Docencia masónica – Cap.2 – Tercera entrega

A L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·.
Libertad Igualdad Fraternidad

escuadra-y-compas-mason

Docencia masónica

Libro de Alfredo Corvalán

(Continuación, Capítulo 2, tercera parte)

 

 

Símbolos de la Logia

        La logia, como templo, no es una estructura estática,  tampoco lo es el universo, sino dinámica. Podría ser visualizada como una rueda, imagen de “la rueda del cosmos” o rota mundi. Esto está expresamente indicado por las doces columnas o pilares que enmarcan el recinto de la logia, y que equivalen a los doce signos zodiacales. Cinco están situadas a septentrión, cinco más a mediodía y las dos restantes (las columnas “J” y “B”) a occidente, justo en el pórtico de entrada.

Simbolos de la Logia.

Emblemas Masónicos.

        El zodiaco (que quiere decir “rueda de la vida”) es como el marco del universo visible, y su movimiento cíclico, unido al de los planetas y demás constelaciones, influye en el campo alternativo de las estaciones y en el mantenimiento y renovación de la vida del cosmos y del hombre. De esto se deduce que la masonería no desconoce la antigua ciencia de la astrología, que junto a la alquimia revela también los misterios del cielo y la tierra.

       Debemos aclarar que el número de pilares puede variar de acuerdo al templo y tipo de trabajo en determinado templo. Las columnas “J” y “B” se vinculan con la simbología de los dos solsticios, y por tanto con las esferas ascendentes-descendentes del ciclo anual. Ellas se asimilan, pues, a los dos San Juan, el bautista y el evangelista, y en consecuencia a la “puerta de los hombres” y la “puerta de los dioses”, respectivamente.

       Las puertas solsticiales cumplen un papel muy importante dentro del proceso iniciático, que reproduce exactamente las etapas del desarrollo cosmogónico. Cada año los días se van acortando progresivamente hasta llegar el día del solsticio de invierno, el día más corto y de máxima oscuridad, en que la naturaleza se halla sumida en el frío invernal de la muerte. Pero más que un día de duelo, la masonería lo considera un día de fiesta. Ese día marca el fin de un ciclo de luz y vida y el comienzo de otro, iniciándose una nueva búsqueda de luz y de vida en medio de la oscuridad: paralelo con lo que sucede en la vida del hombre. Como se inicia un nuevo día, la naturaleza se renueva gradualmente. Y según se van alargando los días, hasta llegar al solsticio de verano, día de mayor iluminación, del calor de la vida, a semejanza del medio día en punto del que nos habla el ritual. Se ha alcanzado el apogeo de un ciclo de vida y la hora de menor sombra. Para la Orden esto es también motivo de celebración.

       Este eterno mensaje de la Masonería concerniente a la luz y la vida así como a la muerte y la resurrección, nos lleva a celebrar con igual regocijo tanto el instante de la muerte como el del nacimiento de todo ser.

       Volviendo a la descripción de nuestra logia, digamos que hay dos columnas visibles, que representan las dos fuerzas opuestas, mejor dicho complementarias, de espíritu y materia. La señalada columna “J”, la del espíritu, representa la fuerza espiritual. La columna “B”, la de la materia, que representa la belleza o la armonía en el universo. La tercera, la de la sabiduría –síntesis de las otras dos– está en formación.

       En el centro de la logia se extiende el piso, el pavimento de mosaico, de cuadros blancos y negros exactamente igual que el tablero de ajedrez. El pavimento de mosaico es, sin duda, un símbolo de la manifestación que, efectivamente está determinada por la lucha y el delicado equilibrio que entre sí sostienen las energías positivas, masculinas y centrífugas (luminosas) y las energías negativas, femeninas y centrípetas (oscuras), expresadas también en la alternancia de los ritmos y ciclos vitales y cósmicos. En este sentido, es alrededor del pavimento de mosaico donde efectuamos las circunvalaciones rituales en las tenidas de la logia, siguiendo un orden marcado por los cuatros puntos cardinales: las direcciones del espacio.

