¿El Almirante Guillermo Brown fue masón? – Primera parte

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¿El Almirante Guillermo Brown fue masón?

(Primera parte)

Jorge Marasco

 

            En el prólogo a la primera edición del libro del historiador Héctor Ratto titulado Historia del Almirante Brown, Abel Cháneton dice que “La personalidad de Brown venía, desde hace algunos años, preocupando a nuestros historiógrafos navales, empeñados en dar al héroe estatura bastante prócer para que resultara —en el terreno militar— el digno pendant de San Martín”.

          En nuestra opinión esto no es casual. Distintos actores de la vida académica y política del país sostuvieron posiciones enfrentadas en cuanto a la pertenencia de algunos de nuestros próceres a determinadas capillas, sean políticas, ideológicas o religiosas. La Masonería –que por aquellos años era el secreto ariete de la revolución— se ha mantenido al margen de tales luchas, a la espera de que fueran los hechos y las investigaciones profesionales las que demostraran la verdad. En el caso de Guillermo Brown, aún abierta la investigación para el futuro, existen señales, declaraciones, textos, vinculaciones y trayectorias, que permiten afirmar su estrecha relación con los hombres, principios y objetivos de la masonería en la primera mitad del siglo XIX.

         Es nuestra intención realizar afirmaciones que den por concluido un tema de la importancia que señala el título de la ponencia, sino presentar el producto de arduos trabajos de

Guillermo Brown (22 de junio de 1777 –3 de marzo de 1857)

Guillermo Brown (22 de junio de 1777 –3 de marzo de 1857)

de textos ya editados que, aunque inexcusables en la tarea de información temática, permiten alcanzar una visión distinta de los entresijos de la actividad pública del Almirante. Sus condicionantes políticos y religiosos, las dificultades operativas para la actuación de los grupos independentistas –y en particular para los hombres vinculados a la incipiente masonería en estas tierras- no pueden dejar de considerarse a fin de crear un marco de referencia más ajustado a la verdad histórica.

         En ese sentido, la figura y la vida del Almirante Brown es particularmente rica, aunque poco estudiada desde ese ángulo de apreciación. Veamos el caso de su designación al frente de la flota en 1814. En un muy interesante trabajo de los señores Pablo E. Arguindeguy y Horacio Rodríguez, titulado Guillermo Brown- Apostillas a su vida, edición del Instituto Browniano (1994), al referirse en la página 49 a quiénes pueden haber prohijado el nombre de Brown para comandar la flota en 1814, dicen lo siguiente: “Carranza menciona a los Alzaga, familia con la que estuvo relacionado por distintos vínculos el Almirante. Otros historiadores lo correlacionan con la Logia Directorial aun aceptando que Brown nunca perteneció a logia alguna”. No obstante, los autores no vacilan en afirmar que “la realidad es que el nombramiento de Brown tuvo la conformidad de Posadas y de Alvear”.

        Dos acotaciones a esta afirmación. En primer lugar, el no haber pertenecido a “logia alguna” es una expresión extremadamente asertiva. Tal como lo señalamos sucintamente en párrafos anteriores en lo que hace a la Masonería, ni ésta tenía por aquellos años una organización formal que hiciera presente en todos y cada uno de los casos la afiliación a sus logias, ni el carácter revolucionario de la actuación de aquellos hombres hacia posible la manifestación pública de su pertenencia a los grupos que luchaban por la consolidación de la Independencia en el sur americano.

         En segundo término, no puede desconocerse la condición de masones de ambos personajes, en particular de Carlos de Alvear, de quien es indubitable su condición masónica expuesta a lo largo de toda su vida, no exenta de claroscuros por todos conocidos. Más aún. En el número 34 de enero-junio de 1983 de la publicación Investigaciones y Ensayos de la Academia Nacional de la Historia, uno de los autores citados, Pablo E. Arguindeguy, bajo el título “Prueba documental del arribo de don Guillermo Brown al Rio de la Plata”, dice textualmente sobre el personaje citado, que “sus ´escaramuzas con la Real Armada por motivos tan particulares como patriotas, le dieron fama. De la sumatoria de esas circunstancias ocasionales, más algunas que permanecen ocultas, salió́ su designación como Comandante en Jefe de la escuadra de marzo de 1814 y todo su posterior sino de héroe”.

