La Orden del Temple y el Papa Clemente V

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La Orden del Temple y el Papa Clemente V

Alfredo Corvalán

 

 

Introducción

        Para una mejor comprensión del material que someteré a consideración de los queridos hermanos, es necesario hacer algunas aclaraciones previas.
En primer lugar, debemos señalar que la bibliografía templaria es muy vasta y se cuentan por centenas las obras, documentos, publicaciones y archivos sobre la materia, desde siglos atrás y en particular en los últimos años.

Sello de la Orden del Temple.

Sello de la Orden del Temple.

       En segundo lugar, es obvio que existen diferencias sustanciales entre las conclusiones a que arriban los investigadores del misterio templario. Las mismas dependen, en parte significativa, de si estos investigadores tienen o no formación iniciática. Los profanos no pueden ver las realidades ocultas que sí podemos ver los iniciados.

        Por último, para nuestro trabajo es sustancialmente importante el aspecto esotérico de la Orden del Temple, tomado el término en su significación restringida (lo interno, lo subjetivo), pero no lo es menos el aspecto exotérico, lo histórico, puesto que la realidad es una sola (con sus dos caras: lo subjetivo y lo objetivo).

El siglo de hierro: la degradación del Vaticano

        El contexto histórico de la Orden del Temple (templo, en francés) coincide con la época de las cruzadas, que se extiende desde la última década del siglo XI hasta la última del siglo XIII. Éste podría ser el contexto estricto, pero para una mejor comprensión del tema, es necesario referirse a épocas anteriores y posteriores a la señalada. En particular, el llamado “siglo de hierro de la Iglesia de Roma”.

         Ricardo de la Cierva es autor de una importante obra, editada en España, titulada Templarios: La Historia Oculta, las Cuatro Dimensiones del Temple. En la misma, su autor, después de confesarse “hijo de la Iglesia [Católica], traza, creemos que con total sinceridad y autenticidad, un cuadro desolador de la Iglesia de Roma en aquellos años. Tal cuadro trataremos de sintetizarlo.

          El Imperio Romano y la Iglesia experimentaban –dice de la Cierva– una degradación paralela y muy peligrosa. Obligado por los nuevos dueños de Roma, el Papa Esteban VI convocó un concilio en San Pedro ante el que llevó el cadáver del Papa Formoso, desenterrado después de nueve meses en su tumba. La asamblea se conoce en la historia de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana como “Concilio Cadavérico” y constituye seguramente el episodio más indigno y macabro de esa historia. Un diácono aterrado se situó a la derecha de la momia de Formoso, revestida con sus ornamentos medios putrefactos, e iba contestando a las preguntas que sobre toda la vida de Formoso le hacían sus juzgadores ante el Papa reinante.

Vestimenta templaria.

Vestimenta templaria.

          Allí mismo se cumplió la horrible sentencia. Se anularon todos los actos de Formoso, a quien se degradó y desnudó hasta que apareció su cilicio (faja de hierros ceñida al cuerpo para mortificación) clavado a la carne renegrida. El cadáver fue arrojado sin más ceremonia al próximo río Tíber y se perdió en la corriente. Tal fue el horror de Roma, así como de toda la cristiandad cuando se difundió la noticia del Concilio Cadavérico, que las familias nobles partidarias de Formoso organizaron otro motín, derribaron a Esteban VI y nombraron Papa a Romano, presbítero de San Pedro, que falleció a los once meses, en octubre de 897, para dar paso a otro Papa efímero, Teodoro II, que con sólo tres semanas de pontificado no tuvo tiempo de convocar un sínodo, rehabilitar a Formoso y convalidar, como era su deseo, todos los actos y las ordenaciones anuladas por el Concilio Cadavérico. Al saberse que un ermitaño había encontrado el cuerpo de Formoso varado en un recodo del río Tíber y que le había enterrado piadosamente, el ajetreado cadáver del Papa fue traído de nuevo a su tumba de San Pedro y enterrado definitivamente con todos los honores.

          Pero esto no era lo peor. El escritor católico Ricardo de la Cierva relata, con lujo de detalles, la aventuras de Marozia, bella romana de sólo veinte años, hija de Teodora y de Teofilacto, jefe de la milicia armada de Roma, una especie de prefecto del pretorio en versión cristiana. Teodora era amante del ya viejo Papa Sergio III, a quien le dio un hijo con amplísimo eco en la cristiandad. Sergio III murió en su cama, lo que ya era un triunfo para la convulsionada Santa Sede de la época, el 14 de abril de 911. Más tarde fue elegido como sucesor de Sergio III, el Papa Anastasio III, que reinó algo más de dos años; luego Lansón solamente seis meses, hasta que llegó el año 914, cuando Teodora la mayor, es decir, la esposa de Teofilacto y madre de Marozia, impuso como Papa a su protegido y amante Juan X.

