas rusas. Lo más excelente en Rusia, como sus novelistas, sus músicos y pintores no es ruso, es humano. Goethe y Schiller, Kant y Koch son parientes de Shakespeare y Darwin, de Hugo y Pasteur en el mismo reino de la mente, del que todo investigador de la verdad es ciudadano, todo poeta un magnate y un caudillo todo instructor. El reino de la mente no tiene límites, y hay allí discusión sin conflicto y emulación sin rencores porque el trofeo de cada uno es el trofeo de todos.

También la fraternidad es un hecho espiritual. Bajo las sectas que separan y sobre los dogmas que dividen hay una esencial unidad espiritualmente humana. Las religiones son muchas, pero la religión es una. Las fundamentales creencias y esperanzas de la humanidad son las mismas aunque difieren en interpretación y expresión, como difieren los hombres en grado de moral y espiritual desenvolvimiento. Las mismas verdades fundamentales reconocen los hombres de todas las épocas y de todas las razas. Los mismos deberes morales nos obligan según nuestra claridad de entendimiento para reconocerlos y nuestro valor para cumplirlos. En moral sucede como en música, que los instrumentos están separados, pero han de obedecer a las leyes de la armonía. Como dijo William Penn, todos los hombres justos pertenecen a una sola religión, y cuando la muerte les arrebate la máscara, se reconocerán unos a otros; pero felizmente, sabemos que no hemos de esperar la muerte para manifestar nuestro sentimiento de fraternidad.

Dice Albert Pike: A ingentes y ahora invisibles alturas de conocimiento y sabiduría se hubiese remontado el intelecto humano, si desde el día del diluvio obedeciera fielmente la humanidad alguna de las lecciones que le enseñaban las industriosas abejas, y reunidos los hombres en Logias practicaran sinceramente la caridad, la tolerancia y la fraternidad; y si así hubiesen procedido los que profesaban la fe cristiana, seguramente alcanzaran un inimaginable grado de dicha y prosperidad.

V

Desde este punto de vista, la única historia digna de ser escrita es la historia del desenvolvimiento de la fraternidad humana. ¿Cómo se abrió paso este ideal entre las rudas fuerzas de la naturaleza inferior?. ¿Cuánto ha intentado y hecho en beneficio de la humanidad?. ¿Cuáles han sido las condiciones de sus victorias, las causas de sus fracasos y cómo está hoy día en el pensamiento y conducta del hombre?. Estas son las preguntas merecedoras de respuesta. Sin embargo, por extraño que parezca, no se ha escrito todavía la historia de la fraternidad humana y hemos de esperar que aparezca el verdadero historiador de la humanidad. La historia escrita es a lo sumo la de los reyes y de las conquistas, la del hombre explotador del hombre (5).

En el futuro se han de escribir otra clase de historias, en las que aparezca el hombre comprensivo y servicial de su prójimo. La nueva historia se está ahora elaborando, a medida que se estrechan las relaciones internacionales, se acortan las distancias y el individuo va conociendo mejor a la colectividad. El gran descubrimiento de nuestra época no es el radio ni la radio, sino el de la unidad esencial del linaje humano. Es una verdad que nos hemos visto forzados a reconocer desde que la ciencia moderna ha aniquilado las distancias y acercado los términos del planeta. Por la misma razón estamos frente a cinco grandes problemas de urgente resolución y cada uno de ellos es un reto a la práctica de la fraternidad humana, y para resolverlos hemos de unirnos con lucidez de entendimiento y caridad de corazón sin perder de vista “el resplandor de la abierta luz”.

Ante todo, debemos en algún modo organizar la moral inteligencia y práctica capacidad del mundo y abolir la guerra, pues de lo contrario la guerra acabará con nosotros, y reducirá a cenizas humeantes el Templo del Hombre, como estuvo a punto de suceder en nuestra época.

En segundo lugar debemos afrontar la amenaza de una corrosiva anarquía con un profundo sentimiento de fraternal compañerismo y obligación en el cual cada individuo no cuente más que por uno, y todos se unan en el sacratísimo sentimiento de la común voluntad expresada en la ley, el orden y las actividades de la sociedad.

En tercera consideración tenemos que mientras las distancias fueron grandes y los pueblos vivían separados, no se notaba mucho razonamiento; pero hoy día el mundo se ha convertido en una casa de vecindad y se entremezclan varias razas, de modo que las relaciones entre las razas han de ser con el tiempo un agudo y vital problema. Si se convierte en un foco de irritación, será insoluble. Sólo la fraternidad puede resolverlo.