        Agreguemos otra opinión, avalada en este caso por don Miguel Ángel De Marco, quien era en aquel momento presidente de la Academia Nacional de la Historia. En un artículo publicado en el diario La Nación de fecha 16 de mayo del año 2004, al citar las circunstancias de la designación de Brown, dice el académico: “Resultaba necesario acertar en la designación del comandante de la flota y después de algunas discusiones el gobierno decidió a nombrar a Guillermo Brown”. Por nuestra parte decimos que la solicitud a Posadas de Larrea y Alvear, ambos masones, a favor de la designación del comandante, no puede separarse de su condición de miembros de la Logia Lautaro, la que precisamente en aquellos años disponía de una influencia decisiva en las medidas adoptadas tanto por la Asamblea Constituyente del año XIII como por el Directorio. Tomas De Iriarte habla de esto en sus Memorias.

        Sobre la Logia Lautaro, actuante en estas tierras a partir del año 1812 con la llegada de hombres como San Martín, Alvear y Zapiola, entre otros, se ha escrito quizá en demasía, poniendo en duda su condición masónica a partir de una interpretación imprecisa de los dichos de don Bartolomé Mitre, de innegables méritos en la investigación de nuestra historia y también en algún momento Gran Maestre de la Masonería Argentina. Sin embargo, del carácter masónico de la Logia y de sus miembros ya no caben dudas, por lo que se acrecienta la importancia de los reconocimientos que sobre sus acciones, explícitas o implícitas, manifiestan los investigadores más destacados de nuestro pasado.

       Algunas consideraciones que justifican la falta de documentación formal probatoria de la condición de masón. En el lapso que abarca la convocatoria de nuestro Congreso, en nuestra modesta opinión el marco internacional mostraba dos aspectos salientes: la decadencia final de un Imperio y la consolidación indetenible de otro, con fuerza suficiente al fin para imponer una Pax Británica de larga duración. Por otra parte, y sobre todo en las primeras décadas del siglo XIX, se asiste al afianzamiento de la alianza entre lo temporal y lo sagrado, ratificado por medio de Bulas y decretos eclesiásticos, que van creando entonces un escenario de connivencia entre el Trono y el Altar que gravitó severamente en las decisiones políticas del mundo colonial. De allí en más, es obvio decir que el secreto o discreción en que se movían aquellos que “conspiraban” a efectos de lograr la independencia de sus pueblos era condición ineludible de sobrevivencia. En realidad, es casi obvio pensar que se adoptaban procedimientos de cobertura, cuidando evitar dejar señales de su actuación, fueran ellas testimoniales, escritas u organizativas; todo se hacía con la mayor discreción, cuidando no sólo la propia integridad sino también la de todos aquellos que compartían los riesgos de la lucha por la libertad.

Almirante Brown (miniatura de Henry Hervé, 1825).

Almirante Brown (miniatura de Henry Hervé, 1825).

         No es de extrañar entonces la insuficiencia de documentos probatorios, fidedignos en el sentido tradicional de la investigación histórica, no obstante lo cual y como lo veremos, la lectura atenta y desprejuiciada de textos permite vislumbrar y descubrir las tramas ocultas de nuestra historia.

         El historiador Patricio José Maguire publicó uno de sus trabajos en el Apartado de los Boletines del Instituto de Historia Argentina No 16-17, año 1968 y No 18-19 de 1969, bajo el título de “La Masonería y la emancipación del Río de la Plata”, que tuvo en su momento interesante difusión.