           Más tarde Marozia, que ya era esposa de Guido, marqués de Toscana, y hermanastra del Rey de Italia, Hugo de Provenza, entra en conflicto con este Papa, a quien ordena encerrar en una mazmorra en el castillo de Santágelo, donde lo hizo sofocar con una almohada. Nadie se atrevía a contradecir a Marozia, que designó sucesivamente en breve lapso de tiempo, por su dominio absoluto del Colegio Electoral, a tres Papas. Primero, a León VI, que duró seis meses. Luego, a Esteban VII, que aguantó dos años. Y por fin logró el sueño de su vida: sentar en la silla de San Pedro a su propio hijo Juan XI, enteramente sometido a su madre, que gustaba usar el título de “Senadora”. Y entonces pretendió el imperio.

          Las historias –mejor dicho, los escándalos– siguen por muchos años más. Basta decir que en el año 995 fue elegido Papa Octaviano, con el nombre de Juan XII, de este modo la difunta Marozia consiguió algo que después de ella nadie se atrevió intentar. Porque fue, en efecto, amante de un Papa, madre de otro, asesina de otro y abuela de otro.
Veamos qué dice al respecto el escritor “hijo de la Iglesia”, Ricardo de la Cierva: “Algunas publicaciones católicas de nuestro tiempo tratan arriesgadamente de disculpar a varios Papas del siglo de hierro con la excusa que eran muy jóvenes. Desgraciadamente la excusa no vale. Eran, sí, jóvenes, pero su personalidad estaba viciada de raíz y poco hicieron para remediarlo, tal vez no podían. Los historiadores católicos se obstinan en ocultar, por ejemplo, los disparates de Juan XXII que resumiré en una sola frase: superó ampliamente a su abuela Marozia. Por ello creo que en este caso y en otros tienen la razón los historiadores protestantes cuando denominan “pornocracia” al período que corre entre Sergio III y Juan XXII, es decir, entre el amante y el nieto de Marozia”.

          ¿Cómo continuó este proceso, por lo menos durante el siglo de hierro? El citado autor nos dice al respecto: “Toda Italia, en medio de toda la cristiandad, acabó por hartarse de la abyección que tenía su antro en el Palacio Pontificio de Letrán. Toda Italia llamó al rey de Alemania, Otón I, hasta el oportunista Juan XII; que, viéndose perdido, le coronó emperador de Occidente en el año 962. Pero el nieto de Marozia no podía terminar sus días con un ejemplo de sentido común y concordia. Se rebeló inmediatamente contra Otón, que regresó y le depuso después de juzgarle y condenarle en un sínodo por los delitos de celebrar ordenaciones en una cuadra, practicar la simonía al ordenar por dinero obispos a niños de diez años, convertir el palacio de Letrán en el más afamado lupanar de Roma, castrar y asesinar a dignatarios de la corte, brindar a la salud del diablo, invocar a los dioses paganos y rechazar el signo de la cruz. Perdió la silla de Pedro, pero cuando se marchó el ejército imperial regresó a Roma y volvió a instalarse en Letrán. Naturalmente que Otón volvió también, decidido a terminar con el monstruo. No pudo llegar a tiempo. Juan XII murió antes de apoplejía, sin recibir los sacramentos y, según creyó la cristiandad entera, herido por la mano del demonio. Era el 14 de mayo del año 965”.

         Antes de terminar la ejemplificación de esta etapa degradante del catolicismo (aunque hubo otras, como la de la inquisición), que exigía una profunda reforma, digamos dos cosas:

1 – La pugna entre el pontificado y el imperio pudo plantearse después de la descomposición de la dinastía carolingia y el consecuente advenimiento del feudalismo, sistema estimulado por la jerarquía del Vaticano y la degradación de la propia Iglesia, como acabamos de ejemplificar. En rigor no era, durante el siglo de hierro, una antítesis entre la fe y el poder político, sino apenas una disimulada lucha por el poder político al que los Papas indignos pretendían condicionar gracias a la potestad pontificia de otorgar la corona imperial.

2 – La práctica corrupta y generalizada de la simonía, que consistía en la venta por dinero de la investidura para los cargos eclesiásticos que hacían los señores feudales dentro de sus jurisdicciones, al mejor postor como cosa normal.