En cuarto término, la lucha industrial es irremediable si su solución se entrega a la acción de los extremistas, de modo que la lucha desquicie a la sociedad. También aquí nuestra única esperanza está en la gradual intensificación de los comunes intereses y responsabilidades, hasta que al fin los intereses privados sepan ponerse al servicio del interés general (6).

Finalmente, si la fraternidad es la cuarta dimensión de los problemas que hemos de resolver, se infiere de ello que nuestra más apremiante necesidad es la renovación espiritual, el reconocimiento de una común fe en Dios, el Padre, por la cual sirva el hombre al hombre como a su hermano. Necesitamos una más pura llama de visión moral que nos capacite para ver la verdad y obrar rectamente.
Porque es evidente que tareas tan transcendentales requieren fe en la recta ordenación del mundo, aquella fe que afirma, fortalece y santifica. Y tan vigorosos esfuerzos requieren también fe en la rectitud del mundo y de la humanidad. A menos que tengamos fe en el hombre, potencial o actualmente igual a lo que nuestra labor exige, se desvanecerán nuestras esperanzas y caeremos en la desesperación.

Así como hemos aprendido a usar de la naturaleza para superarla, debemos rehusar hacer del pasado del hombre la medida de su porvenir. De la propia suerte que hemos descubierto nuevas fuerzas en la naturaleza, hemos de creer que el hombre ha de actualizar nuevas potencias latentes en su interior. En una palabra, por medio de una de estas nuevas potencias podrá el hombre sobreponerse a la locura de rechazar el común sentimiento de cooperación.

VI

Tal empresa incumbe a la Masonería por su espíritu, su historia y su actuación; y a la poesía de la fraternidad añade un clarividente realismo de intuición y método. Su primer mandato es “Sea la luz”, y caminar en la luz significa que hemos de ver las cosas tales como son y tratar con realidades. Nadie puede computar demasiado altas las posibilidades del hombre; pero fácilmente podemos estimar en demasía sus alcances y sufrir una desilusión. La sabiduría de la Masonería está en que la primera condición de la Fraternidad es no ilusionarnos respecto de ella, pues de lo contrario se frustrarán las ilusiones, como sucedió a muchos que disgustados desertaron del campo de la Fraternidad (7).

La Masonería obra sabiamente en no intentar de pronto la Fraternidad universal sino que comienza por aproximación. Sabe que para tener Fraternidad es necesario tener antes hermanos, y a este fin se dirige su labor. De aquí que escoja de la masa general de la humanidad los anhelosos de Fraternidad, que parezcan capaces de cumplir los deberes a que obliga, y procura enseñarles a vivir fraternalmente en medio de una sociedad egoísta. Dicho de otro modo, la Masonería toma el mundo tal cual es y a los hombres tales como son, siempre imperfectos, a veces antipáticos, y considera meritoria la lucha por la Fraternidad no a causa de lo que son los hombres, sino de lo que en sí entrañan para llegar a ser. Creyente en el bien potencial del hombre subyacente bajo la superficie de malignidad procura aducir las mejores cualidades humanas y hacernos piedras dignas de emplearse en el Templo. Cómo lo efectúa no hay necesidad de manifestarlo aquí, excepto decir que la Masonería tiene un exquisito arte propio para disciplinar a los hombres, en fraternal rectitud. A la vivísima luz de la Logia vemos la vida tal como es, destituida de rango, pompa y poderío, y moviéndose sobre un plano de tiempo y muerte. Nos muestra muy claramente al prójimo con sus defectos, limitaciones, e ineptitudes; pero también con sus necesidades, sus luchas, su hambre de satisfacción, sus anhelos de verdad y belleza, con el frenesí de su vida. También nos muestra no menos claramente a nosotros mismos, con nuestros errores, egoísmos y repugnancias; y la primera lección de sabiduría es que desechamos toda ilusión acerca de nosotros mismos. Este conocimiento hace a los hombres prudentes y amables, pacientes unos con otros, deseosos de perdonar, dispuestos al auxilio, puesto que todos necesitamos la misericordia de Dios y el amor del prójimo. Con tan sencillos medios, apoyados en antiguos y elocuentes símbolos, con espíritu de verdad, caridad y compañerismo, la Masonería predispone a los hombres para ser obreros del Templo de la Fraternidad. En el estrepitoso clamor del mundo nuestra sabia Masonería no vocea ni grita roncamente ni se agita ni formula programa. Trabaja silenciosa y suavemente enseñando a los hombres la religión de la vida fraternal, pues sabe que cuantos más hombres haya en el mundo de “amplio corazón y auxiliadora mano” más pronto se realizarán nuestros sueños de un más justo, dulce y feliz mundo futuro, con la final esperanza del reino de Dios en la tierra. Lentamente se levanta el Templo, edificado por el amor de muchos corazones y la lealtad de muchos obreros hasta que al fin quede completo y dedicado.