        Teniendo como fuente más destacada de información al “más conspicuo historiador de la masonería inglesa, Robert Freke Gould”,  se refiere a las logias militares inglesas y afirma que “hacia el año 1800, prácticamente todos los regimientos y guarniciones fijas del ejército británico tienen una logia masónica constituida en su seno”, agregando que “también existieron ‘sea lodges’ (logias marinas) a bordo de los barcos de la Royal Navy, pero aquí las dificultades resultan insuperables y prácticamente nada se puede saber de ellas”.

        Es significativa la cita de Maguire, sobre todo desde nuestro punto de vista, cuando en consonancia con lo anterior dice que “otra particularidad que causa extrañeza al propio Gould y que aún hoy resulta difícil desentrañar, lo constituye el hecho de que la mayoría de las cartas constitutivas de estas logias hayan sido otorgadas por la Gran Logia de Irlanda”. Digamos que una carta constitutiva es la que otorga necesariamente una Gran Logia para el funcionamiento regular de una logia en cualquier parte del mundo. Y continúa Maguire, después de recordar que “los componentes de las logias masónicas dependientes de la Gran Logia de Irlanda eran en su enorme mayoría británicos o sus descendientes residentes en Irlanda”, afirmando que “sólo en contados casos personalidades de origen celta formaron parte de las logias”. A renglón seguido presenta un detallado informe sobre las logias militares actuantes entonces y la Gran Logia que otorgó patente para su constitución.

       Complementariamente, Maguire hace constar que las informaciones sobre las logias navales no son amplias, no obstante lo cual, en su opinión, “la extensión que alcanzó la masonería dentro del medio marino debe suponerse que fue amplio, tanto como en el ejército”, y dice en la página 22 que “Hacia mediados del siglo XVIII un tal Thomas Dunkerley hijo ilegítimo del entonces Príncipe de Gales, que no llegaría a reinar por fallecer antes que su padre Jorge II, fue quien fundó las dos primeras logias masónicas ambulatorias de la marina inglesa a bordo de los navíos ‘Vanguard’ y ‘Prince’”.

        A continuación ratifica lo dicho señalando que “Dentro de esa bibliografía se encuentran leves referencias a las ‘logias flotantes’ que constituían los barcos de guerra de Su Majestad. E incluso hay referencias a barcos de guerra que servían de refugio para los masones perseguidos por tales, en algunos países. Precisamente en la fragata ‘Phoenix’… conociéndosela en Lisboa como la ‘fragata masónica’ ”, y añade a esto la importancia del respeto entre masones al recordar que “Anteriormente hemos mencionado el caso de un almirante que asistió a una tenida de la logia de su barco presidida por un teniente. Y también el almirante Sydney Smith de tan destacada actuación en nuestros mares fue masón” (páginas 18 a 24 del citado boletín).

El Almirante Brown llegando a puerto, óleo sobre tela de Eduardo de Martino.

El Almirante Brown llegando a puerto, óleo sobre tela de Eduardo de Martino.

        Dos consideraciones sobre lo citado. Patricio Maguire, que fue miembro de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, fue un enconado enemigo de la masonería, como lo demuestran varias de sus obras y la colección de fascículos que sobre ese tema publicó en los años ‘80 del siglo pasado. A este respecto, y frente a opiniones sin duda interesadas, es pertinente citar los dichos de este autor a página 7 de su obra en la que afirma que la masonería “nace íntimamente vinculada a la Iglesia Anglicana, lo que viene a desmentir las acusaciones de institución atea”. Por otra parte, rescatamos su propia afirmación en cuanto reconoce la situación de perseguidos políticos de los masones, lo que nos permite ratificar lo tantas veces dicho por los miembros de la Orden en cuanto a que las formas y procedimientos en la actuación de los masones han sido influidos y determinados severamente por la persecución de que fueron objeto a lo largo del tiempo. Como quedó dicho anteriormente, de allí a la falta de documentación probatoria de la condición masónica de algunas figuras de la historia nacional, sobre todo de aquellos que debieron resignarse a la actuación encubierta, al disimulo y hasta la clandestinidad, en merito a los altos objetivos de emancipación que alentaban para esta parte de América, hay sólo un pequeño paso. El de la dependencia a la libertad.