La Orden del Temple

         A los Templarios se les han dado diferentes denominaciones. Los monjes guerreros, los caballeros de la luz, los banqueros y descubridores del nuevo continente. En todos sus emprendimientos demostraron un alto grado de profesionalismo. En lo guerrero, nuevas estrategias; en lo financiero, revolucionaron la actividad. Fueron los que establecieron el “primer cajero automático”. Sus clientes depositaban valores en una ciudad y las retiraban en otra, sin estar sujetos a los peligros que en esa época se corrían al llevar valores a través de territorios peligrosos. Además, financiaron a diferentes reinados mediante préstamos, con el correspondiente interés.

Caballeros templarios.

Caballeros templarios.

          Muchos denominaron al Temple una sociedad secreta. No debe considerarse con ese término. Era discreta, ya que sus miembros eran conocidos y, además, su “regla” o reglamento es de conocimiento. Fueron apresados, procesados y condenados sin que en las actas, producto de estas acciones, se indicara claramente y se comprobara las acusaciones a las cuales fueron sometidos. Llama poderosamente la atención que en los últimos años se haya publicado una serie de libros sobre el Temple que considero una insistencia de analizar tan interesante movimiento y además determinar el camino que siguieron luego de su paso por Portugal e Inglaterra. Ello va unido al misterio del tesoro del Temple, en donde se especula que metales preciosos de nuestro continente podría haber sido la fuente de ello.

         Algunos historiadores se han detenido a analizar el inicio de esta Orden. Hacen hincapié en que fueron 9 caballeros los que durante 9 años en un entorno de silencio y discreción estuvieron en el Templo de Salomón, que si bien se encontraba en ruinas, podría haberles permitido obtener una serie de conocimientos cuyos límites lindan en la especulación más absoluta. Tesoros, manuscritos y eventualmente el Santo Grial.

Dimensiones del Temple

Podemos distinguir cuatro dimensiones del Temple:

Religiosa: El Temple era una Orden religiosa en sentido pleno, con votos solemnes de pobreza, castidad y obediencia, más un cuarto voto de defender y preservar la Tierra Santa y el sepulcro de Cristo. Formaba parte de esa primera dimensión religiosa la condición de la Orden del Temple como milicia de Cristo, a las órdenes y bajo la dependencia directa del Papa.

Militar y estratégica: El Temple era, junto con la Orden del Hospital, el núcleo del ejército que defendía en forma permanente el reino cruzado de Palestina, y que consideraba también la posible conversión de la gran reserva militar de retaguardia del Vaticano.

Económico-financiera: La Orden del Temple se convirtió relativamente pronto en una multinacional de las finanzas, un auténtico sistema bancario, el más importante de su tiempo, un emporio de riqueza y por tanto de poder.

Dimensión esotérica: Constituida por el mensaje que nos legó, a través de los símbolos impresos en las piedras de las catedrales góticas, de sus iglesias, encomiendas y ermitas, en sus ritos iniciáticos y en viejas leyendas, que encubrían la sabiduría de los maestros de Obra, empeñados en la Obra Universal.

          En síntesis, la Orden del Temple fue una doctrina secreta que estaba reservada a un grupo selecto de altos jefes del Temple, iniciados en la Orden secreta que existía dentro del mismo.

        Clemente V y el proceso y disolución de la Orden del Temple

          El siglo XIV entró para los templarios envuelto en una inusual, pesada y densa paz.
En todas sus comandarías y posesiones se respiraba el ambiente tradicional, trabajos y oración, golpes de azada y de campana. Los encargados de las finanzas trabajaban constantemente, el poder económico y estratégico de la Orden del Temple estaba más que consolidado. Su gran maestre, Jacques de Moley, y el capítulo general residían en Chipre, por entonces su base más avanzada de cara a ultramar, esperando una ocasión para reconquistar Tierra Santa y vengar los desastres de Tiro, Sidón, San Juan de Acre y tantos otros. Esperaban una oportunidad para volver a poner los pies en el sagrado suelo de Jerusalén y no volver a abandonarlo nunca más.

        Pero sí la Orden en esos momento era un auténtico gigante, un coloso, no era menos verdad que tenía los pies de barro.
Su debilidad la propiciaba precisamente su riqueza (enorme para la época), su poderío militar (incontestable), y su numerosísima lista de propiedades, pero sobre todo una situación que no se podía negar. Con la pérdida de la Tierra Santa se habían quedado los templarios, aparentemente, vacíos de contenido.