      Debemos mencionar que en medio del pavimento de mosaico, el venerable de la logia ordena que se ubique el cuadro de la logia o tabla de trazar, correspondiente al grado en que se desarrollará la tenida, que antiguamente era dibujado en el suelo al comenzar los trabajos, y borrados cuando estos finalizaban.

      El cuadro de la logia es un esquema sintético de todo el templo masónico, además de constituir un soporte simbólico para la meditación y la concentración. También alrededor del pavimento mosaico y del punto geométrico más central del templo tiene lugar el rito de la cadena de unión, en el que se invoca la potencia creadora e iluminadora del Gran Arquitecto del Universo, e implícitamente también la de todos los antepasados míticos e históricos que contribuyeron en la edificación del templo material y espiritual.

      Cadena de unión que también la tenemos simbolizada en la arquitectura del templo y que se ubica por debajo de su techo. Es el lazo interior que une a todos los masones por encima de sus diferencias y representa además el principio de causalidad.

      Por otra parte, en el lado norte, frente al sitial del segundo vigilante, se encuentra el sillón vacante, reservado para el hermano que fue en búsqueda de la palabra perdida. Al respecto, debemos señalar que la historia mítica de la Orden
refiere que hubo un tiempo en que existió una palabra de valor inestimable que era venerada profundamente. Muy pocos la conocían y, con el tiempo acabó por perderse, siendo sustituida por otra; pero, como en la filosofía masónica enseña que no hay muerte sin resurrección ni decaimiento sin restablecimiento posterior, se sigue de este principio que la pérdida de la palabra implica su recuperación.

El zodiaco (que quiere decir “rueda de la vida”) es como el marco del universo visible, y su movimiento cíclico, unido al de los planetas y demás constelaciones.

El zodiaco (que quiere decir “rueda de la vida”) es como el marco del universo visible, y su movimiento cíclico, unido al de los planetas y demás constelaciones.

       Sabemos que en nuestra Orden todas sus enseñanzas se expresan por símbolos que no son otra cosa que la representación visible de las cosas invisibles. Y precisamente el símbolo del objeto fundamental de la masonería, esto es la verdad divina, es la palabra; que se perdió cuando las multitudes se sumergieron en las profundas tinieblas morales donde parecería haberse extinguido el fuego divino de la verdad, a consecuencia de la dispersión de Babel. Así, la multitud idólatra llegó a perder la palabra, asesinó al constructor y suspendió las obras del templo espiritual. De ahí que la búsqueda de la palabra, esto es de la verdad, es la consecuencia natural de su perdida. Pero por nuestra naturaleza humana sabemos que en esta vida terrestre no se vive la verdad pura y debemos contentarnos con una substituta. Por más que nos afanemos, jamás puede encontrarse enteramente la palabra simbólica, el conocimiento de la verdad divina. Pero si se puede llegar cada vez más cerca de ella a través del ejercicio del Arte Real.

      Existe un texto de las lecturas del Rito de emulación que resume bellamente todo lo dicho respecto de nuestro templo sagrado, la logia,  dicho texto dice así:

“Permitidme atraer vuestra atención sobre la forma de la Logia, la cual es un paralepípedo que se extiende de este a oeste, en anchura entre el norte y el sur y en altura desde la superficie de la tierra hasta su centro, e incluso a tanta altura como los cielos. (…) Una Logia de masones se describe así para mostrar la universalidad de la ciencia y enseñarnos que la caridad de un masón no debe conocer más límites que los de la prudencia. (…) Nuestras Logias deben estar orientadas de este a oeste, porque todos los templos dedicados a la adoración divina, como las logias de los masones están o deben estar así orientadas. (…) El universo es el templo del Dios que servimos. La sabiduría, la fuerza y la belleza sostienen su trono como pilares de su obra, porque su sabiduría es infinita, su fuerza omnipotente y su belleza resplandece en el orden y la simetría del conjunto de la creación. Él extendió los cielos al infinito, como vasto baldaquino; dispuso la tierra como una tarima, coronó su templo con las estrellas como una diadema y de su mano irradian la potencia y la gloria. El sol y la luna son los mensajeros de su voluntad y toda su ley es la concordia (el amor)”.