        Sobre el particular dice Fabián Onsari, con la autoridad que le confiere haber dirigido a la Orden Masónica en nuestro país durante un largo periodo, que “Existe en la masonería, y especialmente entre los anglosajones, la costumbre de crear logias llamadas informales, las cuales se constituyen con diversos y determinados objetos, a bordo de un barco, en un lugar cualquiera del extranjero, etc. Integran estas logias de tres a siete masones regulares y funcionan mientras dura el motivo transitorio que les ha dado origen —en nuestro ejemplo, durante el periodo de travesía del barco o mientras sus integrantes permanezcan en el extranjero—. Estas logias, que carecen de patente, se disuelven tan pronto ha terminado la misión especial o circunstancia que promoviera su constitución. Teniendo en cuenta tales antecedentes, no puede extrañar que los masones militares ingleses de las invasiones hayan constituido logias informales durante su permanencia en Buenos Aires y hasta que hayan incorporado a las mismas a masones residentes en ésta o iniciado a alguno de sus vecinos en los misterios de la masonería”.

        Volviendo a Maguire, y como un reconocimiento inexcusable a la verdad histórica, éste acepta “que la masonería, no en su forma de logia de lo cual no existen constancias, sino en su espíritu cundiera luego de las invasiones inglesas es cosa por demás natural. Donde los ingleses asentaban su pie, y aun antes de ello, la creación de logias era uno de sus primeros objetivos”. Y cierra así: “Mucho se ha escrito y se escribirá sobre la influencia de la masonería en la gesta emancipadora americana… De cualquier forma la masonería tiene mérito adquirido en la gran empresa de la independencia. Evaluar su volumen es tarea nada fácil, por cierto, de los historiadores”.

        En nuestra opinión, sin embargo, las afirmaciones de Patricio Maguire cuando menos mutilan la verdad histórica o, en todo caso, dan una versión sesgada de la misma. A nadie medianamente informado se le ocurriría negar la influencia británica en la etapa de las grandes luchas internas y luego en los años de la construcción del Estado nacional. Cierto es que las opiniones difieren según quién las sostenga y, aún hoy, siguen siendo materia de estudio y reflexión entre los argentinos.

        Pero afirmar como excluyente la presencia británica y su influencia en la masonería de estos países —ariete de los intereses ingleses según Maguire— es una visión parcial de la realidad, cuando menos insuficiente, cuando deja de lado otras presencias y corrientes masónicas provenientes de otros orígenes y al servicio de los nobles y enaltecedores principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad. En tal sentido, no pueden obviarse los aportes de los pensadores más conspicuos del Iluminismo, por una parte, y de los liberales y republicanos españoles, por otra.

       Veamos un ejemplo que nos servirá tanto para sostener lo dicho, como para continuar delineando nuestra apreciación respecto a la probable condición masónica del Almirante Guillermo Brown. Podemos prescindir de describir la condición de España como resultado de la invasión napoleónica, la degradante caída de la monarquía y la consiguiente fragmentación política y social, uno de cuyos resultados, por cierto, habría de manifestarse en la difusión de las ideas liberales y la toma de conciencia de tantos americanos respecto de la condición colonial de sus tierras de origen. Así entonces, buena parte de ellos fueron ganados por las ideas independentistas en boga que representaban la expectativa de un futuro libre de la tutela española. Muchos de ellos, militares y civiles, emprendieron el camino de regreso animados de aquellos sentimientos y del deseo de contribuir a la felicidad de esta parte de América.

La experiencia del General Tomas De Iriarte

         A esa realidad se refiere el profesor Enrique de Gandía, miembro de la Academia Nacional de la Historia, en una de sus acotaciones a las Memorias del general Tomas de Iriarte, a las que a continuación nos referiremos. Dice de Gandía de aquellos que dejaban España convencidos que la misma estaba perdida para los liberales que “Quienes pedían su traslado al Nuevo Mundo eran en su mayoría los liberales y constitucionalistas españoles y americanos que se sentían incómodos en la Península entregada al despotismo y tenían la esperanza de nuevos destinos en las tierras americanas. Estas esperanzas se ocultaban en la institución que los reunía y los dirigía. Era una institución muy antigua, que ya existía en América, y cuya historia interna es muy difícil, por no decir imposible, conocer y relatar porque no ha dejado documentos y porque sus miembros, como expresó terminantemente San Martín al general Miller, juraban un perpetuo silencio. Hablamos de la masonería, que veremos muy pronto aparecer también en la vida de Iriarte como apareció y tuvo inmensa influencia en las vidas de otros muchos grandes hombres”. Y dice más adelante: “El triunfo del absolutismo traía como consecuencia el desarrollo de la masonería…. y los liberales buscaban las logias para extender secretamente sus ideales en el ejército, en la marina y en el gobierno”.

        Tomas de Iriarte nació en Buenos Aires, el 6 de marzo de 1794, y murió en la misma ciudad, el 26 de mayo de 1876. Una existencia prolongada, según la expectativa de vida para la época, y que por propia decisión le permitió tener una intensa actuación en la política de nuestro país. Hijo de un militar y radicado en España en su niñez, ingresó al Real Cuerpo de Artillería y “ascendió a la clase de capitán graduado de coronel”. Ganado por las ideas del liberalismo y la independencia de las colonias españolas en América, se embarcó con ese destino bajo el mando del general La Serna a bordo del buque ‘La Venganza’, que se hace a la vela el 10 de mayo de 1816, es decir, antes de la declaración de independencia en la ciudad de Tucumán.

         Iriarte fue un hombre de una sólida cultura para la época en que le tocó vivir, lo que contribuyó sin ninguna duda a la confección de sus Memorias, obra de diez tomos publicados oportunamente y de la cual el historiador Enrique de Gandía realizó una selección de textos fundamentales que, con sus comentarios agregados, publicó la Compañía Fabril Financiera Editora en el año 1962. De esta obra, muy poco conocida y trabajada por investigadores de la historia patria, hemos extraído algunos datos que nos parecen de particular importancia para continuar delineando la figura de un Almirante Brown ligado a la masonería de entonces.

        Avancemos una primera conclusión que el comentarista extrae del total de la obra, en cuanto atestigua una interpretación de nuestra historia alejada de visiones idealistas o cuasi religiosas que contradicen la verdad más evidente. Dice De Gandía al presentar los dos tomos en que ha sintetizado los textos fundamentales de la misma: “Lo que él cuenta de las sociedades secretas en Andalucía y en América constituye la prueba terminante de que la masonería tuvo una influencia muy grande y en mucha parte desconocida en la independencia de la América Hispana y, lo que es aún más valioso, de que la masonería era realmente masonería y no una sociedad que imitaba las ceremonias masónicas.

Réplica del uniforme militar del Almirante Brown que se encuentra en el Museo Naval Tomás Espora.

Réplica del uniforme militar del Almirante Brown que se encuentra en el Museo Naval Tomás Espora.

          Ya embarcado, Iriarte hace constar la división existente a bordo entre liberales y absolutistas generando enfrentamientos en la mesa común, hasta que finalmente por indicación del comandante Pardo, liberal, se separa a los individuos en dos grupos según afinidades políticas. Y escribe Iriarte en la página 152: “Esta separación estaba premeditada de antemano. Así, la causa indicada fue la ostensible, la oculta y principal era la de recibir a los que perteneciesen a la misma asociación. Había una a bordo y no tardé en ser introducido en ella”.

           Después de una clara exposición de De Gandía sobre los orígenes de la masonería en el sur de América, a páginas 154 y siguientes, Iriarte desarrolla exhaustivamente el proceso de su iniciación masónica a bordo de un buque, hecho que debemos tener muy en cuenta por dos razones: la similitud de la ceremonia con la que seguramente se utilizaba a bordo de buques de otras banderas (caso Royal Navy), y por otra parte, la probabilidad, casi la certeza, de una ceremonia similar vivida por Guillermo Brown a bordo de un buque de bandera inglesa. Pero sigamos a Iriarte:

          “Fue durante esta navegación que tuvo lugar mi iniciación en los misterios de la masonería. Esta ceremonia se celebró el veinticuatro de junio, día de San Juan. Yo había observado desde que me embarqué, que Seoane me manifestaba gran afección y amistad, y que todas sus conversaciones concluían siempre por hacerme grandes elogios de la masonería. Tuve motivos para sospechar que él era un adepto, pero no se me ocurrió que a bordo hubiese una logia.

          Fui introducido en ella con todas las ceremonias rituales. El local era el camarote del segundo comandante Pardo. La hora, las doce de la noche. Todos dormían, a no ser los centinelas que corrían la palabra. Otro camarote estaba destinado para cuarto de reflexiones. Cuando me desvendaron, después de prestar el juramento de orden, no fue poca mi sorpresa al verme rodeado de los que eran a bordo mis mejores amigos: todos con sus espadas desenvainadas y asestadas contra mi corazón.

           El orden jerárquico de aquellos caballeros era el siguiente: Valdez, Venerable; La Torre, orador; Seoane, primer vigilante; Ferraz, segundo; Pardo, maestro de ceremonias; Bocalán, hermano terrible; Tena y Plasencia (que también habían sido iniciados a bordo, N. d. A.) no eran dignatarios. Yo fui nombrado secretario”.

           Y agrega el iniciado: “No tardé mucho en imponerme de la liturgia, palabras, signos y símbolos. Quedé hecho cargo de la secretaría. Todos los miembros entonces existentes teníamos el título de fundadores. La sociedad se denominaba Logia Central La Paz Americana del Sud. El objeto de esta asociación, como más adelante se verá, era el de dar dirección a todos los negocios públicos, y al efecto las adquisiciones que se hacían recaían siempre en personas de capacidad e influjo por su posición social, y más particularmente por su rango en el ejército, y que perteneciesen al partido liberal”.

           En su larga trayectoria política y militar, el general Iriarte, hombre “de carácter independiente, a veces violento, no había creado amistades íntimas. Era hombre que no sabía pedir ni doblegarse. En una palabra: no era el político que escala puestos”. En ese sentido, sus juicios sobre el Almirante Brown fueron cuando menos contradictorios, pero ciertamente influidos —como tantos otros hechos de la historia nacional— por las circunstancias de la guerra civil que asoló al país a lo largo de buena parte del siglo XIX. Sin embargo, a su rechazo por la colaboración militar de Brown durante el periodo rosista, contrapuso con hidalguía la dignidad y el honor de éste en momentos cruciales de su relación con el caudillo federal.

          Vale entonces rescatar de la memoria uno de los gestos del Almirante que nos relata Iriarte en la página 316 del segundo tomo de sus Memorias. Dice allí: “Es bien notable que el día de las exequias del general Rodríguez (Martín, N. d. A.) la escuadra enemiga estuviese con la bandera a media asta y que hiciese también los honores fúnebres al inhumar su cadáver en el cementerio. No es posible que el implacable gaucho Rosas deje de rabiar cuando tenga noticia de la demostración de dolor y respeto que ha hecho su almirante Brown a los restos mortales de su salvaje unitario. Pero Brown, por sus peculiaridades, por su monomanía, por sus servicios, etcétera, es la única excepción de impunidad que pueda citarse bajo el dominio de Rosas”.

         Ciertamente, tal excepcionalidad era fruto del prestigio del Almirante, ratificado tantas veces, en particular cuando en 1852 quienes habían derrocado a Rosas excluyen a Brown de toda medida que afectara a quienes habían colaborado con el régimen anterior, “como tributo a un mérito muy especial”.

 

Referencias:

  • www.granarquitectodeluniverso.com
  • www.gadu.org

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