[box class=”pull”]En síntesis, la Orden del Temple fue una doctrina secreta que estaba reservada a un grupo selecto de altos jefes del Temple, iniciados en la Orden secreta que existía dentro del mismo.[/box]

         Ya no había peregrinos a los que proteger ni castillos que guardar, ni fronteras que defender; estaban parados, sin una misión aparente inmediata. Su propia mecánica interna continuaba funcionando, creando riqueza y trabajo, pero ya no tenía salida tanta potencia, les faltaba aparentemente su razón de ser. Fue en este momento de máxima pujanza cuando comenzó su dramático, inmerecido y cruel final.

         En aquella situación, una de las mentes más lúcidas, calculadoras, criminalmente ambiciosa, vengativa y falta de escrúpulos de la época, puso sus ojos en la riqueza templaría.
Nos referimos naturalmente, al rey francés Felipe IV, llamado “el Hermoso”. Este monarca arrastraba ya un penoso historial, de enfrentamientos graves con la Iglesia y una situación extremadamente inestable para con su propio pueblo, al que entre otras cosas engañó (o intentó engañar), alterando la moneda. El pueblo se sublevó y arremetió contra el falaz monarca, quien, como tabla de salvación, se agarró al Temple, refugiándose en su poderoso castillo de París.

Papa Clemente V (1264-1314).

Papa Clemente V (1264-1314).

          Eso ocurrió en 1305. Para encontrar una solución, confiscó los bienes de la población judía y la expulsó de Francia. Su situación económica era mala, tenía importantes deudas contraídas, entre otros, con la Orden del Temple. Estas deudas, que eran apremiantes, hipotecaban toda su obra.

          Entre 1297 y 1300 Felipe “el Hermoso” pidió prestado al Temple casi un millón de florines.
Por aquel entonces sus relaciones con la Orden del Temple no podían ser mejores, incluso el Gran Maestre de los templarios era padrino de uno de sus hijos.
Jesús Fuentes Pastor, en la obra antes citada, describe con crudo realismo las conductas del rey y del Papa.

         Al respecto dice, entre otras cosas, lo siguiente: “Felipe, llamado el ‘Hermoso’ había ‘regularizado’ su grave situación con la Iglesia, debido a su criminal conducta con el Papa Bonifacio VII, al que envió una tropa de mercenarios mandados por Saciara Colonna, que secuestraron y agredieron al ya anciano pontífice, el cual falleció poco después a causa del mal trato recibido”.

         En definitiva, Felipe el “Hermoso” logró el control de la Iglesia cuando dominó completamente a quien iba ser el nuevo Papa, un tal Bertrand de Gogh, obispo de Conmines. En San Juan D’Angely tuvo lugar una entrevista entre el aspirante a Papa y el rey Felipe IV, y éste le hizo jurar sobre una sagrada forma –relata Fuentes Pastor– que cumplirá un programa de seis puntos antes de su elección. Durante los cinco primeros Felipe solucionó todos sus problemas con la Iglesia, y además fue nombrado “celador de la fe y las buenas costumbres”. Bertrand de Goth aceptó con la condición de nombrar a un buen número de familiares suyos cardenales de la Iglesia, afín de no quedar desprotegido a la hora de las votaciones.

        Nace así un nuevo Papa: Clemente V, es coronado en Lyon, el 15 de noviembre de 1305.
Por otra parte, el historiador francés Michel Lamyen en pocas líneas desnuda la personalidad de este Papa. Así dice: “Inmediatamente después de su elección, se había dirigido a Burdeos seguido de una nube de cortesanos y servidores. Por todas partes por donde pasaba pretendía que se le recibiera suntuosamente, y no se marchaba hasta que las reservas locales no estuvieran agotadas. Su corte se comportaba como en un país conquistado y se pasaba de la raya con creces.

          Las exacciones fueron tales, que levantaron ampollas. Para defenderse, Clemente V declaró: ‘Somos hombres, vivimos entre hombres y no podemos verlo todo, no tenemos el privilegio de la adivinación’. No obstante, sí había algo que Clemente no podía ignorar, y era que durante su estancia en Lyon había sacado sumas enormes a los abates y obispos de Francia; quienes, por necesidad de sus propios asuntos, se habían dirigido a la corte. Existe unanimidad entre los cronistas de aquel tiempo.