La Tradición Iniciática

       Cuando hablamos de tradición como contenido esencial de la docencia masónica no nos referimos al concepto profano de la misma como simple repetición de usos y costumbres a través del tiempo, sino a la Gran Tradición Iniciática de la humanidad.

        La Tradición Iniciática, que es primordial y perenne, se remonta (según lo enseña el Muy Respetable Hermano Diego Rodríguez Mariño en su obra Los Maestros Constructores) al periodo de la historia primitiva conocida como la protohistoria, donde existía la tradición pero falta la cronología y los documentos. Es un período intermedio entre la prehistoria y la historia propiamente dicha.

        Esta Tradición la vemos tanto en los pueblos arios, hiperbóreos, indos, iranios y egipcios en núcleos relacionados con la religión, con la magia, con el conocimiento y el poder, inspirados en un ferviente deseo de mejoramiento de la condición humana en función de un desarrollo espiritual que posibilitara el acceso a otros niveles de vida, a través de los cuales pudiera conectarse con sus orígenes y con el Creador.

       La Tradición Iniciática es inherente a la mística de los seres humanos, entendiéndose por mística la comunicación inmediata y directa que el hombre logra establecer con la Divinidad en la visión intuitiva o en el éxtasis, donde llega a hacerse Uno con ella. En otras palabras, la mística le permite al hombre llegar a aprehender su verdadera naturaleza como partícipe de la naturaleza divina.

La Tradición Iniciática se basa en un conjunto de premisas tales como:

  1. Existe una Causa Final. La Creación, como manifestación de una Unidad Universal, responde a un designio divino. Existe un Creador, y ese Creador en última instancia es Dios.

  2. Existen leyes cósmicas, es decir universales, que deben ser cumplidas para asegurar la armonía, el orden y la felicidad; en caso contrario, el incumplimiento de dichas leyes trae el caos, la injusticia y la infelicidad. Son leyes eternas y cíclicas.

  3. Existe una analogía constitutiva entre el macrocosmo y el microcosmo. Es decir, entre el Universo y el Hombre.

  4. El hombre se concibe como una unidad ternaria, compuesta de cuerpo, alma y espíritu.

  5. El cuerpo es perecedero y sus elementos constitutivos deben cumplir el ciclo de vida y muerte.

  6. El alma es inmortal y manifiesta una imperiosa necesidad de evolucionar hacia un estado de perfección que posibilite su reintegro al origen, impulsada por el espíritu.

  7. Para evolucionar hacia un estado de perfección, el hombre debe amar al Gran Arquitecto del Universo y a su prójimo, ser ejemplo de virtudes, dar primacía a lo espiritual sobre lo material y sacrificarse por el bien de la Humanidad.

      Este último concepto fue concebido como obligación por los antiguos francmasones operativos y como deber por los masones especulativos, los cuales eligieron a la Biblia, símbolo de la Tradición, como la Primera de las Tres Grandes Luces de la Francmasonería, incluso antes de las herramientas del Oficio, como la Escuadra y el Compás.

       El logro de ese estado de perfección se consideró como una “verdad revelada” (revelación significa “visión instantánea”) o como resultado de una búsqueda interior sistemática y constante a través de la cual se podían lograr otros planos de manifestación.

Las columnas “J” y “B” se vinculan con la simbología de los dos solsticios, y por tanto con las esferas ascendentes-descendentes del ciclo anual.

Las columnas “J” y “B” se vinculan con la simbología de los dos solsticios, y por tanto con las esferas ascendentes-descendentes del ciclo anual.

       El conocimiento universal que conforma el corpus de la Tradición Primordial o Tradición Iniciática parte de la base de que la Verdad (con mayúscula) necesariamente ha de ser única, inmutable e idéntica a sí misma. Una Verdad que a pesar del actual eclipse de valores nunca ha dejado de brillar, y lo que es más, esa Verdad ha sido conocida y difundida durante la mayor parte de la historia. La Verdad no cambia, lo que cambia son los grados de comprensión de la misma.