Todavía la Nueva Era está como medio construido edificio que hacia el firmamento se levanta, abierto a todas las amenazas de tormentas que rugen en derredor. El andamiaje oculta las paredes y caliginoso polvo flota y cae mientras moviéndose de un lado a otro, trabajan con ahínco los masones en su tarea.

NOTAS AL CAPÍTULO VI

(1) Traté de exponer en mi obra: The Great Light in Masonry la fe y filosofía de la fraternidad desde el punto de vista masónico, y no voy a repetir aquí lo allí expuesto, salvo un bosquejo a modo de recuerdo. En primer lugar, el concepto masónico de la vida significa que estamos en el mundo para hacer algo y llegar a ser algo. Dios hizo la tierra, el mar y el firmamento, pero no abrió caminos ni edificó casas, que debe construir el hombre. En segundo lugar, si el hombre ha de construir algo permanente, debe fundarlo en la voluntad de Dios, pues de lo contrario, edificará sobre arena su casa y las lluvias la derrocarán. En tercer lugar, el hombre no puede conocer la voluntad de Dios y mucho menos cumplirla, sin el auxilio del mismo Dios, que la Masonería le enseña a impetrar por medio de la oración, la obediencia y la fidelidad. En cuarto lugar, la voluntad de Dios es manifiestamente favorable a la unidad del linaje humano, y Su propósito es la fraternidad, y como dijo Conrad, la historia es el registro de la desesperada lucha por la fraternidad en contra del egoísta aislamiento del hombre. Por último, así aprendemos a edificar solidariamente, a fin de terminar y dedicar el Templo de la Fraternidad, que es la meta de la Masonería. (Speculative Masonry, por A. S. MacBride).

(2) Aunque todas las grandes religiones del mundo enseñan la fraternidad humana como un dogma fundamental de fe, la base en que la apoyan difiere en cada caso. Por ejemplo, el budismo basa la fraternidad en la creencia de que todos los hombres están sujetos al sufrimiento y deben hermanarse por simpatía. Es una piadosa fraternidad. El mazdeísmo afirma que los hombres son hermanos porque todos han de alistarse en el ejército de la gran guerra cósmica de la luz contra las tinieblas. Es una fraternidad militar. El confucionismo basa la enseñanza en el sentido di la común tarea de favorecer la evolución de la humanidad. Es una fraternidad de servicio. El cristianismo funda la fraternidad sobre la más amplia y profunda verdad de la Paternidad de Dios. Es posible sintetizar todas estas profundas y hermosas verdades en una más comprehensiva visión, como se entrefunden los instrumentos de una orquesta, si recordamos las palabras del vidente en el libro sagrado de China: “La humanidad es el corazón del hombre y la justicia su sendero. La mente amplia ve la verdad en las distintas religiones; la mente estrecha sólo” ve las diferencias”. (Comparative Religion and The Religion of the Future, por A. W. Martin).

(3) La esencia de las enseñanzas de Jesús, su profunda y gozosa experiencia de la divina Paternidad, su identificación con los dolores de la humanidad con cuyos pecados cargó; y su emancipadora visión del reino de los cielos, se encuentran en obras tales como The Jesús of History, por T. R. Glover; la titulada By An Unknown Disciple, de autor anónimo y una de las mejores escritas; The Young Man From Jerusalem, por W. C. Balantine, de exquisito y profundo significado; Toward the Understanding of Jesús, por W. C. Simkovich, uno de los más eruditos ensayos de nuestra generación; y el primer capítulo de la segunda parte de Jesús Man of Genius, de Middleton Murry, de extraordinario valor por su interpretativa intuición y notable estilo.