         Éste sería el Papa, sin ninguna autoridad moral, que con su cobardía le permitió a Felipe el “Hermoso” consumar el despojo, la humillación y el exterminio de la Orden del Temple.
Por razones de tiempo y espacio no es posible desarrollar aquí el ignominioso proceso de la inquisición, basado en las declaraciones de un ex presidiario, un tal Esquín de Floyrac, quien a su vez se las habría hecho a un templario también en presidio y expulsado de la Orden.

         Inmediatamente después de la detención masiva de los templarios de Francia, incluidos sus altos jefes, ordenada por Felipe IV, a pesar de que la Orden estaba bajo la jurisdicción exclusiva del Papa, debía comenzar los interrogatorios con aplicación sin límite de la tortura. Era fundamental obtener “confesiones” amplias y abundantes, había que obtener “pruebas” para presentarlas ante el Papa.

          El cuestionario preparado por los inquisidores, sobre la base de las denuncias del ex presidiario Floyrac, constaba de los siguientes y peligrosos conceptos:

  1. Si cuando eran admitidos en la Orden, en el principio de los ritos, habían adjurado a Cristo, a Dios, a la Virgen y a los Santos.
  2. Si habían negado a Cristo, o Dios verdadero, si había crucificado o padecido por el género humano.
  3. Si habían afirmado que habían sido seudo profeta y padecido sólo por sus delitos.
  4. Si creían que el maestre de la Orden no tenía Órdenes Sagradas, y si podía por medio del sacramento de la penitencia liberar el alma de sus súbitos, de las manchas y pecados y si ejecutaba esto.
  5. Si discurrían que aquellas cosas que estaban ocultas en sus estatutos eran injuriosas a la ortodoxa romana Iglesia y si incluían crímenes y errores.
  6. Si al mismo tiempo de entrar en la Orden les enseñaban que podían usarse recíproca y lascivamente, y que estando podían hacerse y que por ello no incurrían en pecado alguno, y si enseñaban esto también a los novicios.
  7. Si habían jurado solicitar la extensión de su Orden aún más que lo que fuese e inducido a que jurasen esto a otros.
  8. Si el que los admitía en la Orden les instituía que no tuviese puesta en Cristo Dios, esperanza de su salvación.
  9. Si habían escupido o pisado la cruz o imagen de Cristo Dios, o si en el día de viernes santo u otros habían cometido mayor sacrilegio.
  10. Si habían adorado con adoración divina a un gato, ídolo o simulación semejante, fingido en las grandes juntas o entre lugar del congreso de los frailes, o esperando de él riquezas y abundantes frutos de la tierra y de los árboles.
  11. Si con el cíngulo que ceñía las carnes o la cintura habían tocado con él algún ídolo.
  12. Si habían besado a los novicios jovencitos en forma lasciva e indecente.
  13. Si cuando celebraban habían omitido las sagradas palabras de los 
misterios y consagración.
  14. Si tenían por maldad y atrevimiento depravado cometer excesos.

         Los procesos verbales habían sido redactados sin mencionar las protestas de inocencia, sólo debían contener las confesiones de culpabilidad.
Los interrogatorios fueron de diversas clases, al Gran Maestre y a oficiales de la cúpula templaría se les interrogó con sibilina sutileza, con diálogo no exento de violencia, a veces con tortura. Para los demás templarios el nivel de aplicación de la tortura fue brutal y sistemático. No es extraño pues que hubiere confesiones, que se airearon reiteradamente.
Los otros, los que prefirieron la muerte al deshonor o no soportaron la tortura, fueron hechos desaparecer discretamente.

        Del interrogatorio a Jacques de Molay, el rey consigue ya un éxito espectacular. No solamente declaró su culpabilidad en los cargos, sino que además se comprometió a hacerlo públicamente ante la Universidad de París. El 25 de octubre, de Molay reconoció haber tomado parte en los abominables crímenes de los que se acusaba a los templarios y, llegando más lejos, envió una carta a todos los prisioneros, recomendando hiciesen una amplia confesión.

          El efecto que todo esto conllevó fue demoledor; los templarios, que soportaban el tormento defendiendo así su inocencia, se vieron de pronto desprotegidos de apoyo moral, se vieron traicionados.
El Papa, teniendo en cuenta la confesión pública de Moley, ordenó que le aplicaran el cuestionario antes transcripto a todos los templarios, con la necesaria tortura. Felipe IV hizo que el hermano de uno de sus hombres de confianza (Felipe de Marigny, arzobispo de Sens) reuniera un concilio provincial y condenara a morir a fuego lento en la hoguera a un grupo de cuarenta templarios, algunos de los cuales querían ser testigos de defensa de otros prisioneros. La sentencia se ejecutó el 12 de mayo de 1310.