      Existe un núcleo común, un mismo tronco, una misma estructura profunda que se manifiesta en diferentes formas en cada momento particular, pero relaciona a la mayoría de las tradiciones del pensamiento universal: hinduismo, judaísmo, cristianismo, hermetismo, sufismo, platonismo, filosofía griega, etc.

      ¿Pero cuál es el fundamento que las relaciona? La respuesta es la existencia de una Divinidad que es el principio no manifiesto de todas las manifestaciones. Este Principio Supremo en Masonería recibe el nombre de Gran Arquitecto del Universo.

      La Tradición Iniciática es una de las principales fuentes de que se nutre la Masonería a tal punto que podemos decir que en Occidente es heredera y depositaria de la misma, como lo son otras Órdenes Iniciáticas auténticas.

La Trascendencia

       Por trascendencia se entiende la capacidad del Hombre de ir más allá o fuera de una forma de realidad dada, no espacial sino ontológica. Se trata de superar las apariencias. La Masonería enseña a trascender, a desarrollar todas las potencialidades del Hombre, no sólo las espirituales, sino también las materiales. Le enseña a ir desde la Escuadra al Compás. Desde la Materia al Espíritu.

       Por Trascendencia, en última instancia, entendemos aquella capacidad, la inteligencia intuitiva, que nos permite avanzar más allá de las capacidades racionales para entrar en contacto directo con los niveles superiores del Mundo del Espíritu.

      El ser humano posee la facultad del raciocinio, pero, al mismo tiempo, la trasciende. Por más distintiva que sea nuestra razón, no nos hallamos completamente definidos por ella. Se trata de jerarquizar el fin último de la Masonería que no es otro que la búsqueda de la Verdad; esto es la esencia de la Verdad y no las meras formas de la misma.

      Por ende debemos distinguir la Verdad (con mayúscula) de la verdad (con minúscula). Ésta última se refiere a las distintas formas que asume aquella Verdad Única en las diversas civilizaciones y geografía del mundo. Así pues, la Verdad Única es eterna, pero sus formas existen en el mundo del tiempo y están sujetas a sus leyes; la Verdad Única es espacial, pero sus formas están ligadas al espacio y son, en consecuencia, finitas y contingentes. La Verdad Única, no es, por tanto, ninguna forma o fenómeno concreto, no es una condición entre otras, sino la condición de todas las condiciones, la naturaleza de todas las naturalezas o esencia de todos los fenómenos y de todas las formas.

       Y a esa aprehensión –vía intuitiva– de la Verdad (con mayúscula)  se llega a través de las Trascendencia, que es la superación e integración de los pares de opuesto: “la no-dualidad”. Éste es el método masónico por excelencia, simbolizado en el pavimento mosaico de nuestros templos.

       La visión tradicionalista del mundo distingue entre este mundo y el otro mundo; ambos configuran lo que podemos llamar la Gran Imagen. Esta Gran Imagen tienen dos mitades: este mundo, lo inmanente y el otro mundo, lo trascendente. Este mundo se divide en componentes visibles e invisibles, y el otro mundo en sus aspectos: conocible e inefable.

       Este mundo, el mundo visible, consiste en todo aquello que nuestros sentidos nos informan, amplificados por la ayuda de la ciencia, la tecnología, los lentes de aumentos, los telescopios y los microscopios. Es el universo físico en su totalidad desde las partículas subatómicas a las galaxias. La mitad invisible e inmaterial de Este Mundo, la encontramos directamente en nuestros pensamientos y sentimientos. Las dos mitades del Otro Mundo implican una división entre los aspectos cognoscibles de Dios, por una parte, y, por la otra, las profundidades insondables de Dios a las que se llama la Divinidad. Es decir, entre Dios y la Divinidad. Dios como manifiesto y oculto, Dios personal y transpersonal. En tanto la Divinidad no puede ser descripta en forma racional, pero puede ser intuida, o mejor dicho discernida intuitivamente.

       Es interesante señalar que los seres humanos, como Dios, también tienen un aspecto manifiesto y otro oculto. Nuestras características físicas están abiertas al mundo, mientras que el resto de los seres humanos no tienen acceso a las profundidades insondables de nuestra intimidad.