(4) Un análisis y exposición de la metafísica de la Fraternidad, tan erudita como aleccionadora, se encuentra en la obra: Self and Neighbor, por E. H. Hirst, que trata de la psicología y de filosofía y moral de la Fraternidad. El último capítulo interpreta la aplicación del principio de fraternidad a las complejas vicisitudes y circunstancias de la vida, demostrándonos cuan fácil es emplear en nuestro trato con el prójimo frases amables y cuán difíciles concretarlas en hechos positivos. La verdad puede ser sencilla, pero su aplicación es muy complicada. Quienes gusten de sólidos manjares mentales debieran leer conjuntamente con este libro el titulado: The Reconstruction of the Spiritual Ideal, por tánica moral si hemos de tener una viviente religión de fraternidad. Dicha obra es una de las mejores de nuestra época.

(5) Por extraño que parezca no se ha escrito ninguna historia particular de la Fraternidad humana, en cuanto alcanzan mis noticias, a no ser que consideremos como tal The Outine of History, de H. C. Wells, y The Human Adventure, por Breasted y Robinson, cuyo intento fue mostrar indirectamente, la unidad del linaje humano y lo necesario de la fraternidad. De todos modos se ha intentado lograr el reconocimiento de que debe llegarse al positivo bienestar de la humanidad en conjunto, que ha de tener por base la fraternidad universal. Los propagadores de la fraternidad en Inglaterra han editado la hermosa obra Tlie Growth of Brotherhood, por A. T. Dakin, que señala el pausado desarrollo del sentimiento de solidaridad en la decadente civilización romana entre los años 50 y 430 de nuestra era; en la naciente civilización cristiana medieval del 405 al 1500; y en la creciente civilización de 1500 en adelante. Además debo citar The Challenge of Brotherhood, de Tom Sykes, querido amigo mío, con quien fui por toda Inglaterra predicando la fraternidad cuando estaba agotada por la guerra y entenebrecida por la aflicción. Es muy necesaria una verdadera Historia de la Fraternidad; pero es una de las cosas que henos de aguardar, y uno de sus capítulos ha de ocuparlo la Masonería.

(6) La historia no ha conocido época alguna tan a propósito como la presente para el arraigo de la Fraternidad en un mundo solidarizado en multitud de aspectos, en el que el hombre va aprendiendo a vivir en comunidad. Ha llegado a ser necesario el hermoso sentimiento de fraternidad en vista de la enorme presión de los hechos que van sobreviniendo. Pero la fraternidad se ha de transmutar de sentimiento en conocimiento, de emoción en raciocinio si ha de llegar a su plenitud el sentimiento de solidaridad que fue más amarga, pero provechosa lección enseñada por la guerra mundial. En un mundo la Masonería, la más antigua y magna fraternidad conocida de los hombres, ha de hacer su obra. ¿Cómo se comportará la Masonería con esta admirable época y cómo se colocará a nivel de la oportunidad que le depara?. ¿Es una ciencia progresiva como dice ser?. ¿Puede la Masonería unirse en una común empresa con el Bien general en servicio de la humanidad?. ¿Qué porvenir aguarda a la Masonería?. Estas preguntas están discutidas en un artículo titulado The Future of Masonry en la revista The Master Masón, vol. 2, pág. 43. En resumen: ¿llegará a ser la Masonería el sepulcro de un ideal o el centro de una fraternal y creadora empresa?

(7) Dice John Galsworty en su obra: Fraternity: “Acaso las gentes que tienen lo que se llama un bajo concepto de la naturaleza humana son más tolerantes, comprensivos e indulgentes que quienes considerando lo que la naturaleza humana pudiera ser, propenden a odiar lo que la naturaleza humana es”. Añade Félix Adler en The Ethical Standard: “¿Cuál es el radical mal del mundo? A mi modo de ver es la mezquina estimación que de sí mismos hacen los hombres. Es su animalidad en contraste con su espiritualidad. Es que se figuran que son animales, aunque de orden superior, y no seres espirituales. Indudablemente, el hombre es un animal; pero es algo más. En su breve vida está inscrito un jeroglífico de eterno valor. No es el hombre un mero producto de la naturaleza, una simple ola en la corriente del tiempo que se levanta y se desvanece dejando tan sólo por señal un escarceo en la superficie”. No hay oposición entre estas dos afirmaciones. Cada una es el complemento de la otra. La tragedia de nuestra época es que estamos perplejos entre un cínico realismo y un sentimental idealismo; uno que no espera nada y otro que lo espera todo de la naturaleza humana. Ambos yerran; y la Masonería es sabia al evitar la falsedad de los extremos. El hombre es capaz de Fraternidad y un candidato a ella, aunque al presente esté todavía muy lejos de practicarla.

[box]Fuente en línea: https://www.scribd.com/doc/229278173/Fort-Newton-Joseph-La-Religion-de-La-Masoneria[/box]

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