          El 16 de octubre de 1311 inició sus sesiones el concilio de Vienne. Ya en las primeras quedó de manifiesto que no podían condenar la Orden sin oír previamente su defensa, y que no existían suficientes pruebas para su condena. El monarca francés se presentó en la ciudad donde se efectuaba el concilio con un fuerte destacamento de tropas. La coacción a todo el concilio era evidente. Ante la misma, Clemente V pidió nuevamente opinión de los congregados y tomó una decisión histórica. Suprimió la Orden del Temple por vía de provisión, sin fallo condenatorio, casó y anuló del todo la Orden del Temple, reservando a la Iglesia, las personas y bienes de la misma, el 13 de abril de 1312.

         Así Felipe el “Hermoso” había conseguido solucionar varios de los problemas que tenía y consolidó su posición económica a costa de la felonía y el crimen, a costa de mucha sangre y del honor de la Iglesia. Pero aún quedaba un asunto delicado por solucionar: el de los grandes oficiales de la extinta Orden; que hacía, ni más ni menos, cinco años que permanecían en prisión.

          Para ello, los tentáculos de Felipe IV siguieron moviéndose y en marzo de 1314, sin más trámites, fueron condenados a prisión perpetua, naturalmente el tribunal fue integrado por los individuos allegados al rey. Pero de pronto ocurrió algo con lo que no contaban. El que fuera Gran Maestre, Jacques de Molay, junto a Godofredo de Charnay, de forma tan repentina como vehemente, se retractaron de sus confesiones de culpabilidad, y dijeron que fueron arrancadas sólo por la tortura y que la Orden del Temple fue siempre cristiana y santa.

Felipe El Hermoso y Juana Castilla.

Felipe El Hermoso y Juana Castilla.

          Los cardenales y demás miembros del tribunal, ante la nueva postura de los dos reos, los entregaron a la justicia del rey para su custodia y así poder deliberar qué hacer con ellos.
Se les anticipó la decisión de Felipe IV, quien mandó que fuesen quemados por “relapsos” (arrepentidos), inmediatamente.

         Gerard de Séde en su obra Los Templarios están entre nosotros nos dice: “Siempre hay un informador en los grandes acontecimientos. Aquella tarde, entre la muchedumbre hostil, estaba el poeta y cronista Geoffroy de París. El Gran Maestre que vio el fuego preparado, nos dice, se despojó de sus ropas sin vacilación. Lo cuento como lo vi. Se puso en camino, completamente desnudo, con presteza y buena cara, sin temblar en absoluto aunque mucho le zarandearon y empujaron. Lo cogieron para atarlo al poste y cuando le ataban las manos con la cuerda, dijo a sus verdugos, al menos dejadme juntar las manos, pues este es el momento propicio. Voy a morir pronto, Dios sabe que es equivocadamente. La desdicha llegará pronto a los que nos condenaron sin justicia, Muero con esta convicción. A ustedes señores, vuelvan mi cara hacia Notre-Dame, se los ruego. Se les concedió su petición y la muerte le llegó tan dulcemente en esa postura que todos nos quedamos maravillados”.

            Un mes más tarde, el 20 de abril, Clemente V murió en Provenza. Todavía se puede ver su estatua en porche de la catedral de Burdeos. Hace tiempo unos bárbaros desconocidos le cortaron la mano derecha, como se hacía antaño con los parricidas. En el mismo año, Felipe el “Hermoso” terminó sus días en Fontainebleau. Un jabalí le hizo caer del caballo cuando cazaba. Según la antigua costumbre, fueron los transportistas de sal quienes llevaron el féretro del rey hasta el sepulcro. Felipe no había cumplido todavía 46 años.

        En aquel momento, de Moley y Charney escribieron una página de la historia. De Moley compensaba al menos en un último gesto de valentía sus enormes errores. En los otros países donde estaba implantado el Temple (Alemania, Inglaterra, Portugal, Italia e incluso España) el tratamiento a los templarios fue distinto. En la mayoría de los casos fueron absueltos, dejándose a salvo el honor de la Orden.

 

Referencias bibliográficas:

  • Corvalán, Alfredo (2004). La Orden del Temple y la Masonería. Montevideo: Ediciones de la Fe.
  • de la Cierva, Ricardo (2000). Templarios: La Historia Oculta, las Cuatro Dimensiones del Temple. Madrid: Ed. Fénix.

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