      Los dominios de la realidad no tienen idéntico valor. Hay una relación jerárquica. Toda virtud aumenta a medida que ascendemos desde este mundo, pasando por Dios hasta llegar a la Divinidad. Siendo infinita, la Divinidad es más completa que Dios, que a su vez es más importante que las dos mitades de este mundo. En la Divinidad, la virtud alcanza su límite lógico para nosotros.

 La Masonería enseña a trascender, a desarrollar todas las potencialidades del Hombre, no sólo las espirituales, sino también las materiales.

La Masonería enseña a trascender, a desarrollar todas las potencialidades del Hombre, no sólo las espirituales, sino también las materiales.

      No podemos imaginar esos límites en concreto (perfección, omnisciencia, omnipotencia y omnipresencia) porque están más allá de nuestra comprensión, pero podemos seguir la lógica del asunto, y en cualquier caso sabemos lo que son esas virtudes a través de las formas rudimentarias que adquieren en nosotros. Así conocemos las virtudes griegas de bondad, verdad y belleza; las de India: la existencia, la conciencia y la beatitud; la creatividad y la bondad de Yahvé; el amor cristiano.

         En nosotros las virtudes son distintas. En Dios las virtudes se superponen al mismo tiempo que se distinguen, pero cuando se llega a la Divinidad (la parte superior del diagrama, el Infinito), las fronteras de las virtudes se disuelven y cada una adquiere las características de las otras. Todas las virtudes se condensan en una singularidad que los escolásticos denominaron la “divina simplicidad”.

         El infinito no puede (a menos que se contradiga a sí mismo) renunciar a su infinitud. Sin embargo, al mismo tiempo, debido a su infinitud, no puede excluir nada, lo que significa que debe incluir lo finito. Siguiendo la misma línea de razonamiento, no sólo debe incluir lo finito, debe incluir igualmente todas sus gradaciones.

         La metáfora del velo, tan usada en la Orden para velar y revelar los misterios, nos enseña que los velos aumentan progresivamente a medida que descendemos en la escala del Ser. Así sólo un único velo oculta la plenitud de lo infinito a aquello que más se le aproxima (a saber: el Dios personal), pero los velos se le añaden progresivamente para producir todos los grados de lo finito hasta que finalmente llegamos a las más exiguas formas de existencia (los elementos subatómicos), donde lo infinito está oculto casi totalmente. La fuerza de la metáfora de los velos radica en que reconoce la ubicuidad de lo infinito mientras que al mismo tiempo permite explicar sus grados discernibles.

La realidad contingente

        La clave de la cuestión está en la noción de que la jerarquía de la visión tradicional del mundo gira en torno a grados de realidad. En una visión unidimensional del mundo (o sea, que se agota en este mundo), donde no hay trascendencia. Sólo tenemos una realidad contingente, una realidad con minúscula.

La Realidad Transcendente

       En cambio, en una visión multidimensional del mundo (este mundo y el otro mundo), donde hay Trascendencia, la Realidad con mayúscula es la realidad infinita de Dios.

       En la visión tradicional del mundo, la causación va hacia abajo, de lo superior a lo inferior. Sin embargo, en la visión científica del mundo la causación va hacia arriba, de lo simple a la complejo.

       En cada paso de la ciencia, lo más deriva de lo menos, de lo simple a lo complejo. Entonces hay ideas que no cierran. Por ejemplo: ¿Puede algo derivar de la nada? ¿Puede el río correr a más altura que su fuente? ¿Puede haber vida a partir de la falta de vida, lo sensible a partir de lo insensible, inteligencia a partir de lo que carece de ella?

      La visión jerárquica de la realidad surge como la que más se ajusta al amplio espectro de intuiciones humanas. Es la visión con la que han soñado los filósofos, que han visto lo místico y que los profetas han declarado.

      Si no hay Trascendencia no hay camino iniciático, no hay perfeccionamiento espiritual, y si no hay camino iniciático no hay Arte Real, no hay Masonería.

      Pero, los masones estamos absolutamente convencidos de que existirá Trascendencia mientras exista el hombre sobre la tierra, y por ende siempre habrá Camino Iniciático, Arte Real y Masonería